Por eso lo evocamos  en esta fecha  en que se celebran 212 años de su nacimiento en Cumaná, Venezuela, el 3 de febrero de 1795. Y también resaltamos sus cualidades de militar pundonoroso y magnánimo, diplomático respetuoso y culto, amigo leal que profesó entrega a la causa integracionista de Simón Bolívar.

Muy  joven abrazó la carrera militar y luchó junto con Antonio Nariño hasta convertirse en el oficial de mayor protagonismo de entre los que peleaban con el Libertador; en 1821 llegó a nuestra ciudad  enviado por Bolívar para apoyar los planes de emancipación total de la Presidencia de Quito que impulsaba  el gobierno de la Provincia Libre de Guayaquil, y puso manos a la obra para la campaña que coronó el triunfo el 24 de Mayo de 1822.

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Pero el odio gratuito, la envidia e ingratitud que ensombrecieron la vida del Padre de Cinco Naciones y su obra visionaria, determinaron que el 4 de junio de 1830 manos criminales segaran  la vida del aguerrido Mariscal de Ayacucho,  cuyo recuerdo sigue vigente en América y en el corazón  agradecido de los ecuatorianos.

Biografías, poemas, canciones, monumentos, parques, calles, planteles educativos, pinturas, emisoras e incluso la moneda oficial del Ecuador, son el testimonio de la gratitud que profesan los miembros de países de este continente a quien se llama el Abel americano, el Delfín de Bolívar, entre otros calificativos.