Plan para criar doce cocodrilos en Santay tuvo una baja, en los demás es un éxito.
A unos quince minutos en lancha desde el malecón guayaquileño, once cocodrilos de la Costa o Cocodrylus Acutus luchan por sobrevivir. Y lo hacen en una casa, criadero o estación ecológica en la isla Santay, a la que se llega por un camino de lodo y manglar donde hay pequeños puentecitos para no caer en los charcos que se forman en épocas como esta, cuando el aguaje inunda casi toda la comunidad.
Esta especie, catalogada en peligro crítico en estado silvestre por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), es la protagonista de un proyecto que busca su supervivencia, pues en Ecuador se estima que no hay más de mil individuos debido a la cacería que afectó la especie en la década del cincuenta y la constante depredación de su hábitat en los últimos años.
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Cuando eran bebés, doce cocodrilos llegaron desde el Parque Histórico de Guayaquil a la isla Santay, actualmente administrada por la Fundación Malecón 2000, en junio del 2006. Un año después, once de ellos sobreviven, dice la bióloga Alicia Jaramillo, coordinadora del proyecto de Centro de Tenencia y Manejo del Cocodrilo de la Costa en la isla Santay.
“Hubo una pelea entre ellos. Es un comportamiento natural en estos animales, parece que uno de los cocodrilos estaba débil y los demás lo agredieron”, explica Jaramillo.
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Los once que quedaron se muestran muy activos. Nadan serpenteando sus colas en el estanque al que a diario llegan, por efectos del flujo de mareas que renueva el agua, pequeños peces que les sirven de alimento. También se disputan la comida que les ofrece cada cinco días el cuidador de la estación, Benito Parrales, de 60 años.
El miércoles pasado les ofreció dos bofes de vaca, es decir unas ocho libras, además de trozos de carne que los animales degulleron en cuestión de minutos. Él golpea una bandeja para advertir a los cocodrilos que la comida está servida.
La evaluación que hacen los biólogos tras un año del inicio del proyecto es calificada como positiva. En promedio, los reptiles medían 82 centímetros de longitud cuando llegaron, actualmente han crecido 40 cm. Su peso también ha registrado un notable incremento, pues pasó de 2.454 gramos hace un año a 6.839 en junio pasado.
“Tienen un buen peso, no hemos encontrado en ninguno malnutrición o desnutrición”, explica el biólogo Julio Baquerizo, de la Fundación Rescate Jambelí, entidad que asesora en el proyecto. Baquerizo visita el criadero una vez cada mes para medir a los animales (desde la punta del hocico hasta la punta de la cola) y chequear su crecimiento, además de revisar que el espacio donde habitan mantenga las condiciones propias de la especie en cautiverio.
Aunque aún son bebés, se planea que cuando tengan siete años estarían listos para la reproducción, pues es a esta edad cuando alcanzan su madurez sexual. Además, resulta difícil precisar su sexo (ubicado internamente y aún no desarrollado completamente), aunque se cree que hay más hembras.
La época reproductiva comienza, generalmente, en agosto. La hembra anida excavando huecos de unos 60 centímetros de profundidad cerca de los ríos y manglares. Ahí deposita alrededor de 70 huevos.
El cocodrilo de la Costa es una de las pocas especies que en su evolución no ha perdido su agresividad, especialmente cuando siente que su espacio es vulnerado, explica Jaramillo.
De ahí que el proyecto también comprende un plan de capacitación comunitaria para que los 198 habitantes de la isla Santay colaboren en la conservación de la especie. Muchos de los pescadores que echan sus redes en el río Guayas, en ocasiones, han capturado incidentalmente cocodrilos.
Pero el plan también busca crear conciencia de la importancia de este animal, característico de la zona litoral del país, entre los no isleños. En lo que va del periodo lectivo de la Costa, entre mayo y julio, unos 400 alumnos han visitado la estación de cocodrilos.
En días laborales, pero con mayor frecuencia los fines de semana, decenas de visitantes recorren la isla, donde un punto de parada obligatoria es el criadero de los reptiles. Benito Parrales, el cuidador, es el único que se acerca a los ejemplares de profundos ojos verdes, piel escamosa y de más de un metro de longitud. Pueden llegar a medir hasta seis metros y vivir hasta los 70 años.
“Siempre los trato con cuidado, ellos ya saben que yo los alimento, me conocen”, dice Parrales, quien alterna la alimentación cada semana. “A veces les doy bofe, otras veces 5 libras de pescado o 500 cangrejos pequeños”, dice el cuidador, quien procura no excederse con la carne de res para que no se vuelvan muy violentos.
Entre la comida y los cuidados, el proyecto demanda una inversión de 400 dólares mensuales, que se obtienen de la Fundación Malecón 2000 o de los programas que se realizan para motivar a las empresas privadas a que colaboren con este plan de conservación.
Uno de los programas consiste en el apadrinamiento de cocodrilos. A los donantes se les entrega un certificado que los califica como padrinos de los “mimados de Santay”.
Más datos
Propiedad
La isla Santay, donde funciona el criadero de cocodrilos, pertenece al Banco Ecuatoriano de la Vivienda, pero la administra la Fundación Malecón 2000.
Origen
Los cocodrilos nacieron el 3 de febrero del 2005 en el Parque Histórico de Guayaquil y fueron donados casi dos meses después para el proyecto en Santay.
Identidad
Para evaluar a cada cocodrilo les cortaron las escamas al nacer y luego les colocaron microchips con un código de barras para poder controlar su desarrollo.
Estación
Los once cocodrilos viven en una estación que comprende un área total de 117 metros cuadrados, que incluye un estanque y espacios para su alimentación y control.
Seguridad
Sobre la pared de concreto del cerramiento se colocó una malla metálica que impide que los cocodrilos se fuguen de la estación y a su vez aleja a mapaches, tigrillos o gatos.