Domingo 18 de diciembre del 2005 Libros

Icaza y Palacio, los centenarios del 2006

QUITO | Javier Ponce, para EL UNIVERSO

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El actor Santiago Naranjo en una escena del monólogo Variaciones sobre la vida del ahorcado, basado en la obra del escritor lojano Pablo Palacio.

En el año próximo se cumplirán cien años del nacimiento de dos narradores fundamentales, que desde dos vertientes distintas transformaron la literatura ecuatoriana: Jorge Icaza y Pablo Palacio.

Los centenarios. Unos pasan olvidados. Otros son el motivo para revivir momentos fundamentales de la literatura y el arte.
Y hay también los que provocan revueltas artísticas. Ocurrió en España, cuando el tercer centenario de Luis de Góngora  fue el punto de partida de la generación lírica renovadora de 1927.

Este año representó un relanzamiento de Don Quijote de la Mancha,  publicado hace cuatrocientos años; al tiempo que se volvió a hablar de un autor que comenzaba a quedar relegado como parte de las utopías de los años 1960: Jean Paul Sartre, nacido en 1905.

Mientras tanto, en América Latina se recordarían, en este año, dos hitos literarios publicados hace cincuenta años, en 1955: Pedro Páramo, de Juan Rulfo; y La hojarasca, novela con la que García Márquez inicia la construcción de una de las mayores zagas literarias del siglo XX.

En el Ecuador, dos centenarios de dos figuras fundamentales en el ensayo y el periodismo ecuatoriano pasaron apenas recordados: Leopoldo Benites Vinueza y Raúl Andrade. El primero, editorialista por largos años de Diario EL UNIVERSO, diplomático, autor de un ensayo medular: Drama y paradoja, y de una importante novela histórica: Los argonautas de la selva. Perseguido y encarcelado durante el régimen de Arroyo del Río a principios de los cuarenta, llegó a presidir la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Raúl Andrade, mientras tanto, es sin duda el polemista político mayor del siglo XX ecuatoriano.

A partir de 1905 van a nacer en seguidilla los narradores que fundaron el nuevo relato ecuatoriano. Y en el año próximo, 2006, se cumplirán cien años del nacimiento de dos de ellos, que desde dos vertientes distintas transformarán nuestra literatura: Jorge Icaza y Pablo Palacio.

Icaza se inicia en el teatro, a comienzos de los años treinta, integrando la Compañía Dramática Nacional, hasta la producción de Flagelo, drama que anunciará Huasipungo, editada en 1934. Muy pronto, la obra de Icaza se convierte en un momento fundamental del indigenismo latinoamericano.

En los años siguientes, publica En las calles (1935), novela que evoca la guerra de los cuatro días en Quito y de la que el autor fue testigo; Cholos (1937), Media vida deslumbrados (1942), Huairapamushcas (1948); El Chulla Romero y Flores saldrá a la luz diez años más tarde, en 1958, y en la que Icaza entra de lleno en la novela urbana.

“No solo debe haber una novela sobre los cholos, debe haber ciento, como sobre los mestizos de América que, en definitiva, son los constructores del nuevo mundo. Hay que entender que el mestizaje, que en el Ecuador toma el nombre de cholo, no se refiere únicamente a la mezcla de la sangre, a la mezcla de la historia, sino también a la mezcla de la cultura. El indio como tal, no puede subsistir en un medio que se achola minuto a minuto”, declaraba Icaza en 1961.

Finalmente, Icaza volverá al recuerdo de sus primeros años, vividos en el latifundio de un tío suyo, para producir su trilogía Atrapados publicada a comienzos de los años setenta.

En cuanto a Pablo Palacio, la crítica le he valorado como un adelantado de su tiempo, un punto de partida del relato moderno en el Ecuador. Una literatura que, para la crítica española María del Carmen Fernández, iba más allá de un realismo que buscaba traspasar la realidad a la literatura, para, en cambio, optar por “criticarla y desprestigiarla a través de una creación netamente artística, declaradamente de ficción (…) Una obra renovadora en las formas y en los contenidos, de estructura fragmentada, aparentemente inconexa, de apelación constante al lector y de introspección psicológica, fundamentalmente”.

Palacio apenas pudo entregarnos una colección de cuentos bajo el título Un hombre muerto a puntapiés (1927), la novela Débora (1927) y finalmente Vida del ahorcado (1932). Debió esperar hasta los años setenta, para que su nombre y su obra fueran plenamente reconocidas en nuestro país, donde se había impuesto una crítica que únicamente reconocía aquello que, para el dogma, servía directamente a la revolución y desechaba toda la producción amparada en una vanguardia que se truncó muy pronto en el Ecuador.


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