Era el minuto 34 del segundo tiempo. Se oía un sonido aturdidor, como de mil leones rugiendo al unísono. De pronto, el murmullo, el zumbido ululante de los doscientos mil brasileños que se apretujaban en el flamante cemento de Maracaná se acalló.
No hubo orden previa, fue terriblemente espontáneo. Se hizo el silencio más estruendoso de la historia del fútbol, el más inesperado e inexplicable.
Alcides Ghiggia, esmirriado pero veloz puntero derecho uruguayo de poco más de cincuenta kilos de peso, aceleró por su punta con el balón en una corrida solitaria que no auguraba clamores, escapó a Bigode, se aproximó al área, se adentró en ella e inopinadamente sacó un disparo bajo y certero que impactó a una nación entera y pareció herirla de muerte.
La pelota entró al arco por un mínimo hueco entre las manos del arquero Barbosa y el primer palo. Las redes se sacudieron y el país, el gigante amazónico, se estremeció.
No había televisión, unos setenta millones de brasileños se mantenían informados por la radio y esos doscientos mil -en rigor 203.849 según cálculos oficiosos- lo palpitaban en las tribunas del coloso recién construido.
Los ruidos de las calles cesaron, los gritos en las casas se apagaron, los pájaros pararon su canto y todo semejó a un dramático mutismo nacional. Como si alguien hubiese tirado del cable y se hubiera desconectado Brasil. Lo que hasta unos minutos antes era fiesta se convirtió en pavor.
Fue el 16 de julio de 1950. Brasil perdía 2 a 1 ante Uruguay. Se le resbalaba por una cruel alcantarilla el título mundial que debía ser un mero trámite. Y se le escurría ante un país que es 48,32 veces más chico. No podía ser cierto, eso no estaba sucediendo, no entraba en los libretos de nadie.
Simplemente era una pesadilla de la que despertarían luego para celebrar la conquista. Brasil sería CAMPEÃO DO MUNDO, como decían los diarios, ya impresos desde la mañana para ir ganando tiempo.
“Se podía escuchar a alguien tosiendo, o el sonido de papeles que levantaba el viento, el silencio era total”, contó el autor de la proeza muchos años después.
Los mismos jugadores uruguayos, tras celebrar moderadamente el gol que los ponía a ganar 2 a 1, sintieron escalofríos de estar frente a una multitud completamente muda. Nunca, ni antes ni después, se congregó tal muchedumbre en un estadio de fútbol ni de ningún deporte.
Nunca un silencio retumbó tanto. Causaba miedo. Las lágrimas no hacen ruido al caer, pero decenas de miles lloraban sordamente.
“El público, que hasta ese momento había producido un ruido fenomenal, quedó consternado. Se produjo un silencio de pánico en todo el estadio que paralizó a los jugadores brasileños. Si ni siquiera me tiraron un centro... No avanzaron más”. El testimonio pertenece al arquero celeste Roque Máspoli, a quien entrevistamos en el hotel Guaraní, de Asunción, en 1999.
En ese mundial aparecieron los números en las camisetas y le tocó a Alcides Edgardo Ghiggia ser pionero del 7, que luego lo llevaría en su espalda una dinastía de genios del fútbol como Garrincha, Jairzinho, George Best, Jimmy Johnstone, Grzegorz Lato, René Houseman, Cristiano Ronaldo.
El puntero que en ese entonces militaba en Peñarol tiene una curiosa estadística: jugó una sola vez en Maracaná y marcó el gol más relevante de la historia. Sólo disputó cuatro partidos mundialistas y en los cuatro convirtió un gol.
Llegó la hora de la verdad en Maracaná y, al asomarse por el túnel al campo de juego, los futbolistas uruguayos quedaron impactados del infernal griterío.
“El sonido que emitía la gente era tan fuerte que parecía que el estadio se vendría abajo”, recuerda Ghiggia. “Obdulio (Varela) tuvo un excelente plan; cuando íbamos a salir a la cancha, el capitán nos hizo esperar a que saliera primero la Selección Brasileña. Entonces, cuando salieron ellos, simultáneamente salimos nosotros para que no nos pudieran silbar y así salir entreverados con la ovación y los aplausos que el público le dedicaba a Brasil”.
El primer tiempo, ante la sorpresa general, se fue sin goles, con lo cual hasta ahí era campeón el local. Pero a poco de comenzar el segundo, gol de Brasil, por tiro cruzado de Friaça, puntero del São Paulo.
Si antes del choque se tenía la seguridad total de que Brasil sería campeón, la ventaja en el marcador era la rúbrica definitiva. Uruguay necesitaba dos goles.
¿Cómo iba a lograrlo…? Imposible. Tras producirse la conquista, Obdulio puso el balón bajo el brazo y fue a reclamar al juez de línea una posible posición fuera de juego del autor. Pidió un intérprete. La larga conferencia con el banderín acalló a la multitud.
El gol fue validado por el árbitro inglés George Reader, pero el capitán bajó los decibeles de la emoción. “El objetivo de Obdulio era perder un poco de tiempo para calmar el ímpetu brasileño. Sabía que si sacábamos enseguida nos hacían media docena”, reflexionaba Ghiggia en entrevista al periodista argentino Juan Vasle, para su libro Patear es humano, gambetear es divino.
Ghiggia, cuya virtud primordial era la velocidad, preparó el primer gol. Su testimonio, relatado al mismo Juan Vasle: “Fue una pelota larga por la derecha que me lanzó Obdulio Varela. Eludí a Bigode y me escapé en diagonal hacia el arco. A la carrera se la pasé hacia atrás a Schiaffino, que llegaba como entreala derecho. Juan la empalmó de primera como venía y la clavó en un ángulo. Era muy difícil que el golero la sacara. El estadio quedó congelado y los jugadores brasileños, fríos. Si bien con el empate eran campeones, no reaccionaron. Ahí vimos que se les podía ganar”.
Iba el minuto 66 y estaban 1 a 1. El ruido ensordecedor del público amainó un poco, pero enseguida se retomó, Brasil seguía siendo campeón con la igualdad. Sin embargo, los celestes ya estaban agrandados.
Y está claro que esa epopeya la gestó el carácter. Brasil, en cambio, comenzó a desmoronarse. Y a once minutos del final llegó lo que nadie podía siquiera imaginar, el gol inmortal, cuya repetición vemos una y otra vez y no nos cansamos.
“En el segundo gol me junté con Julio Pérez, mi compañero de ala. Yo me retrasé un poco, lo atraje a Juvenal, Julio me pasó la pelota y cuando el defensor me encimó, se la devolví. Hice casi el mismo recorrido que en el primer gol. La recibí en profundidad. Creo que Barbosa pensó que iba a centrar de nuevo. Se corrió un poco al medio para salir a cortar y me dejó el espacio justo para enviársela contra el primer palo. No es cierto que la tirara mordida, le di de rastrón con toda la potencia del empeine derecho”.
El testimonio del héroe del Maracanazo, término convertido en sustantivo, en sinónimo de hazaña, de sorpresa mayúscula, de catástrofe. El destino tenía preparado para este arquetipo del antiatleta el gol más relevante de la historia.
Por suerte no había VAR, que tal vez hubiese hurgado en cualquier imperfección reglamentaria para anular ese gol diluviano, apocalíptico. Pero la pelota entró y no hubo más que validarlo.
“Los últimos once minutos fueron tranquilos. Teniendo en cuenta que era locatario y que estaba perdiendo, Brasil nunca reaccionó. No pasamos sobresaltos. Nuestra defensa estaba bien plantada. Yo quería hacer el tercero, pero nuestro técnico me mandó a decir a través de un fotógrafo uruguayo que tenía que bajar a ayudar”.
Hubo millones de goles en el fútbol, Ghiggia los juntó a todos en uno. Ese. (O)