“Álex Aguinaga era un completo desconocido en este país, llegó al aeropuerto de la Ciudad de México. Le dio la bienvenida José de Jesús Pérez Ávalos, funcionario del Necaxa. Ahí mismo le pidió que firmara su contrato”, contaba la periodista mexicana Fabiola Zamorán.

“No puedo firmar eso porque aquí dice Necaxa y yo vengo al América”, replicó el ecuatoriano. “No, vienes al Necaxa”. “No, yo voy al América”.

“Era una confusión, total”, recordaba Pérez Ávalos años después. “Pero lo convencimos y siguió mucho tiempo con nosotros”. Deliciosa anécdota, y bien narrada por Fabiola, quien agregaba: “Y no solo se quedó, se convirtió en un símbolo del equipo más ganador de la década del 90”.

“Efectivamente, cuando Álex Aguinaga abordó a los 21 años el vuelo rumbo a la Ciudad de México, lo hizo como refuerzo del América, uno de los dos equipos más importantes de la liga azteca, pero apenas llegó al aeropuerto Benito Juárez fue informado de que en realidad jugaría con el modesto Necaxa, equipo hermano”, recuerda el periodista chileno-mexicano Jorge Witker.

Publicidad

Aquel cambio de último momento no le impidió al astro ecuatoriano erigirse en el mejor extranjero de la liga mexicana, convirtiéndose en emblema y motor del Necaxa, que gracias a su calidad se ganó la etiqueta de equipo de la década. El debut no pudo ser más premonitorio: Necaxa, de visita, le ganó a Tecos de Guadalajara en el estadio de Zapopan con gol del nacido en Ibarra. Sería la primera de tantas alegrías.

La Corporación Televisa, del hombre más rico de México, Emilio Azcárraga, era propietaria de ambos clubes, y cuando Álex se transformó en una superfigura, los directivos decidieron revisar aquella decisión y traspasar al volante todoterreno ecuatoriano al América, la nave insignia del grupo, que también tenía al Atlante entre sus activos. Ahí chocaron contra un muro infranqueable: Ernesto Zedillo Ponce de León, el presidente de la nación.

“Puedes llevarte a cualquiera, menos a Aguinaga, él no sale del equipo”, le expresó-ordenó el mandatario a Alejandro Burillo Azcárraga, por ese entonces encargado del Comité de Fútbol de Televisa, cuando el Necaxa estaba de visita protocolar en la residencia presidencial de Los Pinos tras haber sido campeón. Zedillo era seguidor del Necaxa; Burillo aceptó la “sugerencia”.

Como Alberto Spencer

Embajador es la palabra. Aquellos que, en el extranjero, exceden al eximio deportista, triunfan y se convierten en representantes del país por la respetabilidad de sus carreras y su don de gentes; en personas que trascienden a su propia actividad. Lo fue Alberto Spencer Herrera, a tal punto de ser designado para un cargo diplomático en Uruguay, lo es Álex Aguinaga por su excepcional trayectoria y comportamiento en México, al grado de ser considerado uno de los cinco mejores futbolistas foráneos llegados al país azteca, al que fueron miles, pues siempre fue un mercado fuerte e importador.

“Tuve la fortuna de ver jugar en México a Álex Aguinaga en once de sus catorce triunfales temporadas y de observar, en vivo y en directo, la coronación en tres de las seis finales que jugó con el Necaxa por la liga azteca”, refiere Ricardo Vasconcellos Figueroa, editor de Deportes de EL UNIVERSO, quien estudiaba en México en esos años. “Esa condición de testigo privilegiado de la carrera de Aguinaga me sirvió para dimensionar el tremendo impacto que generó dentro y fuera de las canchas. De la infinidad de elogios que recibió del periodismo mexicano me parece que el más ajustado a la realidad es el que formuló un comentarista de Televisa: “Aguinaga es el más perfecto ejemplo de la palabra profesionalismo”, agrega Vasconcellos.

No es casual que los dos jugadores más centrados, los de mejor cabeza sean las cumbres del fútbol ecuatoriano: Spencer y Álex. Grandes dentro y fuera del rectángulo. Talento y personalidad sobre el césped, conducta, cuidado, seriedad en el asfalto de la vida privada. Cultores del entrenamiento invisible. Es lo que les permitió cumplir prolongadísimas carreras, siempre en el alto nivel. Ambos se retiraron siendo campeones nacionales, Spencer en Barcelona, Aguinaga en Liga de Quito. Tampoco es casual que quien debutó en primera división con 16 años, se retirara veintidós temporadas después jugando 52 partidos en el año. En la alta competencia es preciso mantener un estado atlético excepcional para tal proeza.

Publicidad

Rara vez un mal partido

La misma abrumadora claridad para pensar y declarar ante los micrófonos la tuvo con pantalones cortos. Fue un 10 clásico con la pelota, en situación ofensiva, estratega clarividente y técnico, cercano al gol por preparación o concreción. “Hizo 84 goles; y rara vez fueron goles feos. Eran de gran factura, algunos acrobáticos, otros con un toquecito”, vuelve Vasconcellos. “Por él me hice hincha furioso del Necaxa y puedo decir que, en el tiempo que lo vi, rara vez tuvo un mal partido. Además, debe haber sido insoportable para los rivales porque marcando era un perro de presa. Creo, y lo creía en ese momento, que el Necaxa de 1993 jugaba a un nivel como para ser finalista de la Libertadores. Los dirigía Saporiti y eran un show. Y el crack que los guiaba era Aguinaga”.

Sí, extrañamente, reunió dos facetas que parecen incompatibles y casi nunca se juntan en el fútbol: la creatividad y la lucha. En él cohabitaron armónicamente. Álex Aguinaga subía el campo elaborando como un diez y volvía marcando como un ocho, para terminar guerreando como un cinco. Dejaba la sangre sobre el pasto. Y lo hizo en el máximo estrato durante 22 años de carrera.

El 12 de junio del 2003, catorce años después de su llegada, el club rojiblanco anunció el adiós de Álex. Había llegado por 250 000 dólares. Nunca un fichaje resultó tan redituable: tres campeonatos de primera división, tres subcampeonatos, una Copa México, un Torneo de Campeones, la Copa y Recopa de la Concacaf, cientos de goles servidos en bandeja y la desbordante inteligencia siempre en beneficio del equipo. Toda la época gloriosa del Necaxa coincide con la estadía de Aguinaga. Los Rayos nunca iluminaron tanto ni metieron tanto miedo.

Sabia veteranía

También como Spencer se radicó en la tierra de sus triunfos, México, donde nacieron y crecieron sus hijos. Pero no ha sido todo México. Su gloria se ensancha con los inicios precoces en el Deportivo Quito, ahí era carita de niño y fútbol de grande, todo gambeta y atrevimiento, y al dejar las tablas en Liga, ya con sabia veteranía. Pero, sobre todo, hizo historia con la Selección ecuatoriana. Ocho copas América disputadas (récord compartido con el puntero uruguayo Ángel Romano), cinco Eliminatorias y un Mundial, la gema que coronó la obra del artista de la pelota. Ahora que la Copa América se disputará cada cuatro años, nadie podrá alcanzar el logro de ocho copas.

Copa América de 1989

Ya había descollado ampliamente en los Sudamericanos Ssub-17 y Sub-20, pero fue en la Copa América de Brasil 1989 en la que encandiló a público y prensa. Sorprendiendo a todos los observadores, el Ecuador de Dusan Draskovic se estrenó venciendo al fuerte Uruguay del Maestro Tabárez. Una Celeste plagada de estrellas: De León, Ostolaza, Alzamendi, Francescoli, Rubén Paz, Rubén Sosa, el Patito Aguilera, Bengoechea, Manteca Martínez… Casi todos triunfadores en Europa, pero del que habló el continente esa noche fue de un chico rubio de 20 años de los registros del Deportivo Quito.

El jefe de Deportes del diario El País de Montevideo, Jorge Crosa, pese a dedicarse preferentemente a su selección, se llenó los ojos del ibarreño y le dedicó un recuadro titulado “Debutó en Goiania un muy buen espectáculo: Aguinaga’s Show”. Y en el texto amplía: “El mozo (el joven) rompió todos los relojes. Volante creativo, vivo, despierto. Jugó para el equipo y se dio el lujo de hacer un par de sombreritos. Imparable”. Esa actuación le valió el pase a México. En el palco del estadio, un enjambre de cazatalentos estudiaba cómo bajar primero al camarín para hablar con el muchacho de la camiseta número 8.

Uruguay es como una palabra mágica en la ruta de Aguinaga, un cartel que aparece y le dice: “SIGA ESTA FLECHA”. Nadie olvidará el partido definitorio ante los charrúas en la Eliminatoria para Corea y Japón 2002. Perdía Ecuador en el Atahualpa y parecía que se escapaba el sueño de una vida. En el segundo tiempo, el Güero ingresó al minuto 57 por Cléber Chalá para dar claridad al ataque. Acierto de Bolillo Gómez. Catorce minutos después, un centro, en realidad un pase a la cabeza de Álex para Jaime Iván Kaviedes lo convirtió en gol Iván y se cristalizó el sueño de décadas de todo un país: llegar a un Mundial. Fue la tarde en el Atahualpa, y en las calles de todo el Ecuador, cuando resonó el ya histórico “Sí se puede”, luego imitado por parcialidades en otros países. El día más glorioso del fútbol ecuatoriano hasta hoy.

Entre 1996 y 1997, en el esplendor de su sabiduría futbolística, coincidente con su momento más brillante en Necaxa, disputó la clasificatoria para el Mundial de Francia. Por primera vez se jugaba con el sistema de todos contra todos, parecía más difícil que nunca para la Tricolor. Contra los pronósticos, Ecuador cumplió un excelente papel bajo la guía caballeresca de Francisco Maturana, amante del buen fútbol. Hasta la última fecha tuvo chances reales de lograr un cupo. Y Álex redondeó una competición brillante: marcó 6 goles y fue el único que disputó los 16 partidos. Él más que nadie merecía conocer la torre Eiffel. Subcampeones… ¡Qué palabra…! Puede servir para alabar o para condenar. Dos veces había pegado en el palo con Deportivo Quito y se le negó el título. Una en 1985, la otra en 1989, cuando el club azulgrana debió clasificar la disputa del título y en una medida tan insólita como bochornosa, se hizo disputar de nuevo, completo, el partido que iba ganando a Barcelona y se interrumpió por invasión de público faltando apenas tres minutos. El partido se repitió íntegramente y Barcelona dio la vuelta olímpica. Esa frustración se la quitó de encima en el 2005, al retirarse campeón con Liga de Quito. Una foja inmaculada de un jugador de los que llenan una época.

El hoy comentarista de Fox Sports, Aguinaga, vive el retiro de los héroes. Puede contemplar con orgullo el pasado. Fue un crack, un señor. Y dejó todo en el momento justo. (D)

*Nota extraída del libro del Bichito del Fútbol.