Con 79 años, hijo de docentes y con 112 libros publicados durante su vida, el escritor Hernán Rodríguez Castelo, quien saboreó también la carrera periodística, tenía previsto recibir anoche un homenaje en vida: el doctorado honoris causa que le entregaría la Universidad Central del Ecuador.

El título, que fue solicitado por la Facultad de Artes de la Universidad y apoyado por la de Comunicación Social, recibió el apoyo unánime del Consejo Académico. La última publicación de Rodríguez Castelo ocurrió el 14 febrero pasado, al celebrarse el bicentenario de la primera Constitución de Ecuador. La dedicó a José Mejía, la gran figura de las cortes de Cádiz.

Hernán, ¿cómo resumiría su trayectoria en la literatura hasta ahora?
Bastante larga. Comencé cuando hacía estudios en España en la Facultad de Teología (historia de las religiones). Escribía artículos en revistas españolas sobre libros y literatura. Hacía guías de lectura. Al regreso a Ecuador me vinculé a diario El Tiempo (1964) y estuve a cargo de la página cultural, además de cubrir la fuente de educación.

Mezcló la literatura y el periodismo.
Hacía una página cultural diaria y ahí comencé la crítica de arte. Fue muy importante porque parecía que había muy poca crítica en el país. Comentaba también sobre el libro de la semana. En El Tiempo creé un espacio denominado Idioma y Estilo que era la Cárcel de Papel, un espacio que consistía en hacer un juicio breve a quienes maltrataban la lengua. Esta cárcel era muy leída y temida, por eso a mí no me entregaban los boletines en los ministerios, yo debía conseguir por otro lado. Pasé también por Teleamazonas, en el noticiario, con comentario cultural. Luego por diario Expreso.

De las dos pasiones que tuvo: el periodismo y la literatura, ¿por qué se quedó con la segunda?
Porque el interés por los libros vino de familia. Mis padres fueron profesores. Yo comencé a escribir cuando estaba en la escuela.

¿Cuál fue su primera publicación?
Mi primer escrito fue Recuerdos de una excursión. Lo conservo como un tesoro. No se publicó, pero lo escribimos a mano: una mi madre, otra mi padre y otra yo. Conservo el escrito de la letra de mi madre. Pero mi primer libro fue Revolución cultural; el segundo, El grillito del trigal (para niños), y comencé la serie de libros.

Las colecciones de Ariel son las más famosas obras de Rodríguez Castelo. ¿Qué ingrediente logró ese efecto?
Tomás Rivas Mariscal (empresario) me planteó la idea de hacer una biblioteca de libros de cultura, literatura, de historia del Ecuador (…). Que salga un libro cada semana; yo le dije que es realizable y así nacieron los clásicos Ariel con un tiraje impresionante en un país donde se hacían tirajes de 400 o 500 y no se vendía nada. Se empezó a hacer 10 mil ejemplares cada semana y se vendían todos. Lo otro fue el precio. Salían a 12 sucres (moneda antes del dólar) y no tenían más de 140 páginas. Todo el país me conoció por Ariel.

¿En su trayectoria debe estar acostumbrado a los reconocimientos?
Bueno, al terminar los 100 números de Ariel el Ministerio de Educación concedió la condecoración, la orden al Mérito de Primera Clase, que es la más alta del país. Fue el primero.

Y ¿qué implica para usted el reconocimiento honoris causa?
No lo esperaba. Es especial, muy especial, porque la Universidad Central, la más importante del país, da muy rara vez un doctorado honoris causa. A mí no me preocupan los reconocimientos, para mí el mayor reconocimiento son los libros. Cada vez que sale uno, sé que ese libro le hablará mucho de mí. La obra queda. Pero claro, un reconocimiento siempre alienta.