Pasó de Wuhan a Lombardía, luego a Madrid y ahora es Nueva York el epicentro de la pandemia. Hay miedo y encierro. Desde allí recibimos un WhatsApp de Juan Carlos, viejo amigo rosarino, futbolero a morir, aunque hincha moderado de Central, exchofer de El Gráfico que nos transportaba a las canchas. Siempre llevábamos una credencial de más y lo hacíamos entrar al palco. Ya era parte del equipo. Opinaba bien, sabía del juego. Pasaron cuatro o cinco domingos sin verlo y un día nos llegó una carta “por vía aérea” con una estampilla de la Estatua de la Libertad. Era de Juan Carlos y venía de Nueva York. Claro, con razón no lo veíamos desde un tiempito atrás… Contaba que se había ido a buscar otra vida. Más que contar, preguntaba. La nostalgia… Y, como podía, seguía el fútbol nuestro, a la selección más que nada. Amar de lejos…

Recordamos siempre una llamada suya. Fue el 5 de julio de 1999, estábamos en Asunción cubriendo la Copa América que se desarrollaba en Paraguay. Sonó el teléfono en la habitación del hotel, era él. Nos extrañó. El día anterior Colombia le había ganado a Argentina 3 a 0, lo habíamos presenciado en el estadio de Sportivo Luqueño en la que puede haber sido la tarde más fría de la historia paraguaya. Nos congelamos en un país que suele ser un horno.

—“Estoy desolado, herman”.

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—“¿Qué pasa, Juan Carlos…?”

—“¡Qué partido pierde Argentina, viejo…! No sabés lo que me pasó…”

—“¿Qué…?”

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—“Estaba desesperado por ver el juego y en mi trabajo –hago entregas para una empresa de iluminación y diseño– sucede con frecuencia que te toque un delivery a destiempo, al final de la tarde. Y me tocó. Encima, allá en el Bajo, en la zona de Wall Street, donde el tránsito al atardecer es muy trabado. Por suerte lo hice rápido y encaré el puente de Manhattan rumbo a mi barrio del Queens. Miré el reloj y calculé que tal vez llegaba a tiempo. Sudaba, y no solo por ser verano. ¡¿Cómo me iba a perder ese Argentina-Colombia por la Copa América…?!”

—“¿Lograste verlo?”

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—“Logré. Cuando al fin alcancé la autopista, le di con todo y me tiré de cabeza en la salida de Roosevelt Avenue con un solo pensamiento: me meto en el primer agujero donde den el partido por televisión. Vi uno en el que lo anunciaban en un cartel. Paré y me metí. Resultó ser un nightclub colombiano con media docena de banderas tricolores en la puerta que flameaban alegremente. No me importó. Además, por el reloj quedaban apenas un par de minutos para arrancar”.

—“Bueno, alcanzaste...”

—“Estaba repleto. Como pude, conseguí un lugar en el mostrador de la entrada. El cordial despachante preguntó qué marca de cerveza quería beber. “Por favor, un vaso de vino rojo (no le dije “tinto” porque una vez lo había hecho y me trajeron un café...). Los que compartían la barra giraron la cabeza hacia mí, mi tono no era el de ellos, pero no pude notar sus sorprendidas miradas porque justo apagaron las luces; el árbitro había sonado el silbato en la inmensa pantalla allá en el fondo”.

—“Imagino que estuviste calladito…”

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—“Sí, durante el desarrollo intuí que probablemente estaba solo, porque en el primer ataque argentino a fondo que terminó cerquita del palo, me agarré la cabeza y se me escapó algo como: “¡Pero mirá el gol que erramos...!”. No recibí un solo grito de solidaridad, apenas murmullos y observé en la penumbra docenas de cabezas que giraban buscando al autor de la frase...”

—“Eras muy visitante…”

—“Al rato, de nuevo no pude contenerme y grité: “¡Fue penal…!”. Efectivamente fue penal y ya me miraban torcido. Se prepara para patear un rubio con rulitos que jamás había visto en mi vida, porque ya tengo unos años en Nueva York. Le pega al cartel de Cinzano que estaba diez metros arriba del arco. Yo mudo, absorto. Lo repiten tres veces en la pantalla, escucho disimuladas risas. Está bien, pensé, mala suerte, después de todo Maradona también erró penales...”

—“Una pena, Argentina se podía poner 1-0 arriba”.

—“Claro. Y yo me hubiese agrandado en el nightclub. Al rato, ¡penal para Argentina de nuevo…! Y veo otra vez al rubio acomodar la pelota. Sí, el mismo. Fue cuando me enteré por los locutores que se llama Martín Palermo. Bueno, casi le arranca la cabeza al ovejero alemán sujetado por un sargento de la Policía que estaba pegado al banderín del córner... ¡Por qué no te vas a patear penales a la casa de tu hermana...! Me enloquecí, pero esta vez mi grito de rabia se diluyó entre las carcajadas generales de todo el auditorio. Cuando se calmaron, escuché algunas burlas amables: “Bróder, llámelo a Maradona para que se cambie y vaya al estadio...”, “¿No se anima usted a patear los penales?”, “Qué lindo rematan los argentinos…” y cosas así, bastante delicaditas”.

—“Pudo ser peor...”

—“Totalmente. Observá este detalle, Barrazita, no tutearon al ignoto argentino que había y no puedo decir que fue por mis canas porque todo estaba oscuro, son muy respetuosos los colombianos, ya lo había notado antes. A todo esto, el despachante, con socarrona sonrisa ya me había tirado otro par de “rojos” que no había pedido y que al final me regaló. Entendieron mi bronca con Palermo”.

Nota del autor: con Palermo no había términos medios. Están quienes lo consideran un goleador de raza. Y los que asienten: “Sí, es de raza, pero equina”. Estos portan las pancartas del rechazo estético. Son los puristas del juego, muchos de los cuales van a jugar el sábado a la vuelta de su casa y se revelan como unos pataduras fenomenales. Y no hacen goles. Pero no se ven tan mal a sí mismos. Volvemos a Juan Carlos…

—“El juego era intenso y el partido seguía con Colombia 1-0 arriba, se podía empatar todavía. Pero por alguna razón pintaba para tarde fatal y yo me había empezado a encoger, alcanzaba a verlo apenas entre las cabezas de los parroquianos del mostrador. De pronto escucho el fuerte y autoritario silbato del árbitro: ¡penal para Argentina! No lo podía creer, Dios era argentino… Alcé bruscamente el cogote y por más que miraba y miraba, no entendía: ¡otra vez el grandote rubio de rulitos acomodaba la pelota!”

—“Sí, un poco insólito, pero fijate que ningún otro jugador argentino se animó a patearlo, nadie se ofreció, lo dejaron solo y él tuvo, al menos, la valentía de poner la pelota en el redondel y enfrentar el cadalso si lo erraba por tercera vez”.

—“No quise ver. Pregunté dónde estaba el baño. Al fondo, a la izquierda. Cuando terminé de orinar, el estruendo de carcajadas que escuché casi tumba el mingitorio. Y supongo que doscientas cabezas habrán girado hacia atrás buscándome, como en el resto del partido. Pero de eso no me enteré: ya había destrabado una ventana que da a la calle 52 y por ahí salí maldiciendo rumbo a mi camioneta. Después me enteré de que al final perdimos 3-0 y que lo de Palermo había sido récord mundial: tres penales fallados en un partido de Copa América”.

Se agarró los pantalones hacia arriba en un gesto desesperado, miró al cielo, cerró los ojos y dio un grito desgarrador, como un aullido. Los fotógrafos se hicieron un festín: era Martín Palermo después de fallar su tercera ejecución consecutiva frente a Colombia en la Copa América de 1999.

No queríamos estar en su piel. Tampoco en aquel nightclub de Nueva York. (O)