Patricia Villarruel
MADRID.- Hay una frase en Betibú (Alfaguara), la última novela de la escritora argentina Claudia Piñeiro, que resuena en la memoria de quienes defienden la buena narrativa en el periodismo y la literatura. "Si querés ser un buen periodista, tenés que leer ficción, pibe, no hubo ni hay ningún gran periodista que no haya sido un buen lector", le advierte Jaime Brena, un profesional cuajado en los avatares del oficio, a un novel comunicador, de esos que acostumbran a callejear incansablemente por Google. De periodismo trata Betibú, una obra que se construye en torno a la investigación de un crimen y que traza el retrato de la sociedad de un país, Argentina. Su autora reconoce que sus textos suman cada vez más lectores en Ecuador. Recibe cartas y correos electrónicos con frecuencia. Todos repletos de halagos. Normal. Piñeiro es un referente indiscutible de la actual literatura latinoamericana.
¿Por qué decidió volver a los countries (urbanizaciones blindadas donde residen las familias acomodadas argentinas) que ya retrató en Las viudas de los jueves?
Lejos de ir a menos, esas urbanizaciones cerradas crecen impulsadas por el miedo a la inseguridad. Se vende la idea de que ahí no puede pasar nada, pero la novela plantea lo contrario. El punto de vista endogámico de la experiencia anterior abre paso, ahora, a la mirada de los que entran a trabajar como empleadas domésticas, como carpinteros o como la periodista Nurit Iscar.
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¿Hay algún crimen que le haya servido de punto de partida para esta novela?
La viuda de los jueves se publicó justo después de la muerte en un country de María Marta García Belsunce. Dijeron que se había caído pero tenía tres balazos. Había un consenso en la sociedad en que quien la mató era el marido. Pero esa novela no tenía nada que ver con ese crimen. Me preguntaron tanto sobre si existía o no relación que en Betibú decidí arrancar con una especie de ficción sobre ese caso.
¿Hasta qué punto Nurit Iscar (Betibú), la escritora superventas venida a menos de esta novela, es su álter ego?
Intento meterme en los zapatos de los personajes y aportarles cosas mías para poder comprender su actitud. Al ser Nurit Iscar una escritora y tener una edad similar a la mía es fácil establecer una relación. A ella le presté mis miedos, fantasías o temores. En más de una ocasión me he preguntado qué pasaría si uno de mis libros no gusta a nadie o recibe una mala crítica.
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Alguna vez a usted, como a la protagonista, la llamaron Betibú por su parecido con Betty Boop...
Fue un personaje que siempre me gustó y del que me enamoré aún más cuando lo investigué para la novela. Es el primer cartoon sexuado, es más aguerrido que otros cartoons femeninos y me permitió indagar en algunos elementos como el significado de las mujeres flappers (anglicismo utilizado en los años 20 para referirse a mujeres jóvenes contrarias a las normas impuestas por la sociedad de la época) que se planteaban la idea de estar solas frente a la de estar con un hombre que las proteja. No es casual que sea un ícono vigente entre las adolescentes como una reivindicación postfeminista.
En sus anteriores libros las tramas policiales arrancaban a medio camino de la narración, ¿qué le empujó a tomar el género negro desde las primeras líneas?
Mis obras terminaban encansilladas así cuando en realidad la trama policial era secundaria, pero en Betibú me planteé hacerme cargo del género desde el inicio; quizás, debido a mi fijación por la muerte o a la idea de armar la conciencia de los personajes y llevarlos a vivir situaciones límite en un mismo plano de igualdad y equilibrio narrativo.
También ha recuperado el sentido del humor...
Con el paso del tiempo la presencia del humor en mi escritura se fue haciendo más ácida y más corrosiva. Ahora tenía ganas de divertirme y reírme en complicidad con el lector.
Ricardo Piglia solía hacer referencia a la ficción paranoica... ¿Qué le llevó a acercarse a esa postura?
Me inquietaba mucho el hecho de que en las novelas policiales clásicas todas las piezas se van cerrando y al lector se le da todo abrochado y masticado. Me parecía más inquietante la postura de Piglia de la ficción paranoica donde la verdad no termina de estar clara. Yo tengo mi propia teoría de quién es el asesino pero el lector con los mismos datos puede tener otra.
Es que los enigmas no se cierran...
El lector tiene las puertas abiertas y creo que la conclusión depende del país donde se lee. No es lo mismo un policía en Latinoamérica que en Europa. Cuando a la gente se le plantea a un policía como investigador, hay que hacerlo creíble y se debe luchar contra el inconsciente colectivo que tiene cierta aprehensión ante esa figura.
¿Qué le aporta el estilo indirecto que utiliza en la narración?
Es un narrador con el punto de vista del personaje con el que está, eso es lo que me gusta; puede contar lo que ve de ese personaje. El hecho de que una novela negra esté escrita por una mujer implica características que son diferenciales como el meterse en la vida privada de los personajes, no olvidarse de ellos pese al crimen.
¿Por qué indagar la crisis de los 50?
Las fronteras se mueven. Antes se pensaba que a los 40, por ejemplo, una mujer no podía ser madre; ahora sí. Los 50 es una edad importante porque ahí sí termina la maternidad y muchas otras cosas y las mujeres son más conscientes de tomar determinadas decisiones.
Usted dedica el libro a sus amigas...
Para mí es un grupo de contención muy grande. Las mujeres tenemos la posibilidad de contarnos cosas más íntimas y eso permite un intercambio de experiencias y conocimientos que queda reflejado en el libro.
Más allá de la historia que narra este relato, Betibú puede considerarse como un manual de periodismo...
Estoy en una generación bisagra, a los de arriba les cuesta adentrarse en las redes sociales mientras que los de abajo, los más jóvenes, no conciben el mundo sin las nuevas tecnologías.
En el caso de los dos periodistas que aparecen en Betibú, Jaime Brena pertenece a la vieja guardia y tiene mucho que enseñarle al otro, el pibe de policiales, que lo único que hace cuando le piden algo es buscarlo en Google. El otro con un gran oficio a sus espaldas le va a enseñar muchos de los recursos que son indispensables en el ejercicio del periodismo. Sin embargo, a lo largo de la trama, el viejo entiende que hay cosas que se resuelven más rápido gracias a la tecnología y empieza a aprovecharla, quizás no la use directamente pero le manda al pibe para que la busque. Se establecen vasos comunicantes entre esas dos generaciones de reporteros que nos llevan a la conclusión de que el mejor periodismo surge de aplicar los viejos métodos a las nuevas tecnologías.
El Gobierno, también en Betibú, está enfrentado a un medio de comunicación, en este caso El Tribuno, como ocurre en Argentina con Kirchner y El Clarín o en Ecuador con Correa y EL UNIVERSO.
Los personajes están relacionados con este mundo y era inevitable. Estas disputas son más fruto de peleas por negocios que por la búsqueda de la verdad. En Argentina es un tema de todos los días. Antes bastaba con leer un diario y uno no discutía si era verdad o no lo que se publicaba; ahora, todos sabemos que según el diario que compremos se hablará a favor o en contra de determinadas circunstancias y sacaremos las propias conclusiones. A mí me gusta leer todos los periódicos para tener el panorama más claro y encontrar ese punto medio. Pero sí es cierto que la deriva de las empresas periodísticas se está llevando por delante al oficio.
¿Cuál es la solución?
Recuperar la esencia del periodismo. Ofrecer calidad con datos, análisis y reflexiones en contraposición a la inmediatez de internet.