Carlos Álvarez pasaba por una situación económica complicada en el 2000, tras un tropiezo financiero que tuvo con su negocio de importación de productos estadounidenses. Fue cuando decidió emprender en lo que se ha convertido ahora en una conocida marca de hamburguesas llamada El Capi.
“Al principio fue la necesidad de cumplir las responsabilidades que todo hombre tiene. De repente tienes tu familia y tus hijos y con ello la obligación de mantenerlos. Tienes que ver cómo trabajas”, dice.
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Él empezó con una carretilla de hamburguesas de un amigo, en Miraflores. Fue este el negocio que eligieron porque la carretilla era para eso, así de simple. “Yo no decidí hacer hamburguesas, lo decidió la vida”, dice Carlos Álvarez.
Explica que en ese momento no había otra opción. “Lo que hice fue averiguar sobre las hamburguesas. Investigué cómo se hacían y todo sobre este negocio”, expresa.
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Él era el cocinero y su rutina de preparar la carne en la parrilla y hacer las hamburguesas duró alrededor de dos años. “Al principio debes investigar. Tienes que estudiar hasta un poco de química, saber cómo reacciona un producto con otro, cómo puedes hacer que ese producto lo elabores un día y lo vendas después de dos, ese tipo de cosas”, explica Carlos. Ahora él se dedica a estudiar sobre nuevos productos para lanzar, ya no sobre cocina pero está pendiente de sus locales.
Según Carlos, ahora es más difícil que cuando comenzó porque antes todo lo hacía él. “Al principio todo lo haces con tus manos, son tus manos las que dicen hasta aquí llego. Ahora ya es una gran familia de gente de El Capi que depende de la voluntad de todos. Ya no es solo lo que yo quiero hacer”.
Carlos es ingeniero industrial y señala que muchas personas lo aconsejaron al iniciar en el negocio. En el área de la cocina recuerda las recomendaciones de su tío Nelson, quien lo ayudó con la fórmula base de lo que es una hamburguesa y lo que hizo él fue perfeccionarla.
Peleó durante siete años por el nombre comercial y la marca de El Capi. “Aquí es muy complicado legalizar las cosas. Las leyes están dadas así en este país, cualquier persona puede poner una oposición a lo que tú quieres hacer”, dice. El trámite se atrasó y hace apenas un año tienen registrado su nombre.
El Capi se llama así debido a que los amigos de Carlos le decían de esa forma a su papá porque era capitán de la Marina Mercante. “Me pareció que era un nombre corto, fácil de recordar para la gente”, añade Carlos.
Actualmente existen once locales de El Capi en Ecuador. En Samborondón hay tres en diferentes centros comerciales: La Piazza Samborondón, La Piazza Villa Club y La Piazza La Joya.
“Poco a poco nos queríamos ampliar y como Samborondón fue surgiendo mucho vimos la necesidad de estar acá”, señala.
Carlos indica que para iniciar en un negocio lo único que se necesitan son las ganas de trabajar. “Vivir dignamente es fácil, lo único que se tiene que hacer es trabajar, pero no todos estamos dispuestos a hacerlo. Hay muchas cosas que tienes que sacrificar”, expresa.
Recuerda una vez en la que en una reunión familiar no pudo estar presente, pues estaba como a dos cuadras trabajando en su carretilla.
Disfruta de su negocio
“El otro día teníamos una reunión familiar en la que habían hecho mucha comida y un chico me pidió que le preparase unas hamburguesas y cuando las vi le dije prepárame otras que me las llevo a la casa, las llevé y fue lo primero en acabarse”, cuenta Carlos.
Su hamburguesa preferida es la sencilla con queso, aunque cuando tiene ganas de algo diferente disfruta de la hawaiana.
Ahora buscan ampliar su menú. En un mes aproximadamente tendrán en los locales de Samborondón ensaladas, desayuno americano y continental, y postres como negritos y frutillas con helado.
Dicen de él
“Él más que un jefe me ha hecho sentir que esto es realmente una familia. Le aseguro que no hay nadie que trabaje en El Capi que no sienta afecto por él, como un padre”.
Gustavo Blandín
Empleado de El Capi