En este artículo, el presidente del Salón que convoca el Municipio emite su opinión sobre la presente edición del certamen y analiza las obras que se exhiben.

El salón de julio vuelve –por tercer año consecutivo– a involucrar la sana presencia de jurados internacionales.  Actuaron la curadora y catedrática de estética Natalia Gutiérrez, de Colombia, y el escritor y editor cultural Jaime Moreno, de México. Completó este panel, encargado de la admisión y premiación, el poeta y crítico cuencano Cristóbal Zapata.  En calidad de presidente del Salón tuve el agrado de ofrecer a los jurados una perspectiva histórica del evento.

La edición más rigurosa de la historia reciente de este certamen es además la más consistente en cuanto a calidad. Fueron seleccionadas 17 obras (de 210 envíos) que revitalizan y demuestran la vigencia plena de la pintura como medio; ninguno de estos artistas se ha planteado como un fin la búsqueda de la originalidad o la innovación, ni aspiran a encasillar sus lenguajes en “estilos”, nortes tan comunes en el pasado no muy lejano de este evento.

Más allá de aquello estas obras comparten una dimensión política –las más importantes, un compromiso ético– que aspira a incidir en el campo social y cultural, que promueven espacios para la reflexión planteados desde una posición que ve como inviable en el mundo actual la disociación entre los contenidos político-sociales y el arte.

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Toda esta producción depende de condiciones culturales específicas que pasan a ser constituyentes en el proceso de estetización, y sin embargo, la gran mayoría logra desbordar las coyunturas para proyectarse con multiplicidad de sentidos. Es digno de relievar el hecho de que muchos trabajos conllevan un uso estratégico de lenguajes y técnicas, y un empleo particular del medio en coherente consonancia con los contenidos que canalizan.

El ojo de la tormenta
Un grupo aborda y comenta las discusiones (¿o confusiones?) que atraviesan nuestro contexto artístico, al atento espectador le aconsejo celebrar y disfrutar las contradicciones que algunas encierran. Marco Alvarado se posiciona desde la ambigüedad, Juan Carlos León –en el otro extremo– lo hace a partir de un hilarante y agudo poder de observación, Wilson Paccha se celebra a sí mismo desde su ya conocida retórica de confrontación, Patricia Meier toma partido con una lograda ironía, mientras que Saidel Brito (tercer premio) logra ser demoledor a través de un “erudito” y estratégico empleo de una técnica pastelera –el pastillaje– en una obra mordazmente titulada Labores domésticas.

El lienzo representa la imponente arquitectura del MAAC sobre la cual el artista, en un uso tropológico de símbolos, reproduce el mural que engalana la fachada del antiguo edificio del Museo del Banco Central. Múltiples lecturas se desprenden de este trabajo, entre ellas la manera como los discursos nacionalistas (sugeridos por el mural) terminan actuando como lastre que impide la ampliación de los horizontes culturales locales; de este talante se nutre parte del guión que ha convertido al esperanzador proyecto MAAC en una caricatura de gestión cultural (ironizada en el título de la obra), cuya miopía atiende diligentemente intereses centralistas y perpetúa el anquilosamiento del establish-ment.

Espejos
El devenir de una nación donde el optimismo es equivalente a ingenuidad se traslada a visiones curtidas y cínicas hacia el entorno. Marcos Restrepo lo sintetiza con humor negro (Carondelet Hotel), Édison Vaca con poéticas reflexivas (Trópico congelado) y Juan Pablo Toral (mención de honor) activando el potencial aleccionador de una tautológica visión del corsi e ricorsi histórico (Hecatombe).

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Latentes temas sociales se hilvanan sutilmente –con el respetuoso silencio para un réquiem– en la obra de Karen y Karina Nogales (mención de honor) y en la producción del colectivo denominado Los Amigos de lo Ajeno. Ambos trabajos –y esto es meritorio para algunas obras del Salón– hacen un buen uso del soporte que emplean, desbordan lo que pudiese ser visto en otro contexto como novelería por recursos con sólido asidero conceptual.

Nadie come cuento
La veta más rica de este Salón parte del entendimiento de estos artistas de que toda la producción cultural que la humanidad ha acumulado está sujeta de ser reinterpretada, revalorada, cuestionada o reconstruida, para problematizar las complejidades del mundo contemporáneo, desnudar relaciones de poder y precipitar el derrocamiento de construcciones sociales que son asumidas como naturales.

Illich Castillo atenta con brillante ludismo contra narrativas maestras que dan forma a retazos de nuestra memoria histórica. Lo hace oportunamente a partir de bienes patrimoniales que reposan con autoridad referencial en la sala histórica del mismo Museo Municipal. Como se encienden los discursos populares, según Homs, alude a la maqueta diseñada por dicho artista en 1934 (visítela antes de subir al Salón), para conmemorar la entrevista de Bolívar y San Martín en nuestro suelo y que –según la ficha museográfica–  “fue rechazada por no ajustarse a los cánones estéticos de la época”. Castillo entabla un pertinente diálogo con la misma colección de la cual aspira a formar parte (lo logró con el primer premio) y al hacerlo resucita el latente potencial de estos objetos para propiciar una conversación continua con los habitantes de la ciudad.

Este artista, mediante recursos estéticos tomados de la cultura popular (la producción de años viejos), logra desmitificar hechos canonizados que se asumen como invulnerables para –en sus palabras– “ejemplificar el curso de una perspectiva histórica impuesta y las hipótesis que se ciernen ahora sobre ella…”.

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Impulsos desacralizadores dotan de perversa exquisitez a la obra titulada Prácticas degeneradas (de la Escuela Colonial de Guayaquil), de Óscar Santillán (segundo premio). Si bien este productor asume una técnica demandante (la forma escultórica está modelada casi de manera íntegra con óleo) que bien vale la pena para repensar los lindes mismos y las continuas posibilidades de la pintura como medio, tensando a su vez los condicionantes que en este sentido tiene el Salón, la tridimensionalidad es vital para lograr atravesar con tanta contundencia algunas de sus lecturas. Santillán increpa falacias con afanes legitimadores –en este caso culturales– al presentarlas carentes de bases y realiza a su vez un guiño a lamentables episodios de censura en este evento (la emasculación del poco inocente niño nos remite a la recordada Adolorida de Bucay, de Hernán Zúñiga). Pocas veces he visto emplear tácticas de shock de manera tan sagaz, que no transiten los caminos de lo gratuito y predecible.

Fernando Falconí (mención de honor) rearticula de manera inteligente y visualmente deleitante un tema clásico como El rapto de Europa. Su discurso, ilustrado en resbalosa candidez mediante icónicas imágenes publicitarias, trae a valor presente lecturas moralizantes de la mitología que se hilvanan de manera burlesca con realidades complejas del mundo actual; ardides de la pintura y sus estrategias de representación se interpolan de manera efectiva con contenidos que sugieren engaños, ilusiones y falsas promesas del sistema capitalista global.

Completan el Salón, Janeth Méndez con una obra que no hace justicia a su potencial, Christian Moreano con un trabajo que, a pesar de ser el mejor que he visto suyo, empieza a sentirse repetitivo; Ricardo Coello con una modesta propuesta embalada en un juego de representación que no llega a inquietar, y Roberto Jaramillo, quien recoge lo que queda de los gestos que ya le han valido a Wilson Paccha premios en este Salón.

El balance es un muy buen Salón (muy distinto esto de la noción de feria aplicada al reciente Mariano Aguilera), donde ninguna pieza puede ser vista por sobre el hombro, donde todas dejan algo en el terreno de la experiencia, y que refleja –a mi juicio– lo que debe ser una selección: lo mejor de lo recibido, sin concesiones.  Las impresiones que quedaron en los jurados extranjeros fueron muy gratas, al punto de dejar constancia de ello en el acta (desprovistos del tono demagógico y autocongratulatorio que suele caracterizar estos documentos). Si el Museo Municipal convierte en convicción esta línea de seriedad, bienvenidos sean los planes de una bienal para Guayaquil.

Una urgente reflexión final: todos los artistas que ganaron premios y menciones, más otros cinco seleccionados pertenecen, en calidad de alumnos o docentes, al Instituto Tecnológico de Artes del Ecuador (ITAE), la única entidad de estudios superiores especializada en artes de la ciudad. Esto representa el éxito concreto de un proyecto que se está llevando adelante pese a los continuos intentos de sabotaje por parte de la Dirección Regional de Cultura del Banco Central del Ecuador.