Domingo 12 de diciembre del 2004 Sucesos

Siete años después del gran incendio en la Bahía

Redactora | Marcia Andrade Peralta

“Las explosiones sonaban como fuegos artificiales y las llamas lo envolvieron todo. La gente gritaba. Yo me protegí con el tablero donde tenía una ruma de petardos y corrí.
Cuando supe que  murieron varios compañeros y que había perdido toda mi inversión de 25 millones de sucres (1.000 dólares al cambio actual) lloré como un niño”.

El rostro de John Álvaro López, de 42 años, se desencaja y sus ojos se humedecen al recordar la mañana del 5 de diciembre de 1997, cuando por la explosión de un millar de torpedos (compuesto de piedra y pólvora) se inició el más grande incendio en la Bahía de Guayaquil que cobró la vida de once personas y dejó heridas a otras 38.

John, desde entonces presidente de la Asociación de Comerciantes Nuevo Amanecer, comenta que prácticamente quedó en la calle.

Con ayuda de amigos empezó a vender ropa, se recuperó económicamente y logró que la Municipalidad de Guayaquil lo reubicara con el resto de afiliados en la Bahía.
Pero no a todos les fue bien. “De 42 socios fundadores quedamos 10. El resto se fue a Italia, España y Estados Unidos”, dice.

Uno de aquellos que no consigue equilibrio económico es Pedro Villamar, de 37 años y presidente de la Asociación de Comerciantes Luz y Vida. “Aún esperamos que el cabildo nos reubique a los quince socios”, sostiene.

Igual que su amigo,  resultó ileso, pero mantiene vivo el recuerdo de la tragedia. “Si no fuera porque me quedé  en la bodega recogiendo un bulto con ropa de venta, hubiera muerto igual que  una compañera junto a su hijita de 2 años, a quienes encontré bajo una  plancha de zinc”, relata mientras su mirada se pierde en el recuerdo del pasado.

El fuego que se produjo por el mal manejo de explosivos por parte de los comerciantes de la Bahía, también afectó a vendedores de las asociaciones 23 de Septiembre, 25 de Septiembre y Huayna Cápac.

Además de los comerciantes que tuvieron pérdidas económicas, también evocan el suceso aquellos que resultaron gravemente heridos.

Las marcas en los brazos y piernas por las quemaduras que sufrió y que la tuvieron casi dos meses en el hospital, dicen más que su nombre que no quiere revelar.
“Cuando vi las llamas solo dije: ¡Dios mío, si me vas a dejar lacerada mi cara, llévame!
Mi hijo trató de salvarme al ver que mi cuerpo ardía, pero salió volando con una explosión. Yo regresé de la otra (la muerte)”, dice esta comerciante de 72 años que vendía petardos con su hijo.

Su vástago emigró a Estados Unidos y ella continúa en la Bahía vendiendo papeles y lazos para regalos, sin cuestionar que en el sitio se siga vendiendo explosivos.

Heridas en el alma
Adriana Lamingo, de 42 años, prefirió alejarse de ese escenario marcado por el dolor de la muerte de su cónyuge, Víctor Sanguil, quien laboraba como guardia de seguridad en Durán. Como siempre, ese día, él la acompañó a la Bahía para sacar de la bodega la ropa que ella vendía junto a otros comerciantes de   torpedos, camaretas y toda clase de explosivos.

“De pronto escuché varias explosiones que me tumbaron junto a un quiosco. La gente pasaba sobre mí y no pude levantarme hasta que un señor me recogió. Yo estaba ensangrentada. Quise buscar a mi esposo, pero no me dejaron. Él murió en el incendio”, cuenta con la voz quebrada.

Adriana no tuvo la suerte de ser reubicada por el cabildo y con su mercadería debe andar de un lado para otro a fin de conseguir el sustento de sus tres hijos de 22, 13 y 9 años. El último de ellos solo conoce a su papá por fotografías.

Actualmente Adriana Lamingo sufre de dolores de espalda y debe someterse a una operación en los ojos, pero por su situación económica no puede hacerlo. Si alguien desea ayudarla puede comunicarse con ella al teléfono 247-7663 o en su casa ubicada en las calles Colón  413 y la 15, en Guayaquil.

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