Tommy Lasorda fue uno de los mejores y más famosos mánager del béisbol de las Grandes Ligas. Falleció el 7 de enero pasado. Gran parte de su vida estuvo dedicada —alrededor de 71 años— a los Dodgers como pelotero, buscador de talentos, entrenador, asesor y embajador del equipo de Los Ángeles. Fue el conductor de la selección de los Estados Unidos en los juegos Olímpicos de Sídney 2000, donde ganó la única medalla de oro que ostenta su país en ese deporte, al doblegar 4-0 a Cuba, que era favorito. Lasorda recibió dos veces el premio de Mánager del Año de la Liga Nacional; es miembro del Salón de la Fama desde 1997.

Como lanzador jugó solo tres temporadas. Prefirió dedicarse a la tarea de scout, luego para dirigir equipos de las sucursales de los Dodgers y siempre impulsó a los jóvenes con talento para que lleguen a las Grandes Ligas, razón por la que fue promovido como coach de la tercera base del equipo principal. Luego asumió como timonel en 1976 para sustituir al famoso Walter Alston.
Con los Dodgers ganó la Serie Mundial en 1981 y 1988. En esa última Lasorda tuvo la fortuna de tomar una decisión que por el desenlace produjo uno de los momentos más dramáticos en un primer juego del Clásico de Otoño. El 15 de octubre de 1988 ante los Atléticos de Oakland, en la parte baja del noveno, cuando Los Ángeles perdían 4-3, dispuso enviar como bateador emergente a Kirk Gibson, que tenía un serio problema en su rodilla izquierda. Se iba a enfrentar a Dennis Eckersley, el mejor relevista del momento, que con dos outs tenía a un corredor en la inicial. Pronto Eckersley se puso arriba con dos strikes, muy cerca del ponche. En los siguientes envíos del pícher, Gibson se defendió con dos fouls para seguir con vida y hasta ponerse en 3 y 2. En el siguiente lanzamiento el bateador de los Dodgers engarzó la pelota para elevarla hasta las gradas del jardín derecho. Conectó uno de los jonrones más emotivos en la historia del béisbol. Mientras Gibson recorría las bases casi en una sola pierna en las gradas se vivía una locura. En el home los esperaban sus compañeros y Lasorda, que se la jugó con esa arriesgada decisión.

Por su apoyo a los jóvenes, nueve de sus peloteros ganaron el premio Novato del Año. Lasorda fue el mentor del mexicano Fernando Valenzuela, el lanzador que causó furor en la inmensa colonia de mexicanos que empezaron a llenar el estadio de los Dodgers. Valenzuela puso en boga la denominada Fernandomanía.

“He visto con mis ojos su desempeño maravilloso, como scout o buscador de talentos, luego como coach, como instructor y finalmente como mánager; luego, como ejecutivo, fue por seis meses gerente general de los Dodgers y asesor del presidente de la organización. Tom Lasorda fue un personaje único en Los Ángeles”. “Recuerdo a Tom Lasorda con mucho cariño porque me distinguió con su amistad”, contó emocionado el ecuatoriano Jaime Jarrín, narrador en español de los Dodgers desde 1958.

Según Jarrín, Lasorda fue “un hombre que supo codearse con las más altas figuras políticas del país, amigo de presidentes y de las grandes luminarias de Hollywood, pero también, al mismo tiempo, de las personas más humildes”. Jarrín, en charla con el diario mexicano Milenio, contó: “Se sabía de memoria los nombres de las esposas de los peloteros, y no solo de las esposas, sino de las mamás y de los papás. Lasorda era una persona única en el mundo del béisbol”.

El emblemático mánager se retiró después de 20 temporadas, pero siguió involucrado en otras tareas, como selección de talentos y representante de la organización. Contra las recomendaciones médicas fue al sexto juego de la última Serie Mundial para atestiguar la coronación de los Dodgers ante Rays. Falleció a causa de un paro cardiaco, a los 93 años.

“Tuve el privilegio de estar con él durante seis décadas. Recuerdo que lo conocí en 1958”, contó Jarrín. Nos dijo que Lasorda pidió que cuando muriera “pongan en su epitafio un calendario de juegos para que el visitante se entere a qué hora jugaban sus Dodgers queridos”. Aun en las circunstancias más duras, sentía pasión por sus amados Dodgers. (O)