El director teatral presentó la obra  ‘La fiesta del Chivo’, de Mario Vargas Llosa, el pasado viernes, en Quito. También ha puesto en escena ‘Crónica de una muerte anunciada’.

Jorge Alí Triana pasaba temporadas en Guayaquil, allá a comienzos de los años ochenta, editando sus primeras producciones de televisión en los estudios de Ecuavisa.
Ahora ha vuelto al Ecuador para presentar en el Teatro Sucre de Quito una versión teatral de La fiesta del Chivo, la penúltima novela de Mario Vargas Llosa, que tiene como escenario la dictadura cruel de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana.

Alí Triana es por igual cineasta y hombre de teatro. Va de lo uno a lo otro, y con frecuencia junto a Gabriel García Márquez, quien ha escrito dos de sus guiones cinematográficos –Tiempo de morir y Bolívar soy yo–, y cuya novela Crónica de una muerte anunciada, Alí Triana llevó al teatro.

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Triana es una de las figuras destacadas de la corriente que construyó la dramaturgia colombiana a partir de los años setenta, cuando los grupos experimentales latinoamericanos abandonaron los tradicionales dramas en tres actos para producir sus propios textos, a partir de las acciones teatrales que se iban improvisando.

Fueron las épocas de la llamada “creación colectiva”.

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“Su euforia ha pasado –afirma Alí Triana–, pero tuvo momentos esplendorosos, dio nacimiento a una dramaturgia propia, surgieron escritores que comprendieron que las obras de teatro se crean desde la escena y no en los escritorios”.

Ahora, sin abandonar la técnica de delinear personajes y situaciones a partir del trabajo conjunto con los actores, este cineasta y director teatral prefiere la adaptación de grandes novelas “porque entre nosotros, con muy buenas excepciones, no hay dramaturgos, hay grandes novelistas, capaces de decodificar nuestra cultura y transformarla en novelas complejas”.

¿Qué le despierta a Jorge Alí Triana el interés por una novela? “Yo siento en los personajes la voz del escritor. Mi afán por traducir novelas al lenguaje teatral, se da por dos vertientes: el teatro y el cine. Cuando leo una novela como la de Vargas Llosa, me sugiere las dos imágenes, siento que tengo ese momento dos miradas diferentes: una hacia el cine y otra hacia el teatro”.

“En La fiesta del Chivo me incliné por el teatro, porque encontré que la figura del dictador Trujillo era absolutamente de ficción. Tan desmesurada que parece inventada, como si representara el caso extremo de los dictadores de nuestros países”.

El personaje central de La fiesta del Chivo, en la novela de Vargas Llosa y en la adaptación teatral, es, Urania, una exiliada por la persecución política a su padre, ex colaborador de Trujillo.

A la edad de 35 años regresa a su país a investigar quién es ella. “La metáfora de lo que le ocurrió se resume en una frase suya: Trujillo y mi padre hicieron de mí un desierto”, recuerda Alí Triana, que tomó a este retorno de Urania a descubrirse a sí misma y descubrir su país, como el esqueleto y el eje de la pieza teatral.

“En síntesis: una persona que viene a buscar a su padre, a averiguar qué fue lo que pasó con su vida, desprovista de amor, llena de soledad como si fuese una tierra arrasada y en su historia personal encuentra la historia de su país. No podemos olvidar el pasado. Nuestra gran tragedia es no tener memoria. Repetimos los ciclos históricos”,  afirma este director colombiano, que encontró apasionante La fiesta del Chivo, casi como un relato policial.

“Tiene un nivel narrativo extraordinario. El reto era cómo convertir todo eso en materia teatral. La obra confronta no al dictador con su víctima, sino al dictador con su colaborador. Se trata de otra cosa de lo acostumbrado. Yo estoy personalmente cansado de un arte político quejoso, compuesto de mártires”.

Triana afirma no tener problemas con los autores de las novelas que adapta al teatro, pues parte del hecho que la novela ya está escrita y publicada y lo que él hace es una traducción, que hasta el momento ha dejado satisfecho al autor.

En el caso de La fiesta del Chivo, está la presencia del lenguaje local en la novela, pero Triana sostiene que “a pesar de la infinidad de acentos y matices de cada región,  a la hora de la verdad, este continente es un solo país. Y lo que Vargas Llosa toma del lenguaje local y coloquial, lo que hace es enriquecer el idioma. Hablamos el mismo sentimiento”.

La creación de La fiesta del Chivo partió de definir la estructura de la pieza: la mujer que vuelve a “exorcizar sus demonios”. Y a partir de allí se reconstruye la historia violenta de Trujillo.

“Para la obra, tomé, por tanto, las escenas de la novela que contribuyeran a desarrollar este conflicto central. El guión lo trabajé con mi hija Verónica, que fue dramatizando las escenas. Luego, la adaptación teatral concluyó en los ensayos en el escenario. Yo trabajo mucho con improvisaciones”, concluye este creador que, con la misma vivacidad con que gesticula durante el diálogo con Diario EL UNIVERSO, pasa de las producciones de televisión al cine y al teatro, de ida y vuelta.