Paciencia de novia: cincuenta y un años esperó la Copa América la aparición de Venezuela. Desde que comenzó en 1916, el aglutinante torneo no albergaba en su seno al seleccionado vinotinto, el Pulgarcito futbolístico de América del Sur. Por fin, en Uruguay 1967 se sumó el décimo hermano de la familia sudamericana. La número cinco tardó décadas en imponerse y desarrollarse en esa tierra bendecida de Caribe. No despertaba la misma pasión que en la vecindad. El béisbol, el básquet, el box estuvieron siempre por encima en la patria de Bolívar. No tuvo Venezuela la afición ni, sobre todo, la tradición de clubes de los demás países, eran más bien licencias que presentaban equipos durante un tiempo y luego desaparecían.

—Había sí un gran entusiasmo por el fútbol extranjero, los grandes equipos internacionales iban a Caracas, donde se disputaba la Pequeña Copa del Mundo. Cuando comenzaron a pasarse los Mundiales por TV se paralizaba el país el mes completo. Al no participar la selección local -y no tener posibilidades de hacerlo- se miraban todos los partidos y se identificaban con las otras selecciones-, explica Edgardo Broner, brillante periodista argentino-venezolano que siguió a todas partes a la Vinotinto y acompañó su crecimiento.

Y en cierto modo entró de casualidad en aquella Copa de 1967 pues fue justo la única edición de la historia que no se hizo por invitación, se obligó a jugar una eliminatoria previa. Chile-Colombia, Paraguay-Ecuador y Venezuela-Perú debían enfrentarse para determinar quién entraba y quién no. Fueron choques a partido y revancha. Chile y Paraguay pasaron el corte en la cancha, ganando, pero Venezuela logró un lugar por retiro de Perú, que desistió de participar. Menos mal, le hubiese costado vencer a los peruanos, que atravesaban un momento estelar de su fútbol, con muchos buenos jugadores, como lo demostrarían un par de años después clasificando brillantemente al Mundial de México ‘70.

La novel representación venezolana se tomó en serio su debut copero. Rafael Franco, técnico argentino considerado un maestro en el ambiente del fútbol venezolano, viajó al frente del equipo. El profesor Andrés Parodi, reputado preparador físico y entrenador chileno, estuvo a cargo de la parte atlética. La delegación llegó al país de Obdulio Varela muy trajeada, vistiendo un terno color rojo a cuadros con rayitas negras, pantalón negro, camisa blanca y corbata. Llamaron la atención en su arribo a la terminal de ómnibus.

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—Empezamos mal: al vernos de traje y corbata nos preguntaron si éramos músicos. A Franco lo abordaron unos periodistas y dijo que íbamos a aprender. Le contestaron que para eso se iba a la escuela.

La graciosa evocación proviene de Rafa Santana, canario de Las Palmas que llegó a Caracas a los doce años y es tan venezolano como el joropo. Rafa fue la revelación del equipo en el campeonato, pues marcó tres goles, uno a Argentina en el estreno, otro a Bolivia y por último a Paraguay.

Lo de los trajes generó más de una ocurrencia. Lo cuenta el profesor Parodi en su libro Mis treinta años en el fútbol venezolano.

—Nuestro uniforme de vestir nos destacaba entre las demás delegaciones. Cuando no jugábamos era obligación ir al estadio Centenario a ver los demás partidos con esa vestimenta de gala. Una noche de esas estábamos en las tribunas observando el encuentro entre Bolivia y Paraguay y llegaron los argentinos, que venían también a presenciar los juegos, cuando Roma, arquero de la selección albiceleste, al vernos juntos nos miró atentamente y con sorna nos preguntó: “¿De qué orquesta son ustedes…?” Ganas tuvimos de contestarle una grosería, pero preferimos sonreír, aunque tuvimos una defensora, una muchacha uruguaya que estaba muy cerca de nosotros le ripostó: “No seas grasa, argentino…” Roma quedó mudo y desde el fondo de nuestro corazón agradecimos conmovidos la gentileza de esta joven.

Yeferson Soteldo, talentoso mediocampista venezolano que milita en Santos FC. Foto: AFP.

Rafa Santana también tuvo su pequeña revancha con Roma: le hizo el gol del honor en el 5 a 1 que les propinó Argentina.

-Fue mi primer gol en el torneo y el primero de Venezuela en una Copa América. Roma les dijo de todo a sus defensas, no le gustó nada que un venezolano se lo hiciera. Lo celebré como si hubiésemos ganado un Mundial, porque además le pegué con la de caminar, la zurda. Era una euforia futbolística, sin la intensidad de los millones, el dinero para nosotros no existía, no había premios ni viáticos, sólo la alimentación necesaria y una cama. Pero la chispa del venezolano en las concentraciones es algo increíble. No dejarte dormir, cambiar la pasta de dientes, dejarte afuera… En todo eso éramos los campeones, nadie nos ganaba en humor. Hasta que llegábamos a la cancha…

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La vestimenta siguió generando episodios para los debutantes. En el partido frente a Chile, debido a que los uniformes de ambos equipos eran parecidos -rojo Chile, borravino Venezuela- se hizo un sorteo para decidir quién cambiaba de colores. Perdió Venezuela y se encontraron con que no tenían camisetas alternativas. Era una emergencia; alguien encontró un juego de camisas con botones (antes se usaban mucho entre los equipos rioplatenses). Eran de Peñarol, que hacía de local en sus partidos en el Centenario y vistieron esas. “¡Con ustedes… la Vinotinto…!” Pero salieron los principiantes luciendo los colores negro y oro de los mirasoles.

Después de tres derrotas (frente a Chile, Uruguay y Argentina), Venezuela logró su primer triunfo en la competencia: 3-0 a Bolivia.

—Lo que lamento es hayamos tenido que esperar cuarenta años para ganar otro partido, me parece vergonzoso-, dice Santana, quien dirigiría a la selección en las copas de 1987 y 1995.

En el medio hubo una larga saga de derrotas humillantes, como aquella de 11 a 0 que le propinó Argentina, que además alineó una selección B. “El fútbol venezolano es un chiste malo”, dijo con su acostumbrada crudeza João Saldanha (Juan sin Miedo), periodista famoso y entrenador que armó el equipo de Brasil que luego sería campeón mundial en México ’70 bajo el mando de Mario Zagallo. Al Scracht, con Saldanha en el banco, le había tocado enfrentar en la Eliminatoria de 1969 a la Vinotinto y la derrotó 5-0 en Caracas y 6-0 en Río.

“El fútbol venezolano era como un submarino, nadie lo veía”, dice Richard Páez, el médico que logró la cura. Él fue parte de aquel 0 a 11, pero luego dio vuelta la tortilla siendo técnico: en 2001, la siempre vapuleada Vinotinto pegó un vuelco fenomenal, como si Popeye abriera una lata de espinaca y la tragara de una vez: infló sus bíceps y ganó cuatro encuentros consecutivos en la Eliminatoria. Tumbó en serie a Uruguay, Chile, Perú y Paraguay. Jamás habían soñado con cuatro triunfos al hilo. Ya era otra Vinotinto, menos inocente, más madura y trabajada, con una indiscutible evolución, la que muestra en nuestros días, en que puede vencer a cualquiera.

Venezuela es un cuento con final feliz: ahora también es tierra de fútbol, no sólo de béisbol. La foto que sintetiza todo ese avance la vimos en la final de la Libertadores: es Yeferson Soteldo, un bajito de estatura (1,58) y alto de fútbol que viste la 10 del Santos. El manto sagrado de Pelé ahora lo lleva un venezolano. (O)