He meditado mucho si tiene sentido escribirle esta carta, no porque tenga miedo a las represalias, aunque bien sabemos los ecuatorianos que infundirnos temor de expresarnos libremente, es su forma de manejar las opiniones “contrarias”. Por primera vez, a mis 38 años, me resiente sentir que vivo en un país sin voz. Soy ecuatoriana, comunicadora, empresaria, frontal; jamás me detuve ante injusticias, por ende, no es falta de patriotismo y menos cobardía lo que me había detenido a escribirle. Si de buscar razones se trata, cito tres hechos:
Un jueves por la mañana, mi hija de 4 años y yo fuimos brutalmente atacadas y amordazadas en nuestra casa por tres hombres armados, durante 25 minutos en los que yacía yo con un mueble sobre mis espaldas, sangrando por un cachazo de pistola recibido en mi cabeza, y repetía en mi mente: “Dios, llévate mi vida, no dejes que le pase nada a mi hija”; mientras veía desaparecer los bienes que con gran esfuerzo había conseguido. Se llevaron todo, y algo salió por esa puerta para nunca volver: la confianza.
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Posteriormente, un sábado en la noche, mi familia completa cuando llegaba en carro a la casa de mis suegros, fue encañonada por seis hombres armados. Aunque no se llevaron el carro ni nuestras vidas y ningún arma se disparó, hay una herida que nos arrancó la capacidad de volver a sentirnos seguros en cualquier parte de esta patria. Desde aquel incidente, en mi familia aprendimos a vivir con miedo, lo cual para mi hija y yo que experimentábamos la agresión de un asalto por segunda vez, esto se convirtió en terror.
La tercera ocasión, 13 de diciembre del 2010. Llegué a mi departamento y encontré la puerta violentada, todos los equipos de mi productora de videos que representaban más de diez años de trabajo, habían sido robados. Aunque nuevamente debí agradecer que ninguna vida salió por aquella puerta en ruinas, supe con certeza absoluta que había perdido la última fibra que amarra a un ser humano a su patria, la fe. Dios fue generoso conmigo y mi familia, y nos recuperamos económicamente de este último asalto; sin embargo, la recuperación emocional no ha llegado y no llegará jamás mientras las circunstancias que nos arranquen la confianza, la seguridad y la fe en este país, permanezcan intactas. No quisiera que esta carta sea considerada por usted como una historia más, por eso debo enfrentarlo a dos verdades innegables: la primera, es que no estoy sola, me destroza ser testigo de cientos de historias similares que no consigo olvidar: mi tía fue brutalmente atacada en Quito; a mi madre la asaltaron mientras dormía; a mi asistente la secuestraron en un taxi; a mi lavandera la desvalijaron en un bus; y la lista continúa a diario. Me levanto y acuesto leyendo y escuchando cientos de historias de robos, violaciones, asesinatos, y violencia contra mis amigos, conocidos, desconocidos y todo el que pisa esta tierra.
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La segunda desgarradora verdad, es que me siento avergonzada de quejarme ante usted cuando hay muchos ecuatorianos que no podrán jamás contar sus historias porque perdieron sus vidas frente a hechos similares. Señor presidente, lo que estoy diciéndole es que usted y yo debemos estar absurdamente agradecidos de que viviendo en este país tan inseguro, aún no hayamos sido asesinados por asaltantes o sicarios, y que somos afortunados de tener vivos a todos nuestros hijos; mientras afuera de su casa y de la mía hay cientos de personas que hoy lloran de impotencia, al saber que lo perdieron todo porque el valor de la vida de un ser amado es irreemplazable. No puedo evitar sentirme en completa desventaja frente a usted, señor presidente, he visto el séquito de guardias de seguridad, carros, policías, patrullas que lo anteceden y preceden en cualquier salida suya a nuestras calles violentas; mientras yo, como la mayoría de ecuatorianos, no poseo esa protección, por lo que solo me queda cobijarme en su inexplicable mantra: “déjense robar”, que trágicamente hoy parece inspirar más las normas de los asaltantes que ya no dejan vivo a nadie que se les resista. Escribo esta carta porque les debo a mis tres hijos el intentar luchar por la seguridad a la que tienen derecho en sus vidas, y porque es lo mínimo que me corresponde hacer como hija de esta patria. Así mismo debo recordarle a usted que es su deber escucharme aunque no sea de su partido, piense diferente, y lo exprese abiertamente. Esta patria tan sonada en sus campañas, es tan suya como mía, y las vidas que ya perdimos por el caos que vivimos, y aquellas que están hoy en peligro, merecen contar con su atención y respaldo. Ya es hora de dejar de pelear porque no pensemos como usted, y de empezar a reconstruir este suelo minado por depredadores de bienes y vidas; eso, señor Presidente, se lo debe a usted mismo, se lo debe a sus hijos, tanto como nos lo debe a todos los que con nuestro existir le damos nombre a esta patria.
Paola Andrade Arellano,
empresaria, Guayaquil