Jorge Barraza | Gullit: Sí es posible jugar bonito y ganar

20 de Enero, 2019 - 00h00
20 Ene 2019
Ruud Gullit 19-01-2019
Ruud Gullit 19-01-2019
Ruud Gullit. Archivo
20 de Enero, 2019
20 Ene 2019

“No puede haber indicios de paridad entre el técnico y un jugador. La jerarquía que los divide debe mantenerse a toda costa. Ni siquiera pueden ser amigos ni hacerse visitas en casa”, afirma Ruud Gullit en su notable caudal de reflexiones y recuerdos que es Cómo leer el fútbol, su libro que vale por todas sus horas como comentarista televisivo. Porque es la ventaja inalcanzable del papel: en él se vuelca el summum del pensamiento, las ideas prolijamente esmeriladas. Es la compilación de lo que un grande del juego opina sobre la actividad.

No resulta curioso que el holandés diga: “Donde más aprendí fue en el Feyenoord, al comienzo de mi carrera, a las órdenes de Cruyff”. Johan era genial viendo y transmitiendo el juego. Curioso es que no era el DT sino su compañero, pero mandaba mucho más que el entrenador. Es llamativo que Gullit, en más de 300 páginas, no hace ninguna alabanza en particular de Arrigo Sacchi, el famoso orientador del Milan multicampeón y su jefe por varios años. Sí se permitió una pequeña crítica: “Sacchi siempre insistía en mantener las conversaciones en su oficina. Yo era partidario de hablar en el campo, cuando el momento seguía fresco en la memoria y todos podíamos visualizar la situación a la que se refería”.

En cambio, le agradece al sueco Sven-Göran Eriksson, a quien tuvo en su paso por la Sampdoria, que duró solo dos años, pero donde marcó muchos goles y fueron campeones de la Copa Italia. “Donde más disfruté como jugador fue en Génova. Ahí desarrollé todo mi potencial. Quería ocupar una posición totalmente libre en la delantera y Erikssen me lo permitió. Jugué al lado de Roberto Mancini y marqué 16 goles en 31 partidos. En el Milan había hecho 9”. Pero reconoce: “Sin embargo, nada es comparable a la actitud ganadora y la profesionalidad que mostraban en el Milan”.

Hacia el final de su carrera, el presidente del Chelsea le ofreció el cargo de técnico mientras aún era futbolista activo, algo que en el pasado era bastante frecuente. Pipo Rossi, Juan Eduardo Hohberg, Juan Ramón Verón y tantos ejercieron la doble función. Los periodistas colombianos recuerdan con sonrisas los tiempos de Verón en la doble función en el Junior de Barranquilla. “De entrada no se ponía, pero si la cosa venía mal, en el segundo tiempo sacaba un delantero y entraba él. Y lo increíble es que hacía el gol del triunfo o algo positivo”, cuentan.

Gullit dice que dudó al principio en aceptar la propuesta. Al final dio el sí. Aunque no lo aconseja. “Ser entrenador y jugador al mismo tiempo es casi imposible. Tienes que dividir tu atención y acabas haciendo todo al cincuenta por ciento. No se puede dirigir un club importante y jugar todos los partidos, es engañarse a uno mismo. Cuando tomé el timón del Chelsea ni siquiera había hecho un curso para juveniles. Tuve que tirar de mi experiencia con Sacchi, Capello, Erikssen y Rinus Michels. Pero tan mal no debí hacerlo, pues ese año ganamos la Copa de Inglaterra”. Fue en 1997. Veintitrés años después tal dualidad es impensable.

De esa Copa recuerda una situación muy tensa tras el primer tiempo ante el Liverpool, que iban perdiendo 2-0. “Abundan las historias legendarias de entrenadores cabreados que dan patadas a las puertas, rompen mesas por la mitad, lanzan tazas de café al aire y todas esas bobadas para despertar a los jugadores de su letargo. Los entrenadores gruñones resultan un poco cómicos. Hay que tener cuidado con lo que se hace durante el descanso. Esa vez del Liverpool habíamos jugado como aficionados. Me senté y me puse a leer el periódico. Veía por el rabillo del ojo que los jugadores no sabían adónde mirar, había un silencio sepulcral. Ni los miré. Justo antes de comenzar el segundo tiempo hice un pequeño cambio táctico y les dije con calma: “Tienen 45 minutos para recomponer esta actuación vergonzosa”. El truco funcionó. Abrumamos al Liverpool y ganamos 4-2. Y al final fuimos campeones de la Copa”.

El fornido y polifuncional jugador holandés le adjudica a Pep Guardiola el deslumbramiento que el fútbol vivió en este comienzo de siglo: el tiqui taca. “Él lo inventó. En realidad lo que hizo fue pulir el juego que introdujo Cruyff. Y lo perfeccionó. El tiqui taca se basa en tríos. Se podría decir que es una versión mejorada de la escuela holandesa”. La de Rinus Michels. “Guardiola le aportó una dimensión adicional, sobre todo al aprovechar las cualidades excepcionales de jóvenes canteranos como Messi, Xavi, Iniesta y Busquets. A todo el mundo le gusta ver el tiqui taca, pero pocos pueden jugarlo, y desde luego no como Barça, que no tiene rival en el mundo. Para ello se requiere ser competente técnica y tácticamente, hábil en espacios reducidos, capaz de iniciar una carrera o una combinación bajo presión, cambiar el ritmo de juego con rapidez”. Lo que Guardiola le agregó, dice, es la velocidad de recuperación de balón. “Todo el tiqui taca se basa en la posesión. Cuando el rival obtiene el balón, depende de los jugadores técnicos y ofensivos recuperarlo. Pero como estos son vagos por naturaleza, Guardiola introdujo su regla de los seis segundos: el equipo entero persigue al contrario durante seis segundos. La idea es que, con semejante despliegue, a todo jugador, por bueno que sea, le cuesta conservar la pelota o decidir dónde pasarla bajo tanta presión. Por eso, en nueve de cada diez situaciones, recuperaba la pelota al instante. Y en la que fallaba, el equipo completo se retrasaba treinta metros”.

En su libro no podía faltar la mención a Mourinho. Le dedica varias páginas. “No conozco a Mourinho en persona, pero tengo una relación de amor-odio con él. Lo admiro por todos los trofeos que ha ganado, impresionantes logros. Sin embargo, dadas las cualidades de los jugadores que ha tenido siempre, debería haber conseguido mucho más. A todos sus equipos les ha faltado ese toque adicional de clase que los habría tornado más atractivos. Él mismo ha dicho: ‘¿Quieres ganar o jugar bonito?’ Para él debe ser una cosa o la otra, como si no hubiera manera de combinar las dos”. Yo he jugado entre las más grandes estrellas en el fútbol italiano, que era muy duro, y donde la defensa es fundamental, sin embargo con el Milan le dimos la vuelta y logramos resultados con un fútbol agradable”.

Por último, confiesa que siendo DT del Chelsea lo llamaban a toda hora del día para ofrecerle jugadores. Que todos estaban con ciertos intermediarios y que eran jugadores que no necesitaba. Lo ametrallaron para fichar a un tal Sutton; él se negó una y otra vez. “Apenas me despidieron a mí, ficharon a Sutton… Cuando un club empieza a contratar jugadores que no aportan nada al equipo, algo está claro: en ese barco hay más de un capitán, y todos quieren su parte del pastel”. (O)

Es llamativo que Gullit, en más de 300 páginas, no hace ninguna alabanza en particular de Arrigo Sacchi, el famoso orientador del Milan multicampeón y su jefe por varios años.

Jorge Barraza | Gullit: Sí es posible jugar bonito y ganar
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2019-01-20T13:07:20-05:00
El fornido y polifuncional jugador holandés le adjudica a Pep Guardiola el deslumbramiento que el fútbol vivió en este comienzo de siglo: el tiqui taca.
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