Antonio Valencia decidió abandonar la carrera de futbolista. Tomar una decisión de ese calibre debió haberle consumido algún tiempo de reflexión. En ese vértice donde la voluntad choca contra la necesidad, cuando los deseos creados por el afán y la costumbre no dejan entender que es inútil persistir, también comprendió que su voluntad de continuar no podrá jamás contra el peso inexorable del tiempo. En su calidad de hombre público sabe que retirarse oportunamente requiere desprendimiento y respeto para consigo mismo y para los demás, para sus más afectos seguidores y también para aquellos que en algún momento, con todo derecho, fueron contradictores y que criticaron algunos de los pasajes de su vida.

Pero debe saber Valencia que no existe ecuatoriano que no aprecie lo que ha significado su ruta de sacrificio y esfuerzo, transitada para llegar a ser reconocido en todo el orbe por la prensa deportiva. Escrito está que Luis Antonio Valencia, nacido en Nueva Loja, Sucumbíos, el 4 de agosto de 1985, debió sufrir y sudarla como lo hacen tantos amazónicos, en el anonimato, que no han tenido la destreza con la pelota de fútbol. Las virtudes de Valencia le llevaron a abandonar con 14 años las canchas polvorientas y sus experiencias en su primer club de fútbol, el Caribe Junior, de su ciudad natal.

Desde ese día tomó su maletín, con poca ropa pero con muchas ilusiones, y dejó a su familia, a su pueblo, a sus costumbres, para llegar a la gran ciudad de Quito, donde lo esperaban las formativas del equipo El Nacional. Existen testimonios que señalan a Pedro Pablo Papi Perlaza como el descubridor de Valencia, que él se dio cuenta de que las destrezas del joven amazónico con el balón merecían mejores oportunidades en otros lares. También comparece en estos reconocimientos el serbio Dragan Miranovic, que se fijó en el jovencito que, sin llegar a la edad que exigía la categoría sub-16, sobresalía, por lo que solicitó que lo suban al primer plantel militar.

Valencia no tardó en ganarse la titularidad y en ser figura, lo que le representó la convocatoria a la selección en el 2004. El denominado Expreso Amazónico tuvo la oportunidad de incorporarse al fútbol europeo, cuando en el 2005 llegó al Villarreal y luego al Recreativo de Huelva español, para luego jugar en la exigente Premier británica al arribar al Wigan. Luego pasó, en el 2009, al United, donde lo cobijó un gran líder y conocedor de los secretos del fútbol: Sir Alex Ferguson; él se convirtió en promotor insigne en el crecimiento futbolístico de nuestro compatriota.

Ferguson, fundamental

Desde mi punto de vista, el escocés Ferguson, ganador de nada menos que 49 títulos en su carrera, fue fundamental para la carrera del ecuatoriano. Le inculcó el respeto a los códigos y otros requisitos que exige el fútbol de esos lares. Tiene tanto mérito como el esmeraldeño Perlaza y el serbio Miranovic; sin ellos, posiblemente, Valencia no tendría la trascendencia deportiva de la que hoy goza. Ferguson, al conocer del adiós como futbolista de Valencia, en un mensaje en video calificó de “fantástico” el paso del tricolor por el equipo que él conducía. Valencia rompió un récord al convertirse en el sudamericano con más juegos en la Liga Premier (325), superando al peruano Norberto Solano (302).

Sus prolongados diez años en el United sellan un paso que trasciende por tratarse de un equipo que exigía alto nivel, al menos en la época de Ferguson. Se enfundó la camiseta roja y usó por un tiempo el brazalete de capitán, e inicialmente el distinguido número 7, que a los aficionados de los Diablos Rojos les recuerda a esas grandes figuras que lo lucieron, como fueron, en orden de importancia, George Best, Bryan Ronson, Eric Cantona, David Beckman, Cristiano Ronaldo, Michael Owen, Valencia y algunos pocos más.

El epílogo como futbolista es realizado en el momento oportuno y sin usar frases rimbombantes. Reconoce que no se considera el mejor jugador de la historia del Ecuador, y hace bien en decirlo, porque demuestra un desprendimiento que honra a sus colegas que compiten por esa distinción. Y aunque es un tema subjetivo, el destino me dio la oportunidad de observar a quienes creo que ocupan los puestos estelares: Alberto Spencer, Jorge Bolaños, Valencia y Álex Aguinaga. En este reiterado juicio que suelen hacer los periodistas, sobre todo aquellos que, bien informados y además por haberlos visto en acción, adquieren ese derecho de comparar sus ejecutorias, está el del reconocido periodista argentino Jorge Barraza, quien, evaluando a Valencia como a Spencer, afirmó: “Valencia ha sido una pieza valiosa, aunque secundaria, de un colectivo de alto rendimiento como el Manchester United. El de Ancón desequilibró en el protagonismo. Alberto Spencer era el estelar de un conjunto formidable, aquel Peñarol triple campeón de América y bicampeón mundial”. Es un criterio que comparto plenamente.

El gesto de pedir perdón

Debo reconocer que quedé gratamente impresionado con el gesto de Valencia cuando en una especie de reconciliación con su conciencia les dice a sus compatriotas una frase que tiene gran significado: “Si en algún momento en la selección fallé, les pido disculpas. Si en esta carrera les he fallado, les pido perdón”. Todos sabemos que se refiere a un tema que en este momento no se justifica recordarlo.

Su acto de contrición parece probo y valedero, aunque pienso que debió manifestarlo tiempo atrás. El hecho de recordarlo en su adiós mitiga la creencia de que el acto de pedir perdón es una muestra de debilidad. Es posible que para muchos no todo el que demanda perdón debe ser perdonado. Para mí, por ser un acto de reivindicación, adquiere mucha importancia.

Nos quedamos con el Valencia dentro del gramado. Ahí fue un jugador veloz, desbordador, hábil para centrar, sacrificado al máximo, irradiaba confianza y seguridad en sus decisiones. Sentimos como nuestra aquella espeluznante lesión que sufrió en septiembre del 2010, la que lo alejó varios meses de las canchas, hasta que regresó gracias a su disciplina y apego al trabajo.

Salió de aquella dificultad física gracias a su perseverancia para seguir con su carrera. Hoy, con casi 36 años, un desgaste articular severo en una de sus rodillas aceleró su retiro. Fue lo que su cuerpo le pidió, pero estoy seguro de que su mente también.

Quedará en las estadísticas su aporte a la selección, sus títulos y también sus frases, como aquella que dijo en mayo de 2019, cuando en el Palacio de Carondelet recibió del Gobierno la condecoración con la Orden Nacional al Mérito. En el agradecimiento, Antonio Valencia se comprometió a trabajar por la niñez y la juventud de su patria, algo que todavía espera la siempre necesitada provincia de Sucumbíos.

La despedida de Antonio Valencia nos deja varias reflexiones. Por ejemplo, su carrera futbolística fue brillante, tuvo la fuerza espiritual para superar fuertes tropiezos en su vida. Que si se equivocó, que es un defecto común, tuvo la humildad de pedir perdón, que escogió el momento oportuno para el adiós, y que su ejemplo significará para los chicos de la patria la muestra de que es posible alcanzar metas importantes con esfuerzo. (O)