La Lotería Nacional tiene competidores en la informalidad: sorteos de dinero y productos organizados por personas particulares que se extienden por el país.

En cantones de Esmeraldas y Manabí, rifas organizadas por colombianos y que premian con  dinero o electrodomésticos son el atractivo.

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En el centro de Guayaquil, de forma clandestina, también se juega una lotería paralela, cuyo premio mayor es de $ 400.

Apartado de este panorama y de manera formal, instituciones, parroquias eclesiásticas y entes seccionales encuentran en los juegos de azar una alternativa para financiar obras o dar ayuda social.

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Un abanico que puede ampliarse si se da paso al art. 172 del Código Orgánico de Ordenamiento Territorial (Cootad), que faculta a los Gobiernos Autónomos Descentralizados a aplicar estos sistemas para obtener recursos. 

Le llaman El Conejito. Porque su fama salta de boca en boca ganando clientela o porque el roedor representa suerte para su comprador. Nadie lo explica con certeza, pero en los alrededores del Mercado Central de Guayaquil su venta repunta los miércoles y sábados, pues se juega con los sorteos que realiza la Lotería Nacional de la Junta de Beneficencia de Guayaquil (JBG).

No es la única contrincante que desde la informalidad y en menor escala tiene esta institución centenaria, que además se enfrenta a una posible competencia formal desde los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD) si se aprueba el art. 172 del Código Orgánico de Ordenamiento Territorial (Cootad), que les faculta a obtener recursos con juegos de azar.

Otras loterías particulares y caseras se replican en el país con fines benéficos o de lucro. Miguel Bermeo, quien el miércoles pasado escogió varios números de El Conejito, en la calle 6 de Marzo, comentó que suele apostar hasta $ 20.

Esta lotería puede jugarse con series de dos y tres dígitos que escoge el cliente y deben coincidir con los del sorteo de la JBG para ganar. Los hay de $ 0,50 o $ 1, y se concursa por un premio de $ 200 o $ 400.

La vendedora, que prefiere omitir su nombre, reconoce que es una lotería clandestina, pero afirma que ayuda a la gente a “salir de apuros” económicos.

El sorteo de dinero en efectivo y electrodomésticos atrae también a los compradores de la Rifa Quinindé, en el cantón del mismo nombre en Esmeraldas. Los boletos, a $ 0,25 cada uno u ocho unidades por un dólar, se expenden a diario, excepto los miércoles, a pocas cuadras del Municipio local y del destacamento de la Policía.

A las 14:00, personas de acento colombiano, con una tómbola en las aceras del sector Cinco Esquinas, concentran la atención de transeúntes y comerciantes que esperan los resultados del sorteo. Montos de $ 300, que si no hay ganador se duplican y pueden llegar a los $ 1.000 si se acumulan; o combos de refrigeradora, lavadora, cocina y bicicleta son el atractivo.

Y para dar credibilidad al juego, al “suertudo” se lo pasea en un triciclo. El número ganador se exhibe en la ventana de una vivienda y si el afortunado no retira su premio hasta las 08:30 del día siguiente, lo pierde.

Elsa, una vendedora de pollos, cuenta que siempre compra $ 2 de boletos y que hace tres meses se ganó $ 1.000, con los que pagó el tratamiento médico de su madre enferma de artritis y el viaje a España de su sobrina.

Sorteos similares se hacen en La Concordia y San Lorenzo, al igual que en cantones de Manabí. En Manta, desde hace cinco meses, unas quince personas con camisetas amarillas que anuncian la rifa La Sultana recorren a diario el mercado de Tarqui. Por la tarde se sortea el número ganador del premio mayor de $ 200, aunque a veces se acumula. Sus compradores habituales son taxistas y comerciantes. “La gente nos compra porque al final cumplimos”, dice un organizador del juego.

Apartadas de estos escenarios, asociaciones, iglesias y entes seccionales también recurren a rifas para obtener recursos, en determinadas épocas, para financiar obras y ayuda social.

En Latacunga, el Patronato Municipal de Amparo Social promueve el sorteo anual de un vehículo. Actualmente, Laura Díaz, esposa del Alcalde de la localidad, promueve una rifa que, con apoyo de la empresa privada, se efectuará por las fiestas de la ciudad, en noviembre. Los fondos serán para comprar un mamógrafo valorado en $ 45 mil. Cada boleto vale $ 1.

Según Díaz, esta alternativa es útil porque la partida que recibe el Municipio para financiar la atención médica del Patronato resulta insuficiente.

En los patronatos provinciales de Morona Santiago y Loja se hace algo similar.

Sin embargo, que ahora los GAD puedan sumarse al ruedo preocupa a la Junta de Beneficencia, que teme ver reducidos sus ingresos para las instituciones de salud y otras que mantiene. El 40% de su presupuesto total de unos $ 120 millones se financia con las ventas de loterías, y según Werner Moeller, director de la JBG, en promedio el 60% de los ingresos por boletos se da fuera de Guayaquil.

Humberto Guillem, alcalde de Portoviejo, refiere que la idea de promulgar sorteos para generar recursos no es nueva. En el 2002, durante su segunda administración como prefecto de Manabí se intentó aplicarla, pero no prosperó. Aunque considera que un sistema de loterías bien administrado es válido y puede generar fondos para complementar el presupuesto de los GAD, ve muy difícil competir con la estructura que lidera hace más de un siglo la JBG.

Raúl Gavilánez, alcalde de Quero (Tungurahua), afirma que aunque el Cootad no está vigente, tiene presente que sería complicado recurrir a loterías. “Creo que sale del ámbito del gobierno municipal. Lo realizan por tradición y costumbre las señoritas reinas (de belleza) para obras sociales y los patronatos. Dudo que nosotros lo consideremos”, señala.

La experiencia de 24 años que Edith Solari tiene en la parroquia eclesiástica Salud de los Enfermos, en Guayaquil, la cual suele organizar rifas solidarias, le hace pensar que esta modalidad a nivel de gobiernos tendrá dificultades. “Si no hay un líder que se mueva y sepa organizar, no se puede esperar que la gente colabore. Por último, eso es cargar al ciudadano lo que debe hacer la autoridad”, dice.