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Jorge Barraza: Argentina 1978: leyenda y realidad del 6-0 a Perú (II)

Si dudaban del arquero Quiroga, ¿por qué volvieron a ponerlo de titular en el Mundial 1982…?

Leopoldo Jacinto Luque, de palomita, vence a Perú, mientras Héctor Chumpitaz (d) pide fuera de lugar. Era el 4-0 de Argentina, el 21 de junio de 1978. Foto: redaccion

Desde hace 40 años, cada tanto, se revuelve el tema del Mundial 1978 y del 6-0 de Argentina a Perú al que cierta leyenda califica de arreglo de los militares argentinos. Hay periodistas que han investigado con ansias, se han escrito libros, jamás encontraron una prueba ni una versión consistente de que el partido estuviera comprado. El comentario recurrente es “hubo cosas raras”; ningún testimonio serio. Se aferran a una idea, a un deseo. Si un exjugador peruano saliera al ruedo y diera detalles concretos como “nos vendimos, nos dieron tal cosa, vino fulano, se arregló así…”, no habría cómo probarlo, aunque sí daría para pensarlo seriamente.

Lo demás parece un intento tras otro de quitarse el viscoso traje del bochorno. Se ha hablado incluso de pactos entre gobiernos, de embarques de trigo y créditos no retornables de Argentina al Perú a cambio de la goleada. Pero, Brasil-Polonia y Argentina-Perú se jugaron el mismo día con 40 minutos de diferencia. Recién cuando finalizó Brasil, que ganó 3-1, Argentina supo que debía ganar por cuatro goles para llegar a la final. Ya los jugadores estaban en el vestuario, cambiados para salir al campo. Ni tiempo había de componendas.

“Acomodaron el partido de Argentina después del de Brasil para jugar sabiendo el resultado”, dicen algunos denunciantes. Un disparate, no hubo ningún cambio de fechas ni de horarios. El calendario se determinó meses antes, el día del sorteo, cuando no se sabía quiénes pasarían de ronda y cómo serían los cruces. No había nombres propios, todo era “primero del A, segundo del B…”.

Un extraordinario jugador peruano de aquel equipo, dilecto amigo con quien hemos hablado varias veces del tema y pide no identificarse, me confesó hace años: “¿La verdad…? No hubo nada extraño: nos arrollaron. Fue solo un partido de fútbol, no pasó nada, nadie nos amenazó ni nos ofreció algo por perder. También se habla de que tuvimos una reunión en el vestuario para pedirle a Marcos Calderón que no alineara a Quiroga por ser argentino. No es cierto, yo estuve ahí y no supe de ninguna reunión”.

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Lo inexplicable es: si dudaban del arquero Quiroga por ser argentino y porque se jugaba en Argentina, ¿para qué lo llevaron…? Y si pensaban que se vendió, ¿por qué volvieron a ponerlo de titular otra vez en el Mundial 1982…? José Velásquez, centrocampista de aquel Perú, declaró que Quiroga fue a menos en 1978, pero volvió a jugar con él en España 1982. ¿Por qué no lo denunció ahí? La gente que no es del fútbol imagina fantasías; siempre pensamos lo mismo: ¿quién entra a un vestuario y dice: “Muchachos, hoy hay que ir para atrás”…?

También se dijo, por años, que Johan Cruyff no fue al Mundial en repudio a la dictadura militar. Luego se supo la verdad: fue un tema estrictamente familiar, de pareja; su esposa Danny le reprochó que estaría dos meses fuera luego de una temporada extenuante y quedaría sola con sus tres hijos tras sufrir un episodio de inseguridad en su casa de Barcelona. En Alemania 1974 no hubo problemas porque Michels permitió que los holandeses concentraran con sus esposas. Pero en 1978 dirigía el austriaco Ernst Happel, y Argentina quedaba al final del mapa.

‘No son para videla’

“Mis goles son para Argentina, no para Videla”, declaró Mario Kempes al llegar a Buenos Aires para disputar el Mundial, poniendo distancia con la Junta Militar. En su libro autobiográfico El Matador, Kempes desmiente cualquier arreglo y se indigna con las voces que se alzan para dudar de la victoria argentina: “Todo esto se lo dije en la cara a Oblitas, uno de los titulares de Perú, el día que compartimos un programa de TV en Lima. Veinte años después, Oblitas aprovechó las cámaras encendidas –se ve que necesitaba algo de prensa– para tirarnos dardos, limpiar la imagen peruana y acusar de todos los pecados del mundo a los argentinos. ¡Me le tiré a la yugular! Le exigí que dejara de hablar tonterías y que, si tenía pruebas, las presentara. Como no las tenía, optó por callarse”.

Otro de los argumentos de Velásquez es que Marcos Calderón, el técnico incaico de 1978, alineó a algunos jugadores habitualmente suplentes, como Rodulfo Manzo, Roberto Rojas y, en el segundo tiempo, a Raúl Gorriti. Es normal, todos los DT del mundo lo hacen en la última jornada cuando ya están eliminados. Le dan un partido o algunos minutos a quienes han sido parte del proceso durante tiempo para que no se vayan sin jugar un Mundial.

Ramón Quiroga, arquero argentino que actuó para Perú en ese partido, reconoció en una extensa nota con el diario La Nación, en 1998, las diferencias que había entre los jugadores peruanos: “Estábamos todos peleados, los de Cristal por un lado, los de Alianza por el otro. Nosotros éramos los blanquitos, ellos los negros”. También dice: “Yo no agarré guita”. Asimismo, en las permanentes ambigüedades en que incurre en la entrevista, es otro de los que desliza “vimos cosas raras”, pero no aclara cuáles. Lo curioso es que todos denuncian una vendida, pero nadie admite haberse vendido. Por último, en el mismo tono coloquial de toda la nota, culmina: “Hermano, no quiero quitarles mérito a Menotti ni a los jugadores. Argentina ganó bien ese Mundial”.

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Lo verdaderamente llamativo fue que César Luis Menotti, autoproclamado militante izquierdista, fuera el jefe deportivo de ese proceso mientras el Mundial estaba a cargo de la ultraderechista Junta Militar. Pero era entendible, hacía un trabajo profesional y veía la oportunidad de consagrarse internacionalmente. Pero cuatro años más tarde los militares continuaban en el poder y Menotti siguió en el cargo hasta España 1982. El técnico tuvo algunas elecciones discutidas. Aquella selección tenía grandes jugadores: Fillol, Passarella, Tarantini, Ardiles, Kempes, Bertoni, Houseman… No obstante de haber incluido a Maradona y a Bochini, que estaban en un momento extraordinario, tal vez el equipo hubiera alcanzado un brillo muy superior y nadie hubiese hablado del 6-0.

Porque Menotti proclamaba y defendía un fútbol vistoso, de posesión y buen trato de balón, pero Argentina jugó a lo que los rivales le permitieron y ganó el campeonato por coraje, por lucha, por preparación física, por mentalidad. El público y el periodismo adoran las teorías conspirativas, y mucha gente pagaría por poder confirmar que el 6-0 fue un arreglo.

Pero ese título se ganó deportivamente. Argentina lo logró con un argumento indiscutible: fue el mejor de los dieciséis. Hubo justicia. (D)

8
Goles de diferencia
Argentina pasó a la final al ganar su llave de semifinales con 5 puntos más 8. Brasil fue segundo, con 5 unidades más 5 y jugó por el tercer puesto. Polonia, 2 unidades; Perú, 0.

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