Aunque los años le han caído encima a Alberto Cortez, esa voz de bajo profundo, limpia, vibrante y cálida no le ha cambiado. Solo se le ha añejado un poco, ha tomado más cuerpo.
El poeta y músico argentino, que no solo canta sus composiciones sino que las cuenta, subió el pasado jueves al escenario de la sala principal del Teatro Centro de Arte de la Sociedad Femenina de Cultura, para llevarnos por una veintena de sus temas, que a varias generaciones nos han hecho enamorar, reír y llorar; y que, en muchas ocasiones, nos han devuelto la esperanza de vivir.
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Acompañado del cómplice piano del maestro Fernando Badía, Cortez –vestido todo de negro, como es de costumbre en él– inició el espectáculo con el tema Siempre hay algo más. Le siguieron piezas como La vida y Amor, mi gran amor, con las que no solo conquistó a la audiencia por su calidad interpretativa, sino por su capacidad histriónica.
Durante su actuación, Cortez señaló que la inspiración para crear aquellas canciones tan suyas, y tan de sus admiradores, le viene de la vida diaria, de las cosas pequeñas. Este comentario lo tomó como preámbulo para dar a conocer su amor inmenso a su esposa, con quien está casado desde hace 40 años. “Sigo queriéndola como el primer día”, dijo. Tras esta frase y el aplauso del público conmovido, le cantó una canción a su amada titulada La bordadora de luz.
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De allí vino A partir de mañana, ese tema que compuso a mediados del setenta cuando cumplió 40 años, y que en esta ocasión fue un pretexto para declararse un hombre “esperanzado que cree en la vida, que cree en la gente”.
Con unos versos acerca del vino rememoró a Bernard Fougères, a esa íntima amistad que los une, al gusto que ambos tienen por esta bebida. A él luego le dedicó una canción.
Lo que preparó tras esta interpretación quizás fue la parte más emotiva de la noche. El cantautor argentino rememoró a su amigo el poeta Pablo Neruda, de cuyo nacimiento se conmemoran cien años en este mes. Y también, inevitablemente, recordó las trágicas consecuencias de la dictadura chilena, liderada por Augusto Pinochet.
El músico le cantó al público una carta que le envió a Neruda y que nunca le llegó, y que por esta razón la llevó al pentagrama. Dejó de cantar, el escenario se oscureció y una grabación de la voz de Neruda leyendo uno de sus poemas quedó flotando en el teatro, como devuelta por el tiempo.
No faltaron durante la velada temas clásicos del argentino como En un rincón del alma; Chiquilín, grandulón; Miguitas de ternura, Cuando un amigo se va, Callejero, entre otros.
Tampoco faltaron sus chistes que demostraron su sentido del humor punzante, su ironía. Estuvieron también su coqueteo, su evidente gusto por el sexo femenino, sus rememoraciones de la niñez, la adolescencia, los padres, los tíos, los amigos.
Con el paso de las horas, y la audiencia más conectada con él que nunca, sus interpretaciones le devolvieron aquella cara de niño bonachón con la que inevitablemente lo asociamos sus seguidores.