La gloria no tiene precio. Tampoco fecha de vencimiento. Lo conquistado es enajenable e inembargable. Los títulos son de la gente, de la tradición, del pueblo que sostiene una divisa. ¡Emelec tricampeón…! La sola enunciación suena a epopeya. Es un logro extraordinario que consagra a esta como la mejor época de su historia. No puede haber dudas. Esta estrella realza a las dos anteriores, las ratifica. La memoria popular, los libros y las hemerotecas recordarán a estos héroes azules que lograron hilvanar tres coronas consecutivas, toda una proeza en un medio tan competitivo y habiendo afrontado una tonelada de partidos entre locales, internacionales y de la Selección, jugando siempre fuera de casa. Esteban Dreer, John Narváez, Gabriel Achilier, Óscar Bagüí, Jorge Guagua, Pedro Quiñónez, Fernando Pinillo, Fernando Giménez, Marcos Mondaini, Ángel Mena, Miler Bolaños, Robert Burbano, Luis Miguel Escalada, Emanuel Herrera han ganado algo más que unos buenos premios: la posteridad.

Es la era dorada emelecsista, con hasta siete jugadores en la selección y otros cuatro que surgieron de sus filas. Y los títulos, ganados en finales nada menos que ante Barcelona y Liga… Y estar presente en todas las copas continentales, pelearlas, y ofrecer siempre un fútbol ofensivo, con goleadores de calidad. Es el tiempo de cosechar aún más hinchas y de fidelizar a los ya existentes.

La final en Quito no entra en ese inventario de grandes partidos. Debe haber sido lo más pobre futbolísticamente de este equipo, pero dispensémoslo por una vez. Permitamos que la hazaña del tricampeonato disimule en esta ocasión el análisis descarnado. No tuvo nunca la pelota Emelec, no supo aguantarla. Cedió toda la iniciativa, que nunca es aconsejable. También es cierto que llegó a La Casa Blanca con una ventaja considerable y era lógico querer cuidarla. Además, se sintió cómodo esperando atrás, Liga no lo apretó como era de suponer. Apenas algunos centros y tiros libres (mal ejecutados estos). Solo un cabezazo de Jonathan Alvez que pudo ser gol y se fue coqueteado al palo. En la suma de las dos finales, Emelec fue claramente superior.

El empate le dio más valor a la consagración. No era lo mismo ser campeón perdiendo o por los penales. Ninguna de esas circunstancias hubiese disminuido el mérito del tricampeonato; sin embargo, haber mantenido la valla invicta en Quito agranda la felicidad, decora mejor la obtención.

Cabe destacar la personalidad de plantel, su unión, la ambición reservada a los grandes, que logran un objetivo y van por otro, la categoría de varios de sus miembros. Ya hemos hablado harto de Bolaños, de Mena, de Dreer, Narváez. Hoy deseamos destacar la figura monumental de Achilier, un león impasable de arriba y con impresionante sentido de la marca por abajo. En alguna oportunidad, analizando a la Selección, nos permitimos dudar de Achilier. Ha tenido una evolución fantástica. Emelec debe blindarlo por cuatro o cinco años. Son jugadores que no tienen reemplazo. Como no lo tendrá Miler. Llegará otro, tal vez muy bueno, pero no será Miler.

Está claro que este tricampeonato nace de la sabia conducción del club. Desde afuera se ve a Emelec como un club ordenado, serio, gestionado empresarialmente sin perder el espíritu deportivo, priorizando siempre darle alegrías a su gente. La historia pondrá a Nassib Neme a la altura de Capwell. Cuando lo eligieron presidente fue la peor noticia para todos los equipos rivales. Es el mejor elogio que se le puede conceder. Y vaya un aplauso para De Felippe, que recibió el equipo con la vara muy alta y logró renovar las aspiraciones.

¡Salud, tricampeón…! Esto ya entró en los anales del fútbol ecuatoriano.