Miércoles 04 de abril del 2007 Cultura

La corbata amarilla, evocando a David Ledesma Vázquez

Jorge Martillo Monserrate para EL UNIVERSO

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Aniversario.  El poeta guayaquileño se suicidó el  Viernes Santo del año  1961. Esta noche se presenta en Quito un libro que reúne su poesía.

Cuando forzaron la puerta de su dormitorio, lo encontraron colgando del clóset. El 30 de marzo de 1961, un viernes de Semana Santa, el poeta  David Ledesma Vázquez se ahorcó utilizando una corbata amarilla. Ese cuerpo sin vida que se balanceaba en el vacío, años atrás en  Autorretrato   con una pena escribió de sí mismo: “Este pobre David que nada pide/ sino un poco de paz para vivir,/ una piedra pequeña en qué apoyar/ la cabeza cansada de palabras,/ y un centavo de sueño que permita/ creer que todavía hay gente buena”.

A su muerte tenía tan solo 27 años, porque nació en Guayaquil en 1934, en el seno de una familia acomodada que no estaba de acuerdo con su manera de ser ni con su opción artística. Tanto así que en sus inicios, para no avergonzarlos, firmaba sus versos como Martín Santos. A más de poeta, incursionó en narrativa, fue actor de teatro y radioteatro.

En vida publicó Cristal (1953) y Gris (1958). También una antología con los integrantes de su grupo Club 7, fundado en 1954, y Los días sucios ( 1960),  que formaba parte de Triángulo (trilogía poética junto a Ileana Espinel y Sergio Román). A su muerte dejó inéditos relatos, libretos radiofónicos y diversos poemarios, entre ellos uno de poesía sardónica, escrito entre 1954-59, con el extraño y revelador título de La risa del ahorcado o La corbata amarilla.

En 1967, Cristóbal Garcés Larrea, en la revista Cuadernos del Guayas Nº 22 escribió: “Alguna vez, sus amigos cercanos, escuchamos los poemas inéditos de un próximo libro La corbata amarilla. He aquí otro extraño presagio. ¿Por qué había escogido un título tan prosaico para un libro de poesía? Había una especie de obsesión por la materia con la que iría a quitarse la vida”.

En 1971, su amiga y también poeta Ileana Espinel se refirió a ese título y al hecho final   de su vida. Es “una blasfema ironía que a ratos linda con el puro sarcasmo y otras con un corrosivo humor negro, vierte su hiel profunda en conseguido hallazgo lírico”.  En vida, sus versos fueron apreciados dentro y fuera del país. El gran poeta colombiano León de Greiff manifestó: “Su poesía nos obliga a recordar a Porfirio Barba-Jacob; pero este David le supera en fuerza dramática. Es extraordinario”. Y cuando Alejandro Carrión lee Los días sucios expresa:
“Están en ese libro algunos de los mejores poemas ecuatorianos de todos los tiempos, poemas insuperables en técnica y en auténtica y profunda emoción. Los poemas más espantosos y envenenados que haya podido crear un poeta excelso, hundido en la más mortal e indigna desesperación”.

Y en  El Pozo,  Ledesma decía: “Hundido./ Sumergido hasta los sesos/ entre las aguas negras de las horas./ Pido un reloj para mirar la muerte./ Y una mano sangrante me señala/ la cabeza imposible del ahorcado/ Pedir/ -oh, sí-,/ pedir un Dios!/ Un Dios gastado./ Injusto/ Negligente”. Ledesma Vásquez es un escritor injustamente olvidado. Marginado con esos versos que estremecen y hacen daño.

Ese viernes de Semana Santa, cuando el comisario de turno, hizo el levantamiento del cadáver, en la camisa de David Ledesma encontró  El poema final, desgarrador testamento literario, dedicado a su madre Carmen Luisa Vázquez y a su hija Carmen.  Entre otros versos dice: “Amor mío... Amor mío.../ ¿Qué cosa puedo darte?/ Tú me has dado tan sólo tu presencia,/ tu sonrisa y a veces tu aliento,/ una proximidad y nada más./ Yo te regalo un muerto. Cuídalo bien/ Es tuyo”.


Autor: David Ledesma Vázquez.
Título de la obra: David Ledesma Vázquez, obra poética completa.
Género: Poesía.
Editorial: Casa de la Cultura Ecuatoriana.
Páginas: 266.
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