Ante la denuncia presentada por los moradores de la zona Sara Patricia, del recinto Nueva Esperanza, ubicada en el km 19 de la vía a la costa, sobre los desechos tóxicos que se arrojan a una zanja del sector, el Ministerio del Ambiente del Ecuador (MAE) realizó en días pasados un inspección en el lugar y confirmó la presencia del material contaminante.
Según los especialistas del MAE, el material detectado en el lugar es aceite de búnker, que comercializa en la zona el consorcio Armas Cabrera, empresa cuyos ductos de desechos desembocarían en el canal de aguas lluvias.
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La entidad manifestó que una vez que los inspectores comprobaron la existencia del aceite quemado buscaron el origen del derrame y llegaron a las inmediaciones de la mencionada empresa.
Al ingresar a las instalaciones de la compañía, se verificó la existencia de aceite que, según el encargado del sitio, se comercializa como combustible.
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El MAE dice que durante su investigación conoció que el consorcio cuenta con una licencia emitida por el Municipio.
Se buscó la versión de la Municipalidad, pero hasta el cierre de esta edición no hubo un pronunciamiento sobre el tipo de licencia ambiental otorgada a la empresa, y que consta al ingreso de sus instalaciones. Tampoco se permitió el acceso a la empresa para conocer su versión.
Según el escrito, el caso seguirá siendo investigado a partir del informe que presentaron los técnicos, y se señalará el grado de perjuicio ocasionado contra el ambiente y se determinarán los responsables.
Además, definirán las acciones a seguir para remediar el entorno afectado en el kilómetro 19 de la vía a la costa, donde cada vez que llueve el agua de la zanja se desborda con todo el material tóxico que contiene.
Mientras tanto, las cerca de 50 familias que viven en el sector continúan sin soportar lo olores fétidos que emana la zanja y también la empresa.
Los moradores aseguran que cuando se encienden las maquinarias también se propaga un mal olor.
En días pasados, en el lugar se observó que había residuos de cal, que según los habitantes eso servía para ocultar un poco el mal olor y tratar de limpiar el aceite quemado que flota sobre las aguas lluvias.
Verónica Quinde, de 37 años, contó que varios niños del sector sufren de problemas respiratorios y que hay otros vecinos que al bañarse en el estero Salado salen con manchas negras en su piel.