La artista inaugura hoy, a las 22h00, en el Centro de Arte, su muestra ‘Mis ojos del tiempo’. Esta permanecerá abierta hasta el 22 de diciembre, de 13h00 a 19h00.
Su voz se vuelve más aguda y los ojos se agrandan cuando habla de sus esculturas. De sus amantes de Sumpa. Sin duda son su pasión, su vida y representan su “arte en plenitud”.
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Arte de Yela Loffredo de Klein al que si bien se ha entregado en cuerpo y alma, no termina allí. Empieza, sí, para luego tomar varios senderos ligados todos con las culturas ancestrales.
El barro, el papel maché y el engrudo aparecieron en una etapa de su niñez. Sus manos les daban forma hasta convertirlos en máscaras. Pasó el tiempo y no creó más. Se quedaron en su subconsciente. Hasta que este año -desde junio hasta diciembre -sus recuerdos de niñez afloraron otra vez.
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“Dibujaba, rompía y botaba. Dibujaba, rompía y botaba”, cuenta Yela que hacía antes de acertar con la plantilla (hecha en papel periódico) correcta y enviarla al taller, para que el maestro corte y suelde las varillas de metal que sirven para armar la máscara.
Arduo proceso que ahora llega a su clímax. La Sociedad Femenina de Cultura inaugura hoy, a las 20h00, una muestra que presenta su reciente producción en la que incluye dos tótems, nueve máscaras, juegos de joyas y, por supuesto, esculturas.
La artista ha titulado a su exposición Mis ojos del tiempo. Y es que Loffredo ha visto a través de ellos la “cultura inmensa, maravillosa que había antes de la llegada de los españoles y en la cual se fundieron oro, cobre y metales”.
Las máscaras servían para los ritos que realizaban las tribus, con el fin de celebrar eventos transcendentales como la siembra. Entre sus obras se encuentran shamanes o el Dios sol, más conocido como el Inti. “Me gusta hacer al sol porque representa la vida en todo el universo”, se conmueve.
Novecientas exposiciones -entre individuales y colectivas- forman parte de la agenda profesional de la escultora en sus 50 años de vida artística. Dentro del país ha exhibido sus obras desde el Oriente hasta Galápagos y fuera incluye a Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.
Yela desafía al mundo para que alguien le enseñe unas máscaras como las de ella. “Uno nace creando y muere creando. Dios me ha dado ese don”, acentúa.
Su emoción se intensifica cuando relaciona sus obras con sus piezas arqueológicas. Ella empezó a elaborar joyas hace 45 años y, aunque no representan algo primordial en su vida, le ha gustado siempre hacer los diseños basando algunos en el arte precolombino.
Se siente orgullosa al decir que es una de las primeras mujeres que hizo joyas de este tipo y las cuales diseña de una manera particular: cada vez que está enferma.
Inició un día que estuvo mal del corazón. Primero hizo piezas de oro y luego de plata, como las que elaboró el mes pasado cuando empezó a sentirse mal de la columna.
La artista muestra un collar de plata del cual guindan las alas de un pájaro que también diseñaban los indios de la cultura Chorrera. Y para demostrar la similitud que tiene con las piezas de esta tribu, la escultora, pese a su dolor lumbar, camina hasta su sala donde exhibe sus tesoros arqueológicos y compara la joya con una vasija en forma de ave. “Los indios llenaban este recipiente con chicha como señal de felicidad y el pájaro es un animal que nada lo puede subyugar, salvo el encierro”.
Su muestra actual también posee joyas con un diseño especial calificado por la artista como plata ‘chorreada’, porque luego de hervirla es colocada en hielo para lograr que tome forma de burbuja.
Por los ojos de Yela han pasado cosas bonitas y feas -dice- pero las malas las ha tratado de olvidar y se ha quedado con las buenas. Se ha quedado con el amor más allá de la muerte de los amantes de Sumpa y con el buen humor que transmite, “porque así uno tiene el 50% de la vida ganado”.