Cubierta bajo un manto de incertidumbre, casi desde el día en que la FIFA le otorgó la sede hace seis años, Sudáfrica tuvo que aguantarse las constantes conjeturas sobre si tendría listos sus diez estadios o si podría ofrecer una infraestructura de transportación y hospedaje para los visitantes, que parecían  dar al traste con los planes del primer país africano en albergar un Mundial.