Las antimemorias de Bryce son  un constante  tránsito, el testimonio  de un nomadismo  que  tiene  como  trasfondo la nostalgia.

La literatura latinoamericana es un constante retorno a París. Si Julio Cortázar  se descubrió  a sí mismo  en esa ciudad,  Alfredo Bryce Echenique se descubrió en los cuentos de Cortázar,  y  más de un escritor latinoamericano de la siguiente generación   habrá leído con fervor y a la sombra de una clásica buhardilla parisina,   el libro de cuentos Huerto cerrado (1998) de Bryce, escrito a su vez entre Perugia y una buhardilla de París.

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Ese París antes de que se convierta en museo, y del que Hemingway  dijo –citado por Bryce–: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven,  luego París te acompañará, vayas a donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue…”.

Y las páginas del segundo volumen de memorias de Bryce, Permiso para sentir, es un retorno  constante  a París, es un puente tendido de historias que comunican Lima con la capital francesa.

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A pesar de que el relato vuelve  frecuentemente  a  los años en París, estas  antimemorias no tienen otro tema que el difícil retorno al Perú, de un escritor  que siempre  tuvo “una cierta tendencia a regresar  al Perú. Incluso  antes de salir del Perú…” durante los treinta y cinco años que pasó entre Francia y España.

Y en cada  retorno,  había una mezcla de  reencuentro gozoso  y  de soledad. Permiso para sentir es un homenaje  de Bryce  a todos sus amigos  y  amores. Con todos es generoso, porque  considera que la tarea literaria es “una feliz reunión de amigos”.
De todos ellos comenta  los hechos  inolvidables, pero  particularmente   de uno, del cuentista peruano  Julio Ramón Ribeyro,  cuya presencia  y ausencia ambulan por todo el relato.

Este segundo volumen de  antimemorias   de Bryce   es un constante  tránsito, el testimonio  de un nomadismo  que  tiene  como  trasfondo la nostalgia, el miedo y la necesidad  de  regresar al Perú. No en vano  la primera  mitad del libro se titula ‘Por orden del azar’ y los asedios  al Perú aparecen desordenadamente, como  caprichos   o decisiones  de una noche de tragos y valses peruanos; además, porque la memoria es así, no guarda las imágenes en orden cronológico, estas reaparecen  en función de un grito, un rostro, un canto, un color, un olor que, de pronto, nos devuelve en el tiempo.

Y en ese modo de vivir la vida y la escritura “por orden del azar”, hay una constante presencia de hoteles y de buhardillas y departamentos transitorios, incluso en el Perú, adonde Bryce llegaba precisamente a hoteles –para otear Lima desde la distancia, desde los márgenes- o, en una ocasión, con un inmenso pavor, a habitar el departamento de su amigo muerto, Juan Ramón Ribeyro.

Cuando mi esposa regrese, por la noche, sabré definitivamente dónde vivo, piensa, angustiado, Bryce, con “una atroz sequedad en la boca”, una noche  en la que recorre en Madrid su biblioteca, en pos de los “grandes temas del Perú”, sus mayores  dramas y desgarros. Además, porque  Bryce recordará siempre las palabras de Ribeyro: “Lo único que he aprendido en tantos años en Francia es hasta qué punto soy peruano”.

Mientras tanto,  más o menos todo lo que le ocurre  al  escritor  resulta  desusado,  insólito, como si su vida hubiese sido un ejercicio premeditado  de la escritura, una caza de los episodios  extraordinarios   que van modelando los personajes   y atrapando  a los lectores. 

Bryce   es, en estas páginas que se leen con la fluidez  que brinda toda la obra de este relatista,  un personaje de sí mismo  que  no se habitúa  a una gris cotidianidad,   constantemente víctima de la ley  de la gravedad que se cumple  escrupulosamente en el mundo.  De cierta manera  él es en este libro, un gozoso perdedor, alguien que gracias  a las dificultades de entender las lógicas  humanas corrientes, vive episodios extraordinarios,   como  aquel en el que, convertido en  pinche de cocina en la isla griega de Mykonos, es expulsado  por el delito de ser el único peruano en el lugar, algo que lo volvía altamente sospechoso para la seguridad, en momentos en que los reyes de Grecia preparaban una visita a la isla.

Las antimemorias  nos aproximan  a lo que han sido, finalmente, las  novelas  de Bryce, las que vinieron  luego de aquel saldar cuentas con su pasado, personal y familiar, que fue  Un mundo para Julius: episodios nacidos  de la  sorpresa con la que el autor ha vivido sus exilios y sus sombras, pero también  los equívocos y los tropiezos de los que ha extraído su particular  humor, aquel de un hombre abandonado por la mano de Dios en  medio  de  los desconocidos  “otros” y sus insufribles hábitos cotidianos, y al que le ocurren  episodios  inimaginables. El humor de un derrotado, al estilo de Chaplin.