Denominar una realidad es importante para visibilizarla y crear conciencia en torno a esta. Que un exjefe de la Policía –consultado por la agencia noticiosa AFP bajo reserva– haya señalado que en el cerro Las Cabras, de Durán, las pandillas reclutan a niños desde los 10 años para que vendan drogas y ‘luego les dan un arma y se convierten en sicarios’ es tan estremecedor como conocer que la mayoría de los 230 detenidos en ese cantón, entre enero y abril de 2022, tenía entre 17 y 18 años.

Una vez que la sociedad es remecida al conocer lo que viene ocurriendo con los niños y jóvenes, que en su propio barrio son orillados a un destino macabro, no es posible –no debería serlo– que esta permanezca indiferente. Se impone que haya un despertar de conciencias, que se concreten acciones en los barrios, con las familias, para corregir esta tragedia.

La aplicación de políticas estatales dirigidas exclusivamente a la corrección del problema criminal, aplicando penas y sanciones con mayor severidad y violencia, será cada vez más costosa y perderá eficacia en relación con la velocidad con la que las bandas criminales reclutan a menores que para ellos son descartables.

Si antes se intentó descifrar el fenómeno de la delincuencia desde una probable patología y luego fue necesario tener en cuenta el abandono social de algunos sectores como terreno abonado para el comportamiento antisocial, ahora se debe prestar especial atención a las bandas criminales como autoras de acciones en extremo dañinas para la niñez y juventud, considerando que con ello se arruina el presente y el mañana de la sociedad.

Las muertes violentas por ajustes de cuentas y sicariatos están relacionadas con las riñas entre bandas del microtráfico, actividad que puede mover 1,8 millones de dólares al mes solo en Durán, según cifras oficiales. Muchas familias participan de esa “economía de la criminalidad”, por ello es menester idear y desarrollar in situ opciones de trabajo y actividades para chicos y grandes. El abandono es la respuesta equivocada. (O)