En Muisne, unas 5.000 hectáreas están sembradas de esta planta muy conocida en la Sierra. Campesinos y ecologistas se oponen y dicen que sienten los efectos.

Desde la cima de una montaña, en Palmajuntas, a 5 km de Muisne, se aprecia un paisaje distinto al característico del bosque húmedo tropical de la zona. Grandes extensiones de sembríos de eucalipto se extienden desde cerca del mar hacia el interior del continente. Este árbol, conocido por su desarrollo desde hace más de un siglo en la Sierra ecuatoriana, hoy crece en vastas extensiones del sur de Esmeraldas, conocida con el apelativo de la Provincia verde, por su manto de bosque nativo.

Aquel cambio del uso del suelo hacia un cultivo no tradicional en el sector, genera reacciones en agricultores y ecologistas, quienes consideran como “una nueva amenaza” para la naturaleza y hasta indican que los ríos se están secando porque la planta absorbe mucha agua.

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El área sembrada es de 5.000 hectáreas, según directivos de Eucapacific, corporación transnacional que decidió establecer las plantaciones en esta zona, por considerar que el suelo es altamente productivo y húmedo, pues en siete años está listo para el aprovechamiento de la madera. En la Sierra, tarda entre 20 y 30 años, indica Guillermo Rodríguez, director de la empresa.

Eucapacific tiene una planta de procesamiento en el puerto de Esmeraldas. Allá llega la madera que se extrae en la Sierra, se la tritura y en astillas se exporta a Japón, para la elaboración de papel.

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La transnacional japonesa está constituida por Mitsubishi Paper Mills, Sumitomo Corporation, Electric Power Development y Waltz International. Tiene un amplio proyecto de expansión del eucalipto en Esmeraldas. Rodríguez reconoce que si bien son 5.000 las hectáreas sembradas, adquirieron 11.000 hectáreas de bosque primario y secundario y, hoy, junto a los eucaliptales existen grandes extensiones de terrenos desbrozados.

“El eucalipto es un monocultivo que causa empobrecimiento de los suelos, seca las fuentes de agua y extingue la flora y fauna tradicionales”, señala Marcelo Cotera, coordinador de la Fundación de Defensa de la Ecología (Fundecol) en Muisne.
Similar queja expresa Ivonne Ramos, de Acción Ecológica.

Los campesinos que residen en áreas cercanas a los cultivos dicen sentir los efectos. En el recinto Nueva Unión de Matambal, Mariela Segura, de 30 años y con cuatro hijos y un embarazo de seis meses, lava ropas en el lecho del río Los Micos, que tiene apenas un hilo de agua. “Nunca se secaba el río como ahora, es por los eucaliptos que están por todo lado”, afirma la mujer.

Antonio Díaz Nicolta, presidente de Nueva Unión, advierte que los comuneros se están organizando y ya no permitirán más plantaciones. “Las  montañas están vacías, desaparecieron la guanta, el venado, la pava. Estamos sin el pan de cada día que nos daba la montaña”, menciona. Tortuga, Vilsa, El Barro, Ostional, Palmajuntas, Partidero de Bunche, El Carmen, Quitito son, entre otros, los sectores que dicen están más afectados.

Otro problema, aseguran los dirigentes, es el desplazamiento de los campesinos que venden sus tierras. Cientos de agricultores negociaron sus propiedades con la empresa entre $ 450 y $ 750 por hectárea. “Unos van a las ciudades a vivir en la miseria. Otros buscan terrenos en el interior de la montaña y presionan a la reserva ecológica Mache Chindul”, agrega Cotera.

Hace una semana, la ministra del Ambiente, Ana Albán, se reunió con delegados de las comunidades y ofreció revisar la licencia ambiental concedida en el 2003 a Eucapacific.

Díaz Nicolta y Cotera afirman que no desean que con las montañas de Muisne pase lo que con el manglar de la zona, que de 20.093 hectáreas en 1986, hoy solo existen 3.000. En el resto hay camaroneras.