Tras una cuidadosa reflexión, Jessica Hanff encontró el sitio ideal para las pinturas que su hija Elisabeth, de 4 años, trae a la casa del preescolar: el basurero. “Recibimos dos a cuatro dibujos a crayón cada día”, comentó Hanff, de 36 años. Un martes reciente, Hanff empezó a revisar unas cuantas docenas de los dibujos de Elisabeth, apilados en la antesala de la casa. Todo este montón pronto irá al bote de la basura.

“Es mi trabajo evitar criar a una acumuladora y la guío con el ejemplo”, dice. Sin embargo, se ha sabido que Elisabeth saca sus dibujos de la basura y se los presenta a su madre. “Yo le digo: Oh, gracias”, contó Hanff.

“Hablamos al respecto. No soy insensible. Pero una vez que se va, a menudo, los vuelvo a tirar”, dijo. Debe señalarse que el trabajo creativo de Elisabeth está por toda la casa. Empezó a pintar el año pasado.

Todos queremos que nuestros hijos sean creativos. Sin embargo, ¿tienen que ser tan prolíficos? Una vez que los niños ingresan al jardín de infancia producen una obra maestra todos los días.

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Estos dibujos pueden decirnos algo o nada sobre la naturaleza del niño. Pero revela bastante de los padres. ¿No escatiman elogios para cada dibujo o apenas si quitan la mirada del iPhone? ¿Enmarcan algunos para los abuelos o los convierten en papel para envolver? En el sentido más simple, ¿los padres son personas que guardan o tiran las cosas?

Nadie ha cuantificado cuántos dibujos hacen los niños en la escuela, notó David Burton, un catedrático de educación artística en la Universidad Commonwealth de Virginia, en Richmond. Sin embargo, al haber hecho trabajo de campo por más de 40 años, Burton refuta la noción de que los padres de hoy día han mimado y elogiado a sus hijos, incitándolos a producir demasiado.

En las clases de arte de 1960 y 1970 se seguía “una filosofía de hacer y tomar”, dijo Burton. Es decir, al final de una clase de 40 minutos, quedaba listo un proyecto artístico para mamá y papá. Se ha entrenado a los educadores de arte actuales para fomentar una exploración más profunda del material, el proceso y la teoría. Al mismo tiempo, dijo Burton, los infantes empiezan a garabatear con crayones ergonómicos a los 18 meses de edad: “Hace muchos, muchos años, la gente –incluso los educadores de arte– creía que los infantes solo desperdiciaban los materiales porque eran niños muy pequeños”.

El arte puede ser valioso para el desarrollo incluso de los niños más pequeños, señaló Burton. Dibujar, por ejemplo, ayuda a construir habilidades cognitivas y motrices finas. Y enseña a los niños a observar y discriminar cuando se trata de colores, figuras y formas. Los niños pequeños pueden en ocasiones dibujar emociones que van más allá de sus palabras, agregó.

Pero ¿realmente, cuánto le importa a un niño de 4 años su retrato 50 de la Locomotora Tomás? “Una vez que terminaron, pueden perder interés muy rápidamente”, manifestó Burton. “El proceso es más importante que el producto para el niño”. No obstante, la curadora de la puerta del refrigerador no puede ser demasiado inflexible. Cuando, de un día para otro, el papá quita la adquisición de una nueva pintura con los dedos, notó Burton, “el niño rápidamente aprende que el arte que está haciendo es muy efímero”. En otras palabras, no tiene ningún valor. Tracy Miller, una madre de 44 años, con dos hijos, no necesita que le vendan el valor del arte. Es una pintora y el estudio está lleno de lienzos.

No obstante, sin importar el desafío que es seleccionar su propia obra, a Miller le resulta difícil reducir la producción de Josie, su hija que está en el jardín de niños. Miller enmarcó las acuarelas que Josie hizo de sus animales de peluche más queridos. Y guarda las piezas que hizo en papel para pintar de a dólar la hoja. Pero la colección está llegando a niveles no manejables. “No sé qué vamos a hacer”, dijo Miller. “Si guardamos todo, simplemente no habría espacio en la casa”.

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Miller ha oído hablar de madres que documentan el arte de sus hijos con cámaras digitales o un escáner y se deshacen de los originales estorbosos. Casi se puede imaginar haciendo lo mismo cuando tenga un momento libre. De esta forma, reconoció Burton, “se podría guardar cada pedazo de papel que el hijo ha hecho”. Sin embargo, no hay que hacerlo. Un mejor plan, dijo, es almacenar el arte del niño en dos cajas.

La primera es un archivo temporal para las creaciones recientes.

La segunda es una especie de bóveda permanente, que contiene unas cuantas obras selectas, que abarcan un lapso de cinco a 10 años. Cada pieza puede incluir una tarjeta museográfica. Se escribe el título de la pieza, la edad del artista y la fecha.

En su libro del 2006, Exhibición del arte de los alumnos, Burton habla de la exposición anual de arte de quinto grado en Concord, Massachusetts, en la que se presenta una muestra cronológica de cada joven artista. En ella, indicó, un niño puede ver y decir: “Este caballo es mejor que mi caballo de hace tres años”. Para crear una antología así en la casa, Burton sugirió revisar las cajas con el niño, quizá dos veces por año. Hay que tratar de hablar sobre cada pieza. Luego, juntos, escoger algunas favoritas. La selección “debe hacerse respetuosamente”, dijo riendo. “Hay un ritual para deshacerse de una bandera; una manera formal de quemarla”.