No eran cracks como muchos de los de hoy, inventados por el marketing y elevados artificialmente por periodistas embarrados en el fango del embuste. Hoy se pagan cientos de miles de dólares por el fichaje de jugadores jóvenes que aún no han debutado en primera división. Otra montaña de billetes verdes se embolsan empresarios que venden el pase de figuras de barro traídas del extranjero a las que nadie conoce en su país.

La prima y los sueldos de estas mediocridades provocan la bancarrota de algunos clubes y hasta se desvirtúan los trámites de nacionalización para empujarlos a la Selección mediante una campaña orquestada por manipulables sujetos de micrófono y pantalla que cotizan muy bien sus favores.

Los cracks a los que me refiero eran auténticos, quedaron en la historia de nuestro fútbol, escribieron páginas de lujo y son añorados cada vez que un viejo fanático del balón los compara con los que vemos hoy, algunos de ellos no habrían jugado ni en las Ligas de Novatos cuyos partidos tenían, en muchos casos, más jerarquía técnica que varios de los que vemos hoy en la serie A.

Quienes vimos en los años 60 los espectáculos futboleros del entonces llamado Estadio Modelo Guayaquil podemos afirmar con sobra de verdad que fue una década inolvidable. Grandes jugadores nacionales y extranjeros pasaron por Barcelona, Emelec, Everest, Patria y 9 de Octubre, por mencionar a los principales clubes. Fue la década de Los Cinco Reyes Magos y de La Cortina de Hierro, la de los duelos entre Fernando Paternoster y del maestro Gradym, y el de dos arqueros que llenaban estadios: Ramón Maggereger, mundialista con Paraguay en 1958, y el Pez Volador Helinho. Tiempo de exhibiciones magistrales de Jorge Bolaños, Enrique Raymondi, Wacho Muñoz, Moacyr Pinto (campeón mundial con Brasil en 1958), de Nivaldo y Tiriza, de los uruguayos Víctor Guaglianone –que había estado en la Lazio–, Cirilo Fernández y Eustaquio Claro. En fin, podríamos llenar un libro solo con los nombres de quienes nos dieron tantas emociones en esa época.

Nadie puede dudar que la magia de un prestidigitador en una cancha de fútbol se encarna en la habilidad y la inteligencia prodigiosa de Jorge Bolaños Carrasco. Creador de juego, inventor de gambetas imposibles, manejador eximio del balón, líder natural de todos los equipos donde jugó, clase y espíritu indomable, todo eso y mucho más se puede decir del más grande número 10 de nuestra historia.

Nació de la pelota callejera, lo que explica la irreverencia y el desenfado con que deslumbró desde el día en que apareció, con 15 años y 11 meses, en el primer equipo de Emelec en julio de 1959. El célebre maestro argentino Renato Cesarini lo vio en la Selección, en diciembre de 1960, y lo recomendó a River Plate. Formó parte de la tercera división de ese club a los 17 años. En 1963 lo buscó el Milan italiano. La revista Estadio de agosto de ese año publicó la carta de ese club dirigida a Emelec y una entrevista al emisario, llegado a Guayaquil. Lo pedían a prueba, pero el Pibe no aceptó.

En 1966 llegó una oferta del dirigente del Guadalajara y empresario mexicano José Agnesi. Quería llevar al país azteca a tres jugadores de Emelec: Bolaños, Carlos Maridueña y al uruguayo Cirilo Fernández. El equipo eléctrico, campeón invicto de 1965, deslumbró ese año en una gira a Estados Unidos, México, Honduras y El Salvador. En su debut el 31 de julio, en el Wrigley Field de Los Ángeles, derrotó 4-0 a Chivas de Guadalajara formando con Manolo Ordeñana; José Romanelly, Maridueña, Felipe Mina; Carlos Pineda, Lucio Calonga (paraguayo); Jaime Delgado Mena, Bolaños, Bolívar Merizalde, Ely Durante (brasileño).

El plantel campeón de Emelec en 1965.

El equipo eléctrico fue invitado luego a México. A las 48 horas de un partido en Veracruz y después de un viaje por tierra hasta Monterrey, que fue una verdadera masacre, se midió con el ya desaparecido Jabatos de Nuevo León. Aunque cayó 2-1 con sus futbolistas agotados, dejó una gran impresión. EL UNIVERSO, del 10 de marzo de 2014, reprodujo en sus páginas un fragmento de la columna ‘Balonazos’, del diario El Norte, de Monterrey, escrita por Daniel Mir, quien resaltó la categoría de aquel Emelec: “Quienes se abstuvieron de asistir al partido perdieron la oportunidad de presenciar un encuentro alegre y también bonito. El espectáculo de anoche hacía ya mucho tiempo que no lo veíamos. Maravillosa exhibición del extremo derecho Fernández y del centrodelantero (brasileño) Ely. El Emelec es un equipo de una rapidez endiablada que no entretiene la bola nunca, juega de primera intención y va de cara al marco, a lo práctico. Sus jugadores son peligrosos precisamente por su gran penetración. Singularmente su extremo derecho Fernández es de una habilidad y potencia extraordinaria, pues se escapaba como un rayo y disparaba verdaderos obuses... Practica el Emelec un fútbol que gusta, ya que nos estábamos acostumbrando a un fútbol de letargo que provoca sueño en los aficionados”.

Maridueña cumplió en esa gira 21 años. Surgido del club Fortuna, de la Fedeguayas, fue fichado por Emelec. De las filas juveniles saltó a la primera y desplazó de la titularidad a Cruz Alberto Ávila. Rápido, firme, seguro con el balón, eficaz en el juego aéreo, quedó en la historia como uno de los mejores zagueros centrales. Fernández jugaba en el Wanderers de Montevideo en 1964 cuando lo encontró Julio Faracchio, dirigente octubrino, quien fue a Uruguay a buscar jugadores. Sorprendió desde su aparición por su velocidad y buen manejo. En 1966 se lo llevó Emelec y quedó para siempre en el recuerdo por su calidad.

El dirigente Agnesi ofreció a Emelec $ 100.000 (dos millones de sucres) por los tres jugadores, de acuerdo con la versión publicada en el número 77 de Estadio, segunda quincena de octubre de 1966, lo cual fue calificado por la revista como “la más sensacional transferencia que recuerde el deporte ecuatoriano”. El directivo Munir Dassum declaró a Estadio: “Por ese valor, los $ 100.000, sí los transferimos. Conviene al club y preferentemente a los jugadores, quienes mejorarán económicamente”. Los uruguayos José María Píriz y Héctor Bono iban a ocupar los puestos de Maridueña y Bolaños, y el argentino Héctor Gauna el de Fernández.

Todo iba viento en popa, pero la intención del dirigente mexicano chocó con una línea imposible de superar: Chivas no variaría una regla aún vigente: no admite jugadores foráneos. Los fichajes se esfumaron por la oposición del resto de directivos y de la afición del Guadalajara. Tres jugadores de gran clase por $ 100.000. ¡Cómo cambian los tiempos! Hoy, vulgares maltratadores de balones valen y ganan fortunas que nadie sabe si en verdad van a parar enteras a sus cuentas corrientes. (O)