Años atrás el diario Río Negro, que circula en la provincia de Neuquén de Argentina, publicó una denuncia de un diputado local contra el vicepresidente de la legislatura provincial. En represalia, el Gobernador inició una agresiva campaña de desprestigio contra Río Negro que incluyó la drástica reducción de la publicidad oficial en el diario. No lo hizo con reglamentitos que alteran leyes, ni con insultos. Lo hizo calladamente.

El editor del Diario con el correr de los días observó la baja de la publicidad oficial y decidió incoar una acción de amparo constitucional. En esencia pedía que el Ejecutivo de Neuquén cese en su hostilidad y restablezca la publicidad oficial a los niveles tradicionales. Para Río Negro la actitud del Gobernador quebrantaba la libertad de prensa garantizada tanto por la Constitución argentina como la Convención Americana de Derechos Humanos ("Pacto de San José").

La Corte Suprema argentina sentenció a favor del Diario (Ver E. 1 XXXIX; ORI;  05-09-2007. T.330. P. 3908). Una decisión histórica (con la firma del maestro Zafforoni) que constituye una valiosa defensa de la libertad de expresión; lectura obligada ahora en los cursos internacionales de derechos humanos como ejemplo del papel que juegan los órganos judiciales nacionales en la vigencia de convenciones internacionales.

Para la Corte la suspensión de la publicidad oficial forma parte de esos mecanismos indirectos (como la manipulación de frecuencias o importación de papel) para silenciar a los medios independientes,  y que el Pacto de San José condena en su artículo 13. Y eso es precisamente lo que acaba de suceder en Ecuador, y de forma abierta y explícita.

Una vez más entonces la constitución de Montecristi -para cuya vigencia se gastó más de cien millones de dólares- y los tratados de derechos humanos se los usa como papel higiénico. Una vez más sentimos la falta de una Corte Constitucional independiente y de magistrados probos que no tengan miedo a ejercer su autoridad, pero sobre todo de una conciencia constitucional en nuestra sociedad.

Aunque la suspensión de la publicidad oficial ya había sido dada para un diario, ahora el castigo se ha hecho extensivo a otros medios independientes con el pretexto del origen de sus accionistas. Pero el cuento de las "empresas de papel" no es sino una cortina de humo para distraernos de lo que realmente el poder teme: las ramificaciones de la investigación de Diario Expreso. Ahora, por ejemplo, se confirma la sospecha que los famosos "diputados de los manteles" se llevaron algo más que manteles cuando salieron despavoridos de un bar de Puembo.

El régimen avanza hacia la supresión total de la libre expresión. Cada día que pasa corre el riesgo que más verdades incómodas se hagan públicas. Como el Gran Hermano de la novela de Orwell (1984), la única voz que quiere que se escuche es la de él mismo. Una voz que seguramente no nos habría dicho nada de las asombrosas aventuras de su ingenioso hermano, y de las que recién comenzamos a enterarnos gracias a una prensa independiente.