Los primeros pobladores de la comunidad de Taro, que registra más de 100 años de existencia en el cantón Nabón de Azuay, usaron el sombrero de tallo de trigo y cebada. Lo hacían porque en la época sin lluvias el sol caía perpenticularmente y el oficio de agricultores obligaba a protegerse, asegura Piedad Ortega, artesana de este artículo.

Ortega, quien heredó de sus ancestros el oficio de la agricultura, está segura de la sabiduría de sus antepasados, pero también descubrió con sus contemporáneos que el sombrero además protege de la lluvia y luego de mojarse se seca, toma su color natural y no se daña.

“En temporada de lluvia tampoco nos sacamos el sombrero cuando vamos a ver nuestras parcelas y animalitos, porque el agua no pasa por el tejido”, asegura la artesana, quien hace unos años decidió organizarse con otras cuatro compañeras para exponer este tejido y otros artículos decorativos con la misma técnica.

Publicidad

Si bien cinco mujeres de San Miguel de Taro conforman la Asociación de Tejedoras de tallo de trigo y cebada, todas las mujeres de la comunidad tejen la denominada trenza, gruesa o delgada, que sirve de base para la elaboración del sombrero y de otros artículos.

“En nuestra comunidad sembramos el trigo y la cebada, ahora de distintos tipos, para tener tallos gruesos y de diferente largo, que nos permiten también hacer otra clase de artículos”, dice Claudia Ortega, presidenta de la Asociación.

Este grupo de artesanas propone además que los sombreros se combinen con carteras. También elaboran jarrones, cofres, portacubiertos y en temporadas específicas como la Navidad hacen bombillos para el árbol y colgantes para la casa. El Día de Difuntos ofrecen coronas para las tumbas.

Publicidad

También realizan pequeñas réplicas de ángeles, sombreros, gorros para llaveros o recuerdos de eventos sociales.

Aspiran a trabajar en corto tiempo con diseñadores cuencanos de fama internacional, para aprender otros acabados que les permita dar un toque de elegancia a sus propuestas; mientras, no dejan de tejer, inventar y probar formas.

Publicidad

Asimismo, en el barrio Sabinta, del centro cantonal, todos conocen a María Morocho, quien heredó de su madre de crianza, Luz Erráez, la habilidad de darle forma de muñeca al pucón, la hoja de la mazorca de maíz.

Sus trabajos han ganado premios de artesanía provincial y nacional y cada vez trata de innovar en sus productos. (F)