El motorista hace sonar la bocina del tren, tres veces seguidas; la última, prolongada. No es el sonido de antaño, profundo, como un soplo agudo, pero su eco rebota en los cerros y se disipa por la neblina, por el río Chanchán, que nace en los páramos del sur de Chimborazo. El sonido en el ambiente, que compite con el gélido viento andino, anuncia que el tren, compuesto por una locomotora y tres vagones con capacidad para cien pasajeros, vuelve a descender y a escalar por un acantilado de una altura de 300 metros hasta las orillas del río. Pasa por un filudo cerro conocido desde hace décadas como la Nariz del Diablo.














