Domingo 16 de marzo del 2003 Cultura

Los paraísos de Judith Gutiérrez

Para EL UNIVERSO | Rodolfo Kronfle

La fallecida pintora recreó paraísos poblados de personajes que en inocente desnudez se relacionan en parejas o grupos.

Hace pocos días falleció súbitamente en Guadalajara la artista Judith Gutiérrez (Babahoyo, 1927), dando lo que para ella significaba –deducible de su obra– un paso más hacia aquel estado de gracia en que se solazan los personajes de sus cuadros.

Quien se aproxima a su obra por primera vez puede percibir un cierto carácter naïve que se deriva de los aspectos formales que empleaba (indiferencia a los efectos espaciales y a la perspectiva occidental, uso del color de manera instintiva en lugar de teórica, etcétera) y a la manera en que abordaba con absoluta inmediatez su entorno para transmitir su visión personal, empapada de onirismo con su propio alfabeto expresivo y estilístico.

Pero Gutiérrez no era una artista naïve, estudió en la Escuela Municipal de Bellas Artes de Guayaquil y el conocimiento de la Historia del Arte hasta nuestros tiempos no le era ajeno. Tal vez se la describa mejor como una primitivista moderna, que rechazaba los tradicionales estilos europeos en favor de formas esenciales, no contaminadas por las ideas clásicas o racionales del occidente. Irónicamente, su arte sin pretensiones influyó en la joven vanguardia que se gestaba en Guayaquil, cuando en 1982 presentó su muestra El Paraíso y Otras Estancias en el Museo del Banco Central; es aquí donde exhibe maravillosos objetos conceptualmente concebidos.

Su obra nos habla de un estado prístino del ser humano.  Echando mano de los mitos de creación de diversas culturas y sus filosofías la artista creó una visión de un Edén para toda la humanidad. La integridad de su propuesta era validada con su forma de vivir y de relacionarse con el resto; los ritos de su funeral incluyeron, de igual manera, tanto una ceremonia budista como una cristiana.

Los que con el tiempo se conocieron como sus paraísos, están poblados de personajes que en inocente desnudez –presentada idílicamente– se relacionan como parejas o grupos en dinámicas que pueden proyectar a nuestra sociedad utopizándola. La inclusión de ángeles y demonios nos indica que el plan de la creación incluye todo y puede ser armonioso. Estos paraísos no tienen límites y acogen a todos los hombres, el árbol del Edén Bíblico ya no es señal de restricción, sino de abundancia; uno de los símbolos más recurrentes en sus telas y a través del cual se unifica todo es el corazón.

Gutiérrez adaptó sus paraísos a las realidades naturales que encontraba, desde el trópico voraz de su tierra natal, hasta los paisajes del vibrante México que la acogió desde 1964. Existe además en esto un trasfondo ecologista: se exalta la comunión con los animales y la naturaleza, que se muestra como proveedora de un ser humano que agradece el gesto a través de su respeto.

Sus pinturas están profusamente ornamentadas –algunas nos recuerdan los manuscritos iluminados persas–, pero esto no es filigrana frívola, ni horror vacuo, ya que sobre estos elementos decorativos se apoyaban muchas veces las narrativas.

El crítico Juan Hadatty resume de esta forma los temas que preocupaban a la artista: “A Gutiérrez le interesa el toque mágico, balbuceante, del poblador americano prealfabético, expresado en sus señales iconográficas. Con afecto hace suyos el sueño, la leyenda, el conocimiento, la religiosidad de aborígenes y mestizos, sus costumbres, sus ornamentaciones, sus valores ancestrales y sus realidades presentes. Pero también es atraída por los mitos y fantasías de los habitantes del subcontinente, acerca de la sexualidad, la descendencia, el esfuerzo colectivo, los juegos, el dolor, la muerte, el culto a los antepasados, la libertad, la ética, la justicia, hasta la interpretación cosmogónica”.

Alguna vez dijo: “La pintura tiene sus ritmos, es como la sangre y no hay que traicionarlos”. Esta genuina visión individual de Judith se levanta de una condición del alma, su pintura no es de ayer ni de hoy, es atemporal. Su búsqueda del paraíso perdido transfiguró en sus telas aquellas cosas que la vida nos robó, recobrando así la utopía primera.

Estaremos atentos a la muestra que como homenaje póstumo se organizará próximamente en la Galería Todo Arte, será la oportunidad para descubrir nuevamente su obra. Por otro lado se ha anunciado una gran exposición en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara –que contará con la co-curaduría de Juan Castro y Velásquez por la parte ecuatoriana–, y la presentación en la misma de un libro acerca de la artista. Esperamos que las gestiones que se realizarán para que esta muestra llegue al Ecuador rindan frutos.


PINCELES

DECESO
Judith Gutiérrez falleció, a causa de un infarto, a las 21h00 del pasado sábado 1 de marzo, en Guadalajara, México, donde residía.

A LA INDIA
La pintora ecuatoriana pidió que al morir sus restos fueran cremados y esparcidos en la India, país al que acostumbraba viajar en compañía de su esposo. Sus familiares cumplirán esa voluntad el próximo mes de septiembre.

INICIOS
Judith Gutiérrez nació en Babahoyo, provincia de Los Ríos, en 1927. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Guayaquil. Luego se trasladó a México con su segundo esposo, el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja.

ESPOSA Y MADRE
La artista  se casó en terceras nupcias con el artista mexicano Ismael Vargas. Fue madre de Amelia y Virginia García Gutiérrez, quienes viven en Cancún, y de Leonor (fallecida), María del Carmen y Miguel Donoso Gutiérrez, que residen en Guayaquil.

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