Domingo 22 de enero del 2006 Libros

Ángel F. Rojas y sus testimonios del éxodo

QUITO | Javier Ponce, para EL UNIVERSO

A pesar de haber nacido en Loja, el autor  pasó casi toda su vida en Guayaquil  y allí murió, por lo cual  se explica que la Municipalidad de esta ciudad haya incluido su obra en la colección de autores guayaquileños.

Ángel Felicísimo Rojas es un escritor particular. Escribe, en la madurez, una de las novelas mayores de su generación, al tiempo que traza, en otro libro clave, un panorama crítico de la novela y la sociedad ecuatorianas –La novela ecuatoriana (1948)–  para luego casi despedirse de la literatura.

Entre 1950 y el 2003, año de su muerte, apenas si encontraremos Curipamba, relato olvidado en torno a las legendarias minas de Portovelo y al que Rojas le tuvo un especial cariño. El autor cuenta la mala suerte de Curipamba, que pasó casi cuatro décadas guardada hasta su publicación en 1983, en una reveladora entrevista con Carlos Calderón Chico, incluida en la obra Maestros. Un libro de entrevistas, el de Calderón, editado hace más de dos décadas y que ya es hora que vuelva a circular.

Después, silencio. Ángel Felicísimo Rojas turnará la abogacía con la política y con el periodismo, pero ya no con la literatura. De allí que su bibliografía esté compuesta, fundamentalmente, de un puñado de cuentos iniciado con el temprano Idilio bobo, seguido de dos novelas: Banca (1938) y El éxodo de Yangana (1949).

A pesar de haber nacido en Loja, Rojas pasó casi toda su vida en Guayaquil –siete décadas– y allí murió, por lo que se explica que la Municipalidad de esta ciudad haya incluido su obra en la extraordinaria colección de autores guayaquileños que se edita bajo la dirección de Melvin Hoyos y Javier Vásconez.

El volumen de esta colección, presentado  el pasado viernes, se abre con Banca y El éxodo de Yangana,  e incluye cerca de treinta relatos, una contextualización de la época del Rojas novelista y una bibliografía amplia en torno a su obra.

En El éxodo de Yangana van a confluir aciertos literarios como la creación de personajes –las primeras cien páginas son una colección de preciosos retratos–; la construcción de un personaje colectivo, aquel pueblo de ciento sesenta familias que se pone en marcha en busca de un “paraíso” en el que volver a fundar su pueblo; la recreación de la épica; la magia con que se viste la realidad; y una circunstancia social que es, al mismo tiempo, una desgarradora vivencia y una profecía: el éxodo lojano. Un éxodo que, de acuerdo  con el argumento de la novela, tiene como punto de partida otra constante de la historia andina: la revuelta contra la explotación latifundista.

Todo ello ha llevado a la crítica a considerar a El éxodo de Yangana como la novela que cierra el ciclo de la literatura de denuncia. Pero a pesar de todo lo “exterior” que pueda tener una novela de denuncia, en Rojas pesa, desde Idilio bobo hasta  El éxodo de Yangana, una forma de mirar hacia adentro de los personajes, hacia su condición subjetiva, en medio de la violencia que rodea al gesto de la revuelta y la partida de ciento sesenta familias.

Y la caravana de esas ciento sesenta familias concluía con “el churón Ocampo –atezado, fornido y varioloso- quien cerraba la marcha con una carabina terciada a la bandolera” que “se detuvo un instante, y, encarándose con el añoso madero (una vieja cruz que dominaba la geografía), último símbolo del mundo que dejaban, le enseñó rabiosamente el puño”.

La obra fundamental de Rojas será, finalmente, una síntesis de las rupturas que van a caracterizar al Ecuador contemporáneo: los éxodos, las migraciones.

A momentos, sus páginas podrían ser la mayor colección de relatos de cuantos han emigrado hacia “otro” Ecuador primero y fuera de él más tarde; los relatos de las ausencias, narrados por quien se quedó en el desolado pueblo para testimoniar las partidas y evocar sus personajes. Más aún, tal como confiesa Rojas en sus diálogos con Calderón Chico, estos personajes serán los que él conoció en su natal Loja. Un doble y revelador exilio, por tanto: el novelista que emigró a Guayaquil y vivió allí cerca de setenta años, que evoca el éxodo de los suyos.

Y su relatística, desde la novela Banca, será un ejercicio de nostalgia y de reconstrucción de las imágenes de la infancia y la adolescencia.

Pero, además, está la pasión por la música: la novela está constituida de un preludio, dos interludios y un posludio. Un ‘conjunto sinfónico’ lo llama el propio Rojas.


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