Si Patricia Highsmith viviera, confirmaría que pese a los cambios tecnológicos y a los avances de la ciencia, el ser humano no ha cambiado su forma de ser. Para esta norteamericana nacida en Fort Worth el 19 de enero de 1921 y fallecida en Locarno, Suiza, en 1995, la naturaleza humana no estaba sujeta a transformaciones. En sus novelas y relatos trató de dejarlo claro.

La obra de esta mujer se centró en su interés por destapar la parte oscura de la esencia humana, a través de la novela policiaca, a la que le dio un nuevo giro. El policiaco había vivido su primera etapa con detectives astutos y envanecidos de lógica, como Dupin de Poe, Sherlock Holmes de Conan Doyle o el Poirot de Agatha Christie, y pasado a la edad adulta con los maestros del noir como Chandler, Hammet, Himes y Spilleggi, cuyos investigadores son tipos rudos y con su código de ética propio.

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Highsmith decidió desmarcarse de ellos, dando una vuelta de tuerca atrevida con su primera novela: Extraños en un tren (1950), en la que dos personajes sin ningún tipo de conexión planean el asesinato perfecto.

Con esta obra comienza a afinarse su estilo, que es directo, sin florituras y nada de concesiones. Ella dio a luz a un ser que por sí solo le permitió llegar al Olimpo de los grandes autores contemporáneos: Tom Ripley. Su primera aparición fue en la novela A pleno sol (1955). Ripley es un personaje sexualmente ambiguo (especie de álter ego sexual de la escritora), vividor, estafador de poca monta, que se aprovecha de la desesperación de un padre millonario que le pide que vaya por su hijo en Europa, y al encontrarlo da su golpe maestro asesinándolo y quitándole la fortuna para suplantar su identidad.

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Highsmith lo convierte en personaje de una saga de novelas, como La máscara de Ripley (1970), El amigo americano (1974), Tras los pasos de Ripley (1980) y Ripley en peligro (1991). Es un personaje que no siente remordimiento. Se aparta de este modo de otras criaturas, como el Raskolnikov de Dostoievsky, o el Jeckill de Stevenson, hundidos por la culpa.

Los personajes de Highsmith al llegar a situaciones límites pierden el control y explotan. Acceden a un abismo de locura, como el Vic Van Allen de su novela Mar de fondo (1981), un ser anodino que soporta las infidelidades de su coqueta esposa hasta que la paciencia se agota y se desencadena un vendaval de muerte. O el empleado Howard Quinn del relato La coartada perfecta, que mata a sangre fría al padrastro de Mary para ganarse su amor.

Igual tratamiento le da a pilares de la sociedad como la familia y el matrimonio. Para Highsmith, la literatura fue una especie de espejo de circo, en el que todos podían ver sus distorsionadas imágenes. El escritor Graham Greene, un fan de su obra, la describió como ‘La poetisa del miedo’.

La calidad de su producción literaria no pasó por alto a los ojos de los productores cinematográficos, que han adaptado la mayoría de sus novelas. Alfred Hitchcock dirigió Pacto siniestro (1950), adaptación de Extraños en un tren. Contó con el guión de Raymond Chandler. La misma historia, pero en clave de comedia, fue dirigida por Danny DeVito con el nombre Tira a mamá del tren (1987).

Tom Ripley fue llevado a la gran pantalla por primera vez por el francés Rene Clement en la cinta A pleno sol. Alain Delon se encargó de darle vida. En la cinta se narran las primeras andanzas criminales del delincuente. La escritora alabó la actuación de Delon, al que consideró perfecto para encarnar a su creación.

Dennis Hooper lo ha interpretado en El amigo americano (1977), del alemán Wim Wenders. Otro actor que ha interpretado al personaje es Matt Damon, que bajo la dirección de Anthony Minghella protagonizó El talentoso Sr. Ripley (1999), basado en el primer relato de la saga. Uno de los últimos actores que se ha metido en la piel de este personaje es John Malkovich, a las órdenes de Liliana Cavani, en El juego de Ripley (2002).

Después del éxito de sus novelas, la escritora prefirió exiliarse voluntariamente en Europa desde 1963, harta de la intolerancia de su país natal. Murió hace 16 años.