A causa de la Segunda Guerra, el tren de los Mundiales había pasado de largo las estaciones de 1942 y 1946. Volvía la fiesta y el fútbol trataba de recomponerse. Las potencias eran Europa y Sudamérica. Pero Europa recién terminaba de juntar sus escombros y aún padecía estrecheces económicas de todo tipo.
La gente emigraba hacia América. En contraposición, Brasil era un coloso que buscaba despegar como potencia, la Copa del Mundo de 1950 era la vidriera perfecta para exhibir su prosperidad y su fútbol artístico, el célebre jogo bonito protagonizado por tantos talentos.
En esa búsqueda de integración y reconocimiento internacional como nación había participado de la guerra junto a los aliados y habían ganado.
Para darle marco a todo ello se edificó el Maracaná, un estadio descomunal para la época. Debía ser el templo de la alegría, lo fue de la tragedia. Porque hasta hubo suicidios por aquella derrota.
Como el Titanic, el Maracaná fue ideado de tal belleza y grandiosidad que impresionara a todos, especialmente a los jugadores visitantes. Que se sobrecogieran al ver la inmensa mole, esa era la idea. Pero, al igual que el barco más grande y lujoso jamás conocido, tuvo un estreno catastrófico.

Nunca una selección gozó de tanto favoritismo para lograr un Mundial como Brasil en ese 1950. La Selección Brasileña, al comando de Flavio Costa, había conquistado un año antes la Copa América de manera apabullante.
Y para entonces, quien se adjudicaba el torneo continental era alto candidato al título del mundo. Brasil había goleado en el Sudamericano a Ecuador 9-1, a Bolivia 10-1, a Colombia 5-0, a Perú 7-1, a Uruguay 5 a 1 y, en el último juego, a Paraguay 7-1.
Una aplanadora con un promedio de gol jamás igualado en la Copa de 5,75 por juego. Eso le granjeó la chapa de invencible.
Eso y su condición de local convencieron al planeta entero de que sería imposible arrebatarle el título. Añadido a ello, los europeos recién retomaban las competiciones tras la guerra.

Italia, el último campeón, había perdido su base el año anterior al estrellarse el avión del Torino, accidente en el que murió el plantel completo.
El Toro ya había ganado cuatro scudettos consecutivos y estaba a punto de conquistar el quinto cuando aconteció la tragedia. Tan bueno era aquel Torino que diez de los once jugadores de la selección Azzurra militaban en el equipo granate.
Tenía motivos de sobra para desertar, sin embargo, en un acto de hidalguía, Italia se hizo presente. Fue la única delegación que viajó en barco y no en avión, a causa de la aprensión que aún generaban los vuelos tras el desastre sufrido por el Torino.
Estaban pues, Italia, Inglaterra, España, Suecia, Yugoslavia, nombres de honda tradición. Brasil se estrenó con un plácido 4 a 0 sobre México en la inauguración del Maracaná, el 24 de junio de 1950.
Y como para reconfirmar las predicciones de que sería imbatible, a los cinco días se produjo un resultado catástrofe de quien debía ser su principal rival: Inglaterra. A poco de debutar, la selección inglesa sufrió la derrota más humillante de su historial frente a Estados Unidos, donde el fútbol era un exotismo practicado apenas por inmigrantes italianos.
El de los americanos era un equipo amateur, con futbolistas reclutados de todas partes. Había veteranos de guerra, profesores, embalsamadores, taxistas. Solo habían disputado un partido de preparación juntos antes de llegar a Brasil.
Su triunfo en la Copa del Mundo se pagaba 500 a 1. Un muchacho de Haití llamado Joe Gaetjens, que trabajaba lavando platos en un restaurante del Harlem, en Nueva York, marcó el gol del oprobio inglés.

Brasil tuvo un resbalón en su segunda entrada: empató 2 a 2 con la modesta Suiza. Pero enseguida se repuso venciendo a Yugoslavia 2-0. Con ello ganó el grupo y pasó a la ronda final.
Debido a algunas deserciones, el torneo no contó con 16 participaciones, apenas se reunieron 13, por ello hubo cuatro grupos, dos de cuatro equipos, uno de tres y el otro, de dos. En este último sólo estaban Bolivia y Uruguay.
Los uruguayos accedieron a la fase posterior goleando 8 a 0 al débil combinado boliviano. Total, que a la fase definitoria llegaron Brasil, Suecia, España y Uruguay. El número de equipos -13- obligó a cambiar el sistema de disputa. Por primera vez no habría final. Esos cuatro jugarían todos contra todos por puntos y el primero se consagraría campeón.
Brasil pisó a Suecia 7 a 1 y arrolló a España 6 a 1. Arribó a la última jornada, el 16 de julio, con 4 puntos, uno más que Uruguay, que había vencido angustiosamente a los suecos 3-2 y igualado apenas con los españoles 2-2.
Con apenas empatar en casa, frente a su gente, Brasil levantaría la anhelada Copa Jules Rimet. Luego de mostrar tan fabuloso poderío, parecía imposible cualquier resultado que no fuera una goleada del anfitrión.
El favoritismo era de 100 a 1. LaSeleçãorepetía lo hecho en la Copa América del año anterior: era una máquina de gol. Ademir, Zizinho, Jair, Chico, Baltazar eran delanteros incontenibles.
En toda esa montaña de euforia desbordada hubo un olvido que pasó de largo: el carácter de los uruguayos. En 1999 entrevistamos en Paraguay a Roque Máspoli, el arquero del Maracanazo, nos contó un pequeño episodio que ilustra el modo en que encararon aquel juego:
“A los cinco minutos, el Mono Gambetta trabó con todo contra un brasileño, ganó el duelo, pasó la pelota limpia a Obdulio Varela y gritó fuerte, para que lo escucháramos todos, compañeros y rivales: ‘Vamos, que estos no nos pueden ganar’”.
El técnico Juan López llevó en todos los puestos jugadores de probada moral. López era un hombre sagaz, extraordinariamente querido por sus dirigidos, lo cual siempre da un plus a cualquier equipo. Emanaba autoridad desde su bonhomía. Y sabía plantear el juego. No se ponderó su capacidad.
“Por la mañana de ese domingo de la final, hablamos entre los jugadores, analizamos el partido y estábamos convencidos de nuestro potencial. Yo estaba seguro de que, si Brasil nos ganaba, a lo sumo podía ser por un gol, no más. Es que teníamos una defensa extraordinaria. Y cuidado, que pudimos haber ganado por mayor diferencia que ese 2 a 1. Nosotros fallamos dos goles, uno Míguez y otro yo. ¡Yo erré un gol…!”.
Nos lo dijo Juan Alberto Schiaffino en su casa de Punta Gorda, su barrio montevideano. “Nos teníamos una confianza bárbara”, reconoció Ghiggia en su “Biografía Oficial”, escrita por Fernando Soria.
Llegado el día y la hora, se inició lo que debía ser apenas una burocrática diligencia necesitada de un sellado. Según todos los testimonios, la gritería era tan infernal que semejaba a miles de leones rugiendo al compás.
Producía temor. Para completar el idílico cuadro de sueño y esperanza, hubo gol de Brasil, que pasaba a ganar 1 a 0. Sin embargo, remando de atrás, los uruguayos adelantaron líneas, empezaron a inquietar el arco rival y alcanzaron el empate.
El diminuto puntero Alcides Ghiggia desbordó por derecha, tiró un perfecto pase atrás y Schiaffino la incrustó en un ángulo alto: 1 a 1. Y a once del final, otra vez Ghiggia escapó a Bigode, se internó en el área e inesperadamente sacó un tiro fuerte y rasante que se metió en el arco de Moacir Barbosa.
Un puñal hundido en el corazón de un país acallado, confundido, que en un segundo pasó de la felicidad nacional a un estado fúnebre. (O)





























