Sale el arquero jugando con el dos, el dos avanza un trecho y pasa la bola al cinco, este cruza la media cancha y la adelanta en dirección al diez, el diez esquiva un hombre y abre al puntero, el puntero recibe, gira hacia su propio campo y toca veinte metros para atrás, la vuelve al medio... Lo vemos en todos los partidos y nos preguntamos irritados: ¿qué es eso…? ¿cómo así…? Lo entendemos como una estafa futbolística. Es como comprar un frasco de café, llegar a casa y, al abrirlo, comprobar que está vacío.

Hay incluso tiros libres a favor en campo rival que entre toque al costado y pase para atrás y más atrás terminan en el arquero propio, que luego se ve obligado a reventarla con un pelotazo alto. Pocas cosas molestan más como hinchas del fútbol (que no “de” fútbol): ver a los jugadores tocar para atrás. Y es algo que se ha tornado tan habitual que exaspera. Jugarla hacia atrás es el salvoconducto de la mediocridad: “No la perdí”. Lo inadmisible es que lo hagan futbolistas que costaron decenas de millones. El verdadero crack verticaliza, rompe líneas, intenta. Ferenc Puskas, el gran genio húngaro (es imperativo entrar en Internet y ver su primer gol en Wembley en aquel Inglaterra 3, Hungría 6, una joya del fútbol) se enojaba: “Al jugador que la pasa para atrás habría que pitarle falta”. Juan Sauro, nuestro primer maestro de periodismo, no académico sino empírico, en la redacción, sentía pasión por Boca, pero su jugador preferido era Vicente De la Mata, de Independiente, ídolo enorme de los años 30 y 40. “De la Mata nunca pasó la pelota sin antes haber gambeteado como mínimo a dos, ya la daba con ventaja, sentía que esa era su contribución al equipo”, decía. Y Ricardo Bochini sostiene: “Todo equipo necesita jugadores que encaren. Cuando gambeteás un rival, ya se genera superioridad numérica, uno de los nuestros queda libre de marca, si gambeteás dos es muy posible que la jugada termine en gol”. Es ley del fútbol, porque se crean espacios y libertad de movimientos para los definidores.

Otra del Maestro: “Cuando llega al área, el habilidoso tiene que encarar, si de cuatro intentos pierde tres, es buen promedio, la cuarta es gol”. Es fundamental el uno contra uno, sobre todo frente a rivales que se paran con dos líneas de cuatro cerca de su arquero. Esa lata no se abre solo con pases, salvo que se juegue a un toque, con mucha velocidad y sorpresa. Pero requiere alta precisión. Nos contaba un gran formador de juveniles español: “Teníamos un lateral derecho en el Madrid que llevaba cuatro o cinco años ya con nosotros. Salía hacia adelante el zaguero, le pasaba el balón y, teniendo quince o veinte metros para avanzar, giraba y se la devolvía al zaguero. Le dejamos libre y me viene a ver con su padre, enojadísimos los dos. Le dije la verdad: chico, es que tú no quieres jugar”. Por eso mismo Mbappé vale 200 millones. Es un elemento de extraordinaria aptitud física, aunque con técnica normal, sin fantasía ni gambeta, pero va con todo al frente, que es lo que duele al defensa y genera desequilibrio. Nadie se pelea por los que tocan hacia atrás. Un hincha en la platea del Camp Nou le gritó a un delantero que costó una fortuna y no desnivela: “Tío, contigo los defensas tienen tiempo hasta de ir al baño”. Porque el pase descendente alivia la tarea defensiva del adversario, se reacomoda, espera firme.

Fuera del vicio de jugar hacia atrás, hay un sector del campo donde ya no se puede retroceder la maniobra; en paralelo al área hay que buscar terminar la jugada. Desde luego, si el rival ejerce mucha presión, casi al cuerpo, cuando es preciso destrabar una acción que se ensució o simplemente para no perderla, el pase atrás puede ser una solución, un desahogo. Pero no debe ser un recurso permanente. Así no se ganan partidos. “Los que adoran la posesión, los guardiolistas, dan pases a 30 centímetros y le llaman posesión”, dice Paul, un seguidor en Twitter. Lo de Guardiola es diferente, es una táctica: diez, quince, veinte toques para allá, para acá y luego un pase filtrado que sorprende. Bien ejecutado, con buenos jugadores, funciona espléndidamente. Claro, se necesita ese tipo de intérpretes, Xavis, Iniestas, Busquets... Guardiola ganó todo con eso, es el técnico con mayor promedio de triunfos y de goles de la historia con ese sistema. El que ha desesperado al PSG el miércoles y que enloquece a todos sus oponentes: los obliga a jugar sin la pelota. La tiene siempre el City, la mueve a la izquierda, a la derecha… Y el rival se desgasta física y anímicamente, corre y se cansa yendo de un lado a otro sin poder construir jugadas. El martes, en la revancha, será igual, porque es un credo, tener siempre la posesión para que el rival no lastime o haga el mínimo daño.

“Guardiola gana porque juega con todos monstruos…”. ¿Cuáles monstruos tiene el City…? Acaso sobresale De Bruyne; el resto, buenos jugadores normales. Pero todo pupilo de Guardiola tiene internalizado a la perfección el libreto del técnico: presión total sobre la pelota mientras la tiene el rival; al recuperarla, movilidad permanente, búsqueda de espacios, toque y toque hasta que aparezca el hueco y a definir. Lo mismo acontece con el arquero. “Ederson es muy normalito”. Sí, tapando es un arquero de 6 puntos, con los pies es un zaguero de 8 o 9.

Guardiola busca ese tipo de goleros porque es el doceavo jugador del equipo, se descargan muchos balones en él y sabe resolver, darle salida limpia al juego. Un día perderá la pelota y le harán un gol, pero antes habrá resuelto centenares de situaciones manteniendo la herramienta en poder del City. Con él, Pep tiene un jugador más, son doce contra once. Por eso prefiere siempre un Ederson antes que un Keylor Navas, un Courtois o un Alisson. Para su sistema, necesita un Ederson. Y futbolistas que entiendan el juego. (O)