La interrogante viene al caso porque en medios de comunicación del país, tanto impresos como digitales y también radiales, hemos leído y escuchado decir a jugadores que están o han estado en la selección nacional de fútbol que Ecuador tiene justas aspiraciones -según ellos- de ganar en Estados Unidos la Copa América de 2024.

El optimismo es saludable y un deportista debe salir al escenario de la competencia con ánimo victorioso. Pero cuando esa ilusión es triunfalista suele estrellarse contra la realidad al enfrentar a rivales con mayor categoría técnica, poseedores de una preparación superior, o con más suerte.

Kevin Rodríguez, un delantero afortunado que jugaba en la serie B, fue citado por el maleable Gustavo Alfaro a la Selección para ir al Mundial de Qatar 2022 y que luego fue fichado por Independiente del Valle para con una rapidez sorprendente venderlo a un club de Bélgica, le dijo a Diario EL UNIVERSO en gesto de exclamación: “¡Qué selección tenemos. En Europa valoran más que en Ecuador a esta generación dorada!”. Y agregó Rodríguez que él y sus compañeros aspiraban a ganar la Copa América. Lo que él podría contribuir con goles es una incógnita. Ha repartido banco y clínica en su equipo, el Saint-Gilloise, de Bélgica, y en este año apenas ha jugado once partidos en lo que va del 2024 (solo uno completo). Se tienen noticias de que Rodríguez solo ha marcado dos goles (uno en la Jupiler Pro League).

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“Vamos a traer la Copa América a casa”, declaró Moisés Caicedo, cuya contribución en la Selección ha sido modesta pese al nivel de publicidad que le obsequian en páginas web nacionales. Su labor no trasciende en el combinado, pero micrófonos y pantallas obsequiosas siempre lo escogen como “el jugador del partido”. Igual en la Liga Premier en la que, con la blusa del Chelsea, ha jugado 48 partidos y anotado un gol, hermoso, por cierto, su posición en el campo de juego no le permite brillar. Está siempre cerca de los centrales para pescar un rebote y dar el balón a un compañero jugando, casi siempre, para atrás.

Caicedo es relativamente eficaz en la marca, crea escasas situaciones de peligro y llega muy poco al arco. Sus propagandistas en las redes sociales lo han candidatizado ya al Balón de Oro. Ojo, no es broma.

Como ecuatoriano sentiría emoción y orgullo si mi país ganara alguna vez la Copa América, pero la estadística es, para nuestra historia, igual a la guillotina. Desde 1939 cuando fuimos por primera vez a Perú, solo hemos ganado 16 de 126 partidos y nuestra mejor ubicación fue un cuarto lugar en 1959 (entre seis aquella vez) y 1993 jugando de locales al clasificar a las semifinales.

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Hasta 1949 el fútbol ecuatoriano era amateur. El profesionalismo se instauró recién en 1950. Individualmente contábamos con jugadores valiosos. Marino Alcívar fue el primer nacional en anotar ante Perú perforando dos veces la valla del limeño Juan Honores. Alfonso Suárez fue un astro en la Copa América de 1941, a tal punto de ser elegido el mejor interior derecho junto con una leyenda: el argentino José Manuel Moreno, lo que le valió a Suárez ser fichado para irse a Chile. En la edición de 1945 brillaron Jorge Chompi Henríquez y Enrique Moscovita Álvarez.

Chompi fue adquirido por Audax Italiano en el pase más costoso de la historia y Moscovita se fue a Lanús pese a ser tentado por Boca Jrs.. Alfredo Bonnard fue elegido el mejor arquero del Sudamericano de Lima en 1953 y un empresario le puso un cheque en blanco para llevarlo a Francia. Alberto Spencer deslumbró en la inauguración del estadio Modelo y luego en el Sudamericano de 1959, lo que le valió su transferencia a Peñarol, que con sus goles conquistó tres veces la Copa Libertadores y dos la Intercontinental, para convertirse en una leyenda.

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Nuestros primeros momentos registraron algunas derrotas abrumadoras, tal como ocurrió a otros países en sus aventuras iniciales. No existía una organización eficiente de nuestro fútbol; los recursos eran escasos: se citaba a los jugadores para el viaje sin ninguna reparación ni control médico. En 1939 el traslado a Lima fue por tierra y a Chile, en 1941, por barco y se entrenó en la proa.

Estábamos a distancias siderales de lo que se conoce hoy: partidos de preparación, jugadores que llegan de Europa “cansados del viaje” en primera clase; concentraciones de lujo, tecnología médica moderna a su servicio, gastronomía dictada por nutricionista y preparada por un chef francés y un premio en miles de dólares por partido. Trato a cuerpo de rey para la llamada “generación dorada” que aún no ha ganado nada, a excepción de las clasificaciones mundialistas.

Les cuento una anécdota. Estuve en Perú para la cobertura de la Copa América 2004 y en una reunión con periodistas compatriotas, jóvenes y algunos no tanto, el criterio era que el balompié ecuatoriano vivía un tiempo de modernidad, especialmente por haber clasificado a la fase final de la Copa del Mundo 2002. El argumento más usado era el de que en épocas anteriores a los jugadores les faltaba “carácter”, “personalidad”. Respondí con una pregunta: ¿Vieron ustedes jugar a Vicente Lecaro, Luciano Macías, Alberto Spencer, Rómulo Gómez, Clímaco Cañarte? La respuesta casi unánime fue que no. Volví a la carga: ¿No creen ustedes que faltaba planificación, preparación, partidos de prueba y conducción técnica eficiente, algo que ha sobrado en esta época?

La mayoría no conocía que la Selección que estuvo a punto de clasificar a la Copa del Mundo 1966 solo entrenó 25 días y nunca jugó un partido de preparación. También ignoraban que los jugadores no se concentraron nunca y recibían 100 sucres después de cada entrenamiento en el estadio Modelo, al que algunos llegaban en bus. La clasificación se jugaba por grupos de tres países y el que perdía el primer partido estaba listo para hacer las maletas.

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Aceptaron mis argumentos, pero sellaron la charla con esta frase: “Usted puede decir lo que quiera, pero antes nos goleaban y esas palizas se terminaron. Esta Selección (la de Perú 2004) viene de jugar el Mundial 2002 y es una de las favoritas de la Copa América”.

Al día siguiente, en el estadio de Chiclayo nos tocó enfrentar a Argentina, que venía de ser eliminada en la fase de grupos en Corea y Japón, igual que nosotros. Nos bailó esa noche y nos venció por 6-1. Parecíamos un equipo de novatos.

La convocatoria de Félix Sánchez Bas (¿es de él? Perdonen la suspicacia) no es para lanzar hurras. Seis defensas centrales, cinco volantes de corte, dos delanteros de ficción, un goleador auténtico que regresa de una larga para por lesión y ningún creador. Si mis largos años de ver fútbol funcionan, iremos a tejer una tela de araña en el medio campo y en el área propia. Más barato nos saldría colocar en el arco, que le han birlado a Pedro Ortiz, un bus de la Metrovía. Sería más barato considerando que el alcalde de Guayaquil es hombre del fútbol.

Y una última inquietud: ¿por qué hay tan pocos jugadores de los clubes de la Costa en la Tri? La realidad es que en el seno de la FEF las voces de Barcelona y Emelec no pesan. Allí solo suena una campana que repica cada vez que se abre la perspectiva de un negocio. (O)