El hincha torero no alcanza a descifrar lo que ocurre en el Ídolo del Astillero, sacudido por derrotas que no tienen explicación aceptable, a excepción de las excusas poco claras del técnico (no lo llamo director porque no dirige). Fabián Bustos es un profesional más circense que futbolero. Gesticula, grita, corre, da discursos que rozan lo esperpéntico; pero lo único que queda de todo este enredo es que su equipo juega mal, defiende peor, no existe conexión entre sus líneas y la eficacia ante el marco adversario es ínfima.

Está en décimo lugar en el torneo nacional, en riesgo de quedar fuera de las copas internacionales y tiene cero de gol promedio. Lo superan Independiente de Valle, Emelec, 9 de Octubre, Universidad Católica, Liga de Quito, Delfín, Aucas, Guayaquil City y Técnico Universitario. Ninguno de sus delanteros figura entre los diez mejores goleadores del campeonato. Ha sido derrotado tres veces consecutivas y ha logrado apenas dos triunfos en sus doce encuentros.

Los gritos insultantes desde las graderías y la masacre que se advierte en las redes sociales son una muestra de un agresivo desencanto. ¿Dónde están las raíces de esta debacle? Hay que resaltar que Barcelona es un fenómeno popular de gran hondura y que su fracaso lastima el humor social en una época en que la población vive un drama derivado de factores económicos y de la inseguridad. Por ello la preocupación que genera la gran cantidad de problemas institucionales dentro y fuera de la cancha. La llegada a semifinales en la Copa Libertadores parece ser apenas un espejismo usado hoy como un argumento triunfalista. El pueblo no olvida que en esa fase surgió el verdadero rostro del equipo, aplastado por los cariocas del Flamengo. Por supuesto que queda el orgullo de quedar entre los cuatro mejores del certamen, pero todo lo que ha venido después es deprimente.

Bustos tiene un modesto pasado como jugador en su natal Argentina, Uruguay y Bolivia. La primera vez que dirigió fue en nuestro país, ocurrió en 2009, por el Manta en el que tuvo una discreta campaña. Pasó luego por Deportivo Quito, Imbabura, Técnico Universitario, Macará, Manta otra vez, Liga de Portoviejo y Delfín, equipo con el que fue campeón en 2019. Lo que significa que es un DT de equipos chicos, con planteles limitados. El título con Delfín deslumbró a los dirigentes de Barcelona, que lo ficharon para la temporada 2020. No le fue tan mal, pues ganó el título en una definición por penales venciendo a Liga de Quito en una jornada espléndida del arquero argentino Javier Burrai. Lo celebramos en una columna titulada Barcelona campeón 2020: Casa Blanca ahora es amarilla. Hubo alegría y entusiasmo entre los guayaquileños por todo lo que rodeó a la premiación con el “apagón de la amargura” que quedó en la historia.

Pasado el ímpetu triunfalista los seguidores pensantes empezaron a reflexionar: ¿es el plantel torero lo suficientemente poderoso? ¿Son solventes sus contrataciones? ¿Merecen jugar en un equipo que es pasión pura en un sector mayoritario del país? ¿Es Bustos un técnico preparado para entender esto último? La respuesta inmediata fue casi siempre negativa. El júbilo y el regocijo se fue apagando de a poco. La contratación de foráneos es de una mediocridad agobiante, excepto el arquero Burrai. Escribo este rato para los más veteranos: la mayoría de estos extranjeros no hubieran tenido cupo en los torneos de ascenso en tiempos del viejo estadio Capwell.

Fabián Bustos, entrenador de Barcelona Sporting Club. Foto: API

No hay uno que muestre nivel superior en su juego y algunos muestran rusticidad. Cuando comento esto los amigos más fanáticos me hablan de Damián Díaz. Tuvo buenos ratos en su primera temporada; se marchó al Al Wahda de Emiratos Árabes y regresó el 2016. Desde entonces empezó a padecer lesiones y expulsiones y a jugar a ratos. No es el mismo de sus primeros momentos, su aporte dura 25 o 30 minutos y a veces se muestra displicente, provocando el cambio. Pese a todo esto y a su alto contrato firmó por dos años más. Para entonces habrá cumplido 37 calendarios. En la nómina local solo se salvan Byron Castillo y Mario Pineida, cuya calidad no se discute.

En cualquier lugar del planeta los clubes ídolos están obligados a ser protagonistas. No respetar este principio constituye una afrenta. Convertirlos en equipos que se agazapan atrás buscando un empate, sin tener la menor intención ofensiva es una vergüenza imperdonable. La tendencia se origina en quienes han dirigido equipos chicos; de esos que siempre luchan por no descender o simplemente sobrevivir. Se arremolinan en el arco propio y apenas si apelan a algún contraataque. Eso es hoy Barcelona y lo fue en muchos pasajes del torneo nacional 2020. Bustos traiciona la historia de una divisa que conquistó la idolatría por su fervor inclaudicable y la fiereza para buscar la victoria. Se lo llamó “el derribador de gigantes” y hoy no puede ni con los enanos.

Barcelona: la ilusión frustrada

Julio César Pasquato, brillante pluma de El Gráfico, quien escribía con el seudónimo de Juvenal, escribió algo que debieran leer los dirigentes de Barcelona, Bustos y los jugadores: “Desde que el fútbol existe, ganan los que juegan mejor. Esa es una verdad irrefutable, estadísticamente comprobada en 9 de cada 10 casos. Dejamos el restante para el imperio de lo fortuito, lo sorprendente. Y juegan mejor aquellos equipos que saben controlar la manija técnica y psicológica del partido. Que cuando tienen la pelota la usan con criterio racional, espíritu asociado, riqueza de manejo y claro aprovechamiento de los espacios. Que cuando no la tienen, se agrupan inteligentemente para recuperarla, se protegen mutuamente en su propia mitad del campo y están siempre al acecho de su oportunidad para meter la estocada de la réplica punzante y certera”.

Es una quimera pensar hoy que Bustos pudiera ordenar un equipo así, va contra su ideología en la que predomina el temor y la falta de audacia. Tampoco hay futbolistas capaces. No hay creadores ni punteros para abastecer a dos modestos atacantes. Barcelona no puede contratar jugadores de calidad por la crisis que lo agobia. GolTV no paga, lo cual lo advertimos en varias columnas. Barcelona tampoco hace algo por recobrar los dineros saqueados. Los resultados de la auditoría forense en la que se detalla todo lo que se llevaron y los nombres de los responsables reposan en un cajón del club. ¿Por qué Carlos Alfaro Moreno no revela lo que ocurrió en anteriores administraciones? Sería saludable que lo aclare por su bien y el de Barcelona. (O)