Situado a cinco minutos de Salinas, Santa Rosa provee de pescado a los mercados de la provincia.

En el puerto pesquero de Santa Rosa, la hora es lo de menos si de trabajar se trata. Las actividades relacionadas con la  pesca son intensas.  Basta estar a “oscuras” (días que no son de Luna nueva) para que de diversas maneras los habitantes de este sector peninsular se hagan de unos cuantos dólares.

Publicidad

Y las formas son variadas. Desde el ranflañero que pide dos dólares por atado de pescado entre cabezudos y pargos –según los llama– hasta el comerciante mayorista que compra la pesca entera de una fibra (embarcación) por alrededor de 2 mil dólares.

Aquí, la vida transcurre a ritmo acelerado. Nelson Campuzano tiene 51 años y es comerciante. Cuando su camioneta complete 30 quintales de “pesca negra”  partirá al mercado Caraguay, en Guayaquil.

Publicidad

“Es por el color de la carne. Allí está el bonito, albacora y atún”, explica Campuzano sobre el apelativo.

Los 2 mil dólares que cuesta su carga contrastan con los 25 centavos que cobran los cargadores por llenar camiones con gavetas llenas de peces.

Bien o mal pagados, es la tarifa. Por ello entre más viajes realicen mayor será la ganancia del día.  Uno de ellos, José González (27), hace un alto para beber agua. Visiblemente fatigado y totalmente mojado dice que gana unos $ 12  diarios (48 viajes) “cuando está bueno”.

La venta de hielo es otro de los negocios en Santa Rosa. Triturado o entero vale $ 2,50 la marqueta (1 quintal). El ruido que provocan los motores al triturar los bloques se confunde con el griterío de hombres en plena faena.

Ser intermediario también genera ingresos. Muchos comerciantes “a bordo” compran pescas enteras en las fibras para revenderlas a sus colegas, en un negocio supeditado por la fortuna.

“Unas veces se pierde y otras se gana”, reflexiona Segundo Chila (43), quien invirtió $ 700 para comprar quintales de “pesca negra”.

Cuenta que existe un gremio de pescadores del cual no todos son parte. “Mucha gente se ha salido porque no funciona”, revela.

El comercio también se mueve al menudeo. Pilos de bonitos, albacoras, dorados, pargos, sierras se ofertan entre dos y diez dólares.

Mientras pelícanos, gaviotas y garzas logran su bocado de pescado fresco aparentemente sin inmutarse de la presencia humana.

Muchas de estas aves se acercan a mesas asentadas sobre las rocas en la playa. Allí está Leonardo Limón (45), quien “desbucha” pargos con una rapidez propia de un hombre que sabe de su oficio.

Otros menores son ranflañeros. No se reconocen así, pero es el término de quienes ganan dinero de pesca gratis.

Lo afirma un comerciante después que Álvaro Julio (16) ofrece un atado de cabezudos y pargos a $ 2 que antes le regalaron por amistad.