Mario Canessa: Roger Federer, gloria in excelsis

Sábado, 3 de Febrero, 2018 - 00h07
3 Feb 2018
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3 Feb 2018

Jugar tenis parece sencillo, pero puedo confesarles que es un deporte que exige mucho esfuerzo. Reúne todas las ventajas y desventajas de ser una disciplina individual, por lo que siendo así, obliga a cumplir un entramado en el que sobresalen constancia, evolución técnica y fortaleza mental. Cuando se consigue amalgamar esos estados, entonces se puede considerar que el nivel tenístico ascienda al escenario competitivo al que se encuentra sometido cada cual; sea este nivel de simple aficionado o profesional. En estos tiempos el tenis ha cambiado mucho por razones como la tecnología, que ha permitido que nos olvidemos de las tradicionales raquetas de madera, las cuerdas de tripa de gato, la prensa para evitar que el marco de la cabeza sufra desniveles, las canchas en los diversos tipos de superficies, zapatos, pelotas, y hasta olvidarnos por qué lo llamábamos deporte blanco.

Muy lejos están los tiempos en que el estilo era la carta de presentación de jugar bien y elegante, con armonía en el desplazamiento, saber golpear con la pierna cruzada para buscar el perfil adecuado, tanto para el forehand como para el backhand; y el swing, para que la raqueta supere el hombro opuesto y el desplazamiento, dejando el surco en la arcilla para encontrar no solo el tiempo y el espacio del golpe, sino como etiqueta de ser un tenista fiel al estilo que exigía aquella época romántica. En nuestro medio quién no recuerda las exigencias de Ricardo Lucero, Jorge Borbor, Carita Borja, para que sus alumnos repitan sobre la tradicional pared hasta que el golpe adquiriera el estilo que exigía ese fascinante y vistoso tenis. Hoy las épocas han cambiado y el tenis encontró en el pragmatismo, la potencia y la preparación física los principales argumentos. Las voluntades lúdicas han sido sustituidas por la alta presión que exigen los rankings, la cantidad de torneos, los auspiciantes y los millones de dólares que premian a los que entendiendo las nuevas reglas se someten a ellas.

Cuántas dudas nos ha creado –cada vez que asistimos a ver un partido de tenis– darnos cuenta de que los radares láser marcan las millas que tiene el golpe, o que la cancha está repleta de sensores, que la fuerza del saque y el número de ases encuentra cada vez más seguidores y aplausos. O que los rallies (la frecuencia de golpes entre los tenistas para ganar el punto) en las jugadas son cada vez más escasos. Esa es la realidad y hay que reconocer que el tenis, sin ser tan estético, sigue gozando de una aceptación inmensa. En general, la vida es así; se actualiza el refrán de que “todo tiempo pasado fue mejor”, porque es lógico que los remakes, la nostalgia, o la idealización de lo vivido, nos aleja de los gustos de la época en que vivimos. Pero Roger Federer se ha encargado de transportarnos desde el baúl de los recuerdos hasta la modernidad. Sus actuaciones lo han convertido en una leyenda viviente que no siente los llamados del final; hace pocos días, al ganar el Grand Slam de Australia, el australiano Rod Laver, la legendaria figura del tenis mundial, declaró: “Para mí, Federer es el mejor de la historia. Él gana en todas las superficies, ha logrado ganar 20 títulos de Grand Slam, y sobre todo superó la prueba del paso del tiempo y eso es fundamental”. Para que lo dijera Laver es porque es así. Y Federer se lo contesta con elegancia, tal cual juega: “La edad no es un problema en sí mismo; tengo momentos excitantes por vivir”.

Es la reencarnación del tenis romántico. Federer reivindica a las raíces del tenis y las adapta a las exigencias del presente. Nos hace ver que la potencia y la fuerza pueden ser aliadas a la estética, que la inteligencia y la táctica todavía tienen espacio al diseñar y al jugar un partido. Hace aproximadamente dos años muchos pensábamos que era hora de que Federer se despida con todos los honores y él tuvo la capacidad de reinventarse, de mantener esa mentalidad superior. Supo, a su edad, guardar su físico y mantener vigente su técnica depurada. Como buen suizo, Federer ha sabido administrar el paso inexorable del tiempo para que su daño no se note en sus más de 20 años de carrera. La gloria de Roger Federer no se sustenta en las estadísticas –que de por sí son impresionantes–, y para alcanzarla ha necesitado de una gran cantidad de virtudes que alguna vez su rival directo, el español Rafael Nadal, las supo describir: “Federer tiene un servicio perfecto, una volea perfecta, un golpe de derecha más que perfecto, un revés perfecto. Es muy rápido. Todo es perfecto en él”.

En Federer encontramos lo que muchos libros de tenis han tratado de explicar, y que consiste en cómo prepararse, cómo jugar, cómo disfrutar jugando, cómo respetar al rival, y eso explica lo que Federer es en el tenis. Muchos se preguntan: ¿Por qué llora Federer cuando gana un título? Y así contestó: “Hay gente que me dice que lloro mucho después de ganar. Algunos ni siquiera sonríen cuando ganan y otros no dejan de hacerlo durante semanas después de ganar. Yo, en cambio, soy de aquellos que dejan que las lágrimas fluyan porque me acuerdo de aquellos entrenadores que tuve, que me decían que no llegaría a nada en el tenis y casi me convencieron”.

Por fortuna Federer siguió y continuamos disfrutándolo. Algún día ya no estará en las canchas y posiblemente quienes tengamos que dejar salir las lágrimas seremos los que admiramos a esta leyenda. La esplendorosa trayectoria de Roger Federer también nos hace reflexionar que tan solo el profundo respeto por los hechos del ayer nos permite, con nuestra imaginación, volverlos a vivir plenamente. Sin importar la época.

(O)

Algún día Roger Federer ya no estará en las canchas y posiblemente quienes tengamos que dejar salir las lágrimas seremos los que admiramos a esta leyenda.

Mario Canessa: Roger Federer, gloria in excelsis
Fútbol
2018-02-03T12:35:25-05:00
Es la reencarnación del tenis romántico. Reivindica a las raíces del tenis y las adapta a las exigencias del presente. Nos hace ver que la potencia y la fuerza pueden ser aliadas a la estética.
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