Lo dijo Lao Tse: “Usa la luz para retornar a la claridad original. Esto se llama seguir a lo permanente”. A Judith Gutiérrez –siempre junto a su marido, el pintor mexicano Ismael Vargas– la perseguía una luz natural dondequiera que estuviera. He tratado de recordar el momento que los conocí, pero mi memoria es fatal. Más bien permanece conmigo ese halo misterioso que dejan en nuestro espíritu personas que nos ayudan a descubrir mundos particulares que sin ellos no se podrían conocer.
Fuimos vecinos en el Centenario Sur a principios de los 80, cuando ella acababa de moverse –siempre
temporalmente– a una pequeña villa, que decoró casi como una extensión de sus óleos. Desde el umbral, se podía entrar a una esfera particular donde Judith, con su figura pequeña y con la sonrisa de los sabios que lo han visto todo, nos recibía con una calidez única. Sus cuadros la rodeaban y uno se sentía feliz de estar allí, aunque sea por breves momentos. Era como estar en la casa de nuestra niñez, donde Judith nos llevaba de la mano y de repente volvíamos a sentir el abrazo de los abuelos y escuchamos voces de antaño que se habían perdido con los años.
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Con Judith nunca hubo una frase maliciosa o una crítica de nadie. Vestida siempre con batones blancos, su verdadero mundo era inundado de color, de colores que dejaban de ser los mismos cuando ella los creaba y que adquirían un carácter particular, trayendo emociones nuevas. Nunca pude visitarla en Guadalajara y ella siempre insistía en que esos recorridos mexicanos con su marido los hacían repetidas veces, porque en los horizontes de esa tierra seguía encontrando semillas para sus creaciones.
En cada una de sus visitas consiguientes al Ecuador llegaban nuevas imágenes alegóricas que salían inagotables como de un cofre mágico. Y al igual que en sus cuadros, el abrazo de Judith Gutiérrez era algo místico, impregnado de la ternura y de los espejismos de la vida. Con ella cerca, no importaba ver al diablo o descubrir la mezquindad o los egoísmos de otros. Todos juntos entrábamos a sus cuadros y desaparecían los temores infantiles y la tristeza del vacío. Querida Judith: ese es tu legado eterno.