Tuve el honor de compartir exilios y esperanzas en Chile, donde su actividad periodística, en el vespertino Última Hora, tenía ribetes casi legendarios por sus afanes de construir un pensamiento crítico latinoamericano, que con su muy vasta ilustración devino más tarde en ensayos relevantes, incluso galardonado con el premio Casa de las Américas.

Su cultura cuestionadora para una parte del mundo, aquella cada vez más alejada de lo humano, lo acercaba en cambio más y más a la utopía. Empero, en su honradez personal e intelectual, concibió la historia a partir de la “porfiada realidad” y por tanto, sus potencialidades fueron siempre mayores a sus limitaciones, si es que alguna vez las tuvo.

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Medina Castro, austero y coherente, firme en sus principios siempre fue abierto a las opiniones ajenas, distintas de las suyas; convencido y sagaz como era, convertía cualquier argumento contrario, en réplica lógica al ocasional contertulio y a la luz del materialismo dialéctico. No tenía por tanto “enfoques unilaterales”, y respetuoso como verdadero académico y luchador social, optó por una tesis política en la que firmemente creía,y con la que se sentía siempre comprometido. No hay, por lo tanto, en su tarea investigativa acciones bajo “la óptica estrecha” de ningún acontecimiento del orbe, es solamente la expresión verídica de un humanista en el marco de una época devastadora y sangrienta, con un protagonista principal que no aparece después de la Segunda Guerra Mundial, como lo afirma Emilio Palacio, ya que más bien “puso orden” muchas décadas atrás en México, Cuba, Nicaragua, República Dominicana, Colombia, Panamá y otras naciones de América Latina.

Ilitch Verduga Vélez,
psicólogo, Guayaquil