“¡El corto llegó a la NASA!”, me dijiste un 18 de octubre de 2024, en un audio de WhatsApp que inmortalizó esa manera de hablar tan tuya, entre risas, entre graves. En el mensaje que te envié días después como respuesta te decía: “¡Volando alto!”.
No pensé que un año después esa frase iba a ser tan literal, no tan pronto, amigo. No cuando estabas cristalizando todos tus sueños, no cuando ya ibas a tener tu propio carrito, no cuando estabas dejando un legado en cientos de jóvenes a través de la docencia, no, Victorín. ¿Por qué eres tan necio?
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A mi amigo Victor Estrada lo conocí en el teatro, compartimos escena, fuimos los protagonistas de El sombrero del cura, con el que viajamos a Argentina. Allí estábamos los dos, intentando ser actores al lado de un elenco de alto nivel. A veces el Beni perdía la paciencia, pero Denissa la tenía de sobra; fueron nuestros directores, pero para ti se convirtieron en tus amigos de vida, inseparables, constantes; hoy destrozados por tu injusta partida.
Luego del teatro buscamos maneras para seguir soñando. Hicimos un cortometraje, El deseo de Galo, donde mi hermana hacía de tu hija y el Beni de mendigo. Terminamos repartiendo trozos de pastel por toda la avenida 9 de Octubre.
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Victor amaba la vida de una manera intensa y muy creativa. Todo lo que se le asignara, por más pequeño que fuera, siempre iba a tener toda su dedicación. ¡Cuántas veces nos salvó la utilería del grupo JMQ-Espol! Eras increíble. MacGyver te decíamos.
Victor soñaba en grande, no se conformaba con pequeñeces. El taller de su padre, en el sur de Guayaquil, lo convirtió en su minilaboratorio creativo. Aún recuerdo cuando me lo enseñaste, te brillaban los ojos, y esa sonrisota. ¡Dios! Yo solo veía puros muñequitos de plastilina y unos Ken de la Barbie que no entendía qué hacían allí. Tiempo después todo eso fue tu despegue a la NASA; el primer ecuatoriano en lograrlo.
Me invitaste a ser parte tu transbordador espacial, y confieso que tuve que leer mucho para poder comprender el guion. Me dijiste que fuera al estreno y a las otras proyecciones; nunca fui. Pero, Víctor, te prometo que siempre me sentí orgullosa.
Hoy ya no estás para volverte a felicitar, y me pregunto: ¿cuál iba a ser tu próxima locura?, ¿qué habrás estado creando en tu pequeño laboratorio? Hoy solo queda un vacío, una impotencia, una vida arrebatada. No es justo, no debió ser así, duele que tu nombre y la palabra asesinato ocupen la misma línea. Prefiero pensar que te fuiste en tu propio transbordador espacial y, aunque duela, amigo, ¡vuela muy alto! (O)
Mishell Sánchez G., comunicadora social, Guayaquil