Pedro X.Valverde Rivera
Con mucha pena vemos cómo en Venezuela se va consolidando el modelo tiránico y totalitario de Chávez, al puro estilo cubano de los años sesenta.

Es que luego de las dos derrotas que le asestó el bravo pueblo en las urnas, a pesar de la manipulación de las instituciones públicas, de la información, la persecución a los libres pensadores y todo el despilfarro de recursos públicos para conquistar a los más pobres, Chávez entendió que solo por la fuerza podría perpetuarse en el poder.

A eso le llaman en estos días “profundizar el socialismo”.

Es que “profundizar el socialismo” en Venezuela ha significado endurecer la persecución a los que piensan diferente, convertir el abuso de la fuerza pública y el atropello a las instituciones democráticas en políticas de Estado y desconocer abiertamente y con cinismo supremo los derechos humanos de todos aquellos que no están aliados con la revolución.

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Hoy en Venezuela ya no hay libertad de expresión; tampoco derecho a la legítima defensa ni al debido proceso; la propiedad privada es un derecho en vías de extinción, salvo para los revolucionarios que por el contrario, cada día son más ricos y acumulan más capitales.

En ese ambiente y a pesar de los fusiles uniformados que protegen al “presidente”, muchos venezolanos libran una desigual batalla de resistencia.

Porque a pesar de los miles de millones de dólares que el comandante ha despilfarrado en limosnas para los más pobres, a pesar del discurso de división de clases, a pesar de todas las medidas demagógicas dizque encaminadas a nivelar la distribución de la riqueza en ese país, Venezuela está sumida en la más grande depresión económica y social de las últimas décadas.

La crisis no la siente el millonario empresario; muchos de estos ya viven en Miami o Panamá; se llevaron sus capitales y hoy tienen nuevos y prósperos negocios. Y los que aún quedan en Venezuela, o están por irse o siguen haciendo grandes negocios con la revolución.

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La crisis la siente el ciudadano de a pie, como siempre; el que no tiene vehículo, el que no tiene trabajo, el que hoy come menos arepas con su sueldo; y el ciudadano medio, que para poder mantener a su familia tiene que vestir un uniforme rojo y recibir a la fuerza adoctrinamiento socialista en contra de sus principios, para no perder su empleo público.

Hoy Venezuela está luchando su última batalla; la que decidirá si esta tierra seguirá siendo la de todos los venezolanos, o se convertirá en la hacienda de Chávez y sus compadres.

Pero hoy Venezuela está más sola que nunca; en Estados Unidos, nuestro histórico hermano mayor, solo se escucha el eco de una voz solitaria en el Congreso que protesta.

La OEA no existe y su Secretario General, a lo mejor el más lamentable e intrascendente de su historia, anda más preocupado en proteger a Zelaya y en acolitar historias de golpes de Estado ficticios, que en asumir un rol protagónico en la defensa de la democracia y los derechos humanos pisoteados en Venezuela.

Y no me vengan con el cuento de la libre determinación de los pueblos; en un pueblo en el que las instituciones democráticas no funcionan, en el que no hay división de poderes y en el que el tirano manipula todo, no puede haber libre determinación, porque no hay libertades.