“En Riobamba no tenía nada, solo la agricultura”. “He venido de Portoviejo a tener un mejor futuro”. “Vine por un trabajito digno y una casita”. “Quiero que mis hijos no se queden brutos como yo, que no pueden estudiar en Pangua (Cotopaxi)”.
Son las razones que exponen los migrantes que llegan a Guayaquil (de Manabí, Chimborazo, Cotopaxi, Bolívar, Esmeraldas, Los Ríos y El Oro) en busca de oportunidades negadas en sus ciudades de origen, y que se asientan ahora en invasiones como Monte Sinaí, Ciudad de Dios, Elvira Leonor, Tierra Prometida, Fortaleza, Ciudad de Israel I y II y otras.
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La ilusión de gozar de los derechos garantizados en la Constitución para todos los ecuatorianos como el acceso a la educación y salud de calidad obliga a los más jóvenes de entre 17 a 35 años a dejar los pastizales y a arriesgarlo todo para arribar al “Guayaquil del encanto, que tiene más opciones de trabajo”, relata José Vera, de 38 años, quien abandonó la siembra de tubérculos en Riobamba, hace 21 años, para sobrevivir de la venta ambulante de frutas.
A su llegada, cientos de migrantes como él, alquilan primero pequeños cuartos en las áreas periféricas; en las ya legalizadas (como las nueve etapas de la coop. Balerio Estacio) y en otras invasiones de Guayaquil. Sus trabajos aprendidos al andar son similares: comercio informal, quehaceres domésticos, ebanistería, albañilería, guardianía y confección.
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Se conocen con los migrantes que llegaron primero por laborar en las mismas zonas de la urbe, como los mercados, ferias libres y vías transitadas como la Perimetral y Daule.
Ahí escucharon de los lotes que venden con facilidades de pago los dirigentes de las familias Estacio, Toral, Solís y otras. Y acudieron a comprarlos creyendo en la supuesta legalidad, como Paulo Plúas, de 30 años.
Él cambió el machete en las fincas del cantón 24 de Mayo, en Manabí, por las máquinas de coser –que acá debe prestar para ganarse “unos realitos más”. No quiere regresar al campo porque no hay dinero para trabajar las tierras de sus padres.
“En el campo solo hay para tirar machete como peón y pagan $ 3 diarios. Por eso todos los jóvenes salimos en busca de un futuro mejor”, añade Plúas, quien adquirió un solar en la coop. Elvira Leonor II.
Cada año, según los mapas municipales, llegan del campo a la urbe unas 5.000 familias.