La edad no importa cuando se trata de Paul Newman y esos ojos azules que, a sus 77 años, siguen brillando con la intensidad de siempre, tanto en la gran pantalla, como en los frascos de salsas para ensaladas.
“Aún queda suficiente vinagre en esta ensalada”, bromeó Newman ayer, durante la presentación a la prensa de su último filme, Road to Perdition, una historia de gángsters que transcurre en esta ciudad en la era de la Gran Depresión.
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Como él mismo comparó, ese brío que le da el vinagre a la comida es el mismo que lo mantiene activo, no solo en el cine sino también en los circuitos de carreras, que son su gran pasión y donde espera ganar pronto una nueva copa.
“No parece que me pueda retirar”, agregó demostrando que mantiene la misma picardía en la mirada que le hizo famoso en filmes como Dos hombres y un destino (Butch Cassidy & Sundance Kid), El golpe o Cool Hand Luke.
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Su trabajo en Road to Perdition lo sitúa al frente de un grupo de mafiosos durante la época de la ley seca, dividido entre la fidelidad a su verdadero hijo o al que siempre ha considerado como sangre de su sangre, papel interpretado por Tom Hanks.
“Teníamos una escena juntos para que se viera nuestra unión que iba a ser un baile irlandés, pero como ninguno de los dos tenemos ritmo alguno se quedó en un dúo al piano que preparamos durante semanas”, detalló el actor.