“El mejor regalo de mi vida lo recibí en 1998, y se ha seguido repitiendo en cada Navidad. Recuerdo el 98 como un año muy triste, mi abuelo (¡el mejor del mundo!) había decidido subir a una nave espacial y viajar al cielo meses atrás. Eso nos dejó a todos, en la familia, una sensación de vacío que no hemos aprendido a llenar.
Desde que éramos niñas, mis hermanas y yo, recibíamos en Navidad una bolsa de caramelos que nos enviaba mi abuelo.
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Era una bolsa ‘superpremium’ con todos los dulces perfectamente seleccionados para garantizar el rostro de sorpresa, la sonrisa enorme y el exceso de glucosa tan propio de estas fiestas.
No solo estaban presentes las galletas de animalitos y los bombones pequeños, ¡qué va! Mi abuelo elegía paletas gigantes, paquetes de galletas, bastones de caramelo, bolsas de gomitas, y todos los dulces que habitualmente mis padres evitaban comprarnos por el eterno riesgo de las caries.
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¡Con cuatro hijas, el presupuesto para dentistas podía desequilibrar la economía familiar!
En esa primera Navidad en la que el abuelo ya no estaba entre nosotros, nadie se atrevió a mencionar las bolsas de caramelos, vencer el nudo en el estómago se había convertido en la misión imposible de la reunión familiar y no había cabeza para nada más.
Sin embargo, a la hora de repartir los regalos aparecieron, increíblemente, debajo del árbol las bolsas de caramelos de cada año. Nos quedamos perplejas. Los ojos enlagunados precedieron a las sonrisas y a los gestos de sorpresa.
Las bolsas de dulces nos las había enviado mi abuela, consciente de la falta que nos harían y segura de cumplir con una misión impuesta desde el cielo. Ese regalo sencillo se convirtió entonces en una hermosa certeza de que el abuelo seguía con nosotros. Que su dulce presencia no se desvanecería jamás.
Y desde entonces mi abuela es la más tierna de las emisarias, a sus ochenta y cinco años sigue seleccionando los mejores dulces para que el regalo de Navidad tenga la fuerza del amor y de la memoria. No existe mejor regalo que ese”.