Un ataque cardíaco puso fin ayer a la vida de Robert Palmer, que a sus 54 años deja un envidiable repertorio de éxitos, en el que supo combinar guitarras afiladas y ritmos exóticos con la voz honda de esta estrella del rock, que se declaró adicto al amor.
Su muerte en París, donde se detuvo a pasar dos días a la vuelta de un viaje a Gran Bretaña, afectó a la población, ya que fue el fiel reflejo de la existencia errante de Palmer hasta que hace dieciséis años se estableció en Lugano (Suiza).
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Nacido en Batley (Gran Bretaña) el 19 de enero de 1949, realizó varios álbumes recopilatorios y de versiones de algunos discos de repercusión, mucho menor que la de su era dorada, el último de ellos fue el recientemente aparecido Drive.